Migración humana

Estamos cercados: el grito del padre Pantoja

Esta es una entrevista inédita con el sacerdote Pedro Pantoja, fundador de la casa de migrantes de Saltillo y fallecido el 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante. Fue reporteada y escrita en julio de 2011, cuando la guerra contra las drogas de Calderón mostraba su lado más descarnado.
martes, 22 de diciembre de 2020

Esta es una entrevista inédita con el sacerdote Pedro Pantoja, fundador de la casa de migrantes de Saltillo y fallecido el viernes 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante. Fue reporteada y escrita en julio de 2011, cuando la guerra contra las drogas de Felipe Calderón mostraba su lado más descarnado contra los migrantes que eran masacrados, desaparecidos, secuestrados, reclutados, torturados; tragedia que Pantoja, valiente, denunció hasta el final.

SALTILLO, Coah. (apro).— Parece una isla de náufragos heridos rodeada por tiburones. La Posada Belén Casa de Migrantes es merodeada por camionetas de traficantes que no se cansan de dar vueltas por las instalaciones. Van con las ventanas abajo, las armas de fuera. Quieren que sus inquilinos temporales los vean. Quieren hacerles sentir que son un botín y que los capturarán cuando tengan que seguir su ruta hacia el norte.

“Estamos en estado de guardia toda la noche. Las camionetas del crimen organizado no dejan pasar y tenemos que establecer grupos de guardia por si tratan de entrar.  Nos dijeron que los migrante son su mercancía y si quieren entrar el siguiente paso es que nos balaceen”.

Lo dice el sacerdote Pedro Pantoja, fundador del albergue, un hombre alto, que viste como ranchero y luce cansado. Lleva dos noches de guardia. Le tocó vigilar hasta las tres de la mañana los movimientos barda afuera para que sus albergados descansaran hasta que otros lo relevaron.

“Aún cuando estén cerca las patrullas, pasan las camionetas esas grandes, poderosas, sin placas, con ventanas abiertas para que veamos las armas. Nuestro sentimiento siempre es de incertidumbre, de temor. Entramos en fase de autodefensa nocturna, nos turnamos las horas de sueño para la autoprotección”, se queja el duranguense.

Sabe que las amenazas son reales. En uno de los dormitorios descansa un joven centromaericano que apenas respira: bajo los vendajes se le ve un ojo saltado y la espalda raspada. El ataque que sufrió al salir del albergue fue un mensaje para todos.

Desde otra cama, en un cuarto aparte, otro hombre centroamericano muestra la piel arrancada alrededor de los ojos, las piernas con marcas de latigazos; fue arrastrado de cuerpo entero.

El último incidente ocurrió esta misma semana. Un migrante cruzó el portón metálico para ir a una tienda de abarrotes cercana, lo acompañaban trabajadores de la casa como lo marcan las reglas recientes del código rojo. Eran las tres de la tarde. Hombres armados los acorralaron cuando apenas cruzaban el estacionamiento. Los encañonaron. Los interrogaron.

--¿Qué rumbo llevan? ¿Ya los contrataron los Zetas? -les preguntaron-. Si es así los matamos porque no queremos que los sigan, sino no les damos trabajo.

Ellos siguieron en silencio.

Los hombres insistieron: ¿Cuánta gente está en la casa?

Al no obtener respuesta terminaron con una advertencia: “Cuando nos dé la gana vamos a entrar”.

Cuando Pedro Pantoja cuenta el hecho hace una mueca: “coincidentemente”, las patrullas de la policía que debían resguardar el albergue no estaban. Otro colmo nada casual: la Secretaría de Gobernación no ha entregado las cámaras de seguridad a las que estaba obligada desde dos años atrás por ser medidas cautelares dictadas para este albergue.

Pantoja se encuentra inquieto y molesto porque la persecución ha hecho que algunas personas locales, y los voluntarios alemanes que ayudaban en el albergue, hayan desertado.

“Si México no nos ayuda, ¿por qué nos quita nuestras medidas de seguridad? Porque no atiende nuestros reclamos, ni toma medidas; siempre estamos bajo alerta amarilla. Es una vergüenza del Estado mexicano que Alemania retira voluntarios capacitados, y (México) ni siquiera pide disculpas, ni siquiera entiende lo que son las medidas cautelares, ya estamos en la misma situación los defensores y las víctimas”, dice indignado mientras recorremos el albergue, el comedor, los cuartos alrededor del patio, la oficina.

El albergue no sólo está cercado, sus inquilinos al salir corren peligro de ser cazados. Apenas unos días antes nueve migrantes fueron secuestrados cuando caminaban de madrugada en línea directa hacia las vías del tren.

“Nuestra vida es una incertidumbre, un terror muy grande, cuando salen los migrantes, sabemos que no va a pasar mucho tiempo en que sean agarrados. Y de por sí el territorio del noreste es de sangre y muerte, estamos rodeados, en constante acoso”, dice como un lamento enojado. El mismo que no se cansa de repetir en foros internacionales, ante políticos o periodistas.

“No podemos constatar cuántos saldrán vivos de Saltillo, es una vida de perros perseguidos”.

El sacerdote Pedro Pantoja. Foto: Marcela Turati

Redes contra el narco

La posada para migrantes de Saltillo esta semana hospeda a 90 personas. En otros momentos los migrantes -hombres centroamericanos en su mayoría- pasaban sólo una noche, pero desde hace algunos meses llegan agotados, traumados o heridos y necesitan más tiempo para recuperarse.

Ahora no se animan a seguir su camino porque saben que podrían ser capturados. En los dormitorios que rodean el patio se cuentan historias, vividas en carne propia, sobre la crueldad de los criminales que encontraron a su paso y de las autoridades.

El acorralamiento y la cacería a los inquilinos de Belén ocurre a dos meses de que fueron encontradas las fosas llenas de migrantes en San Fernando, Tamaulipas, zona bajo el control de Los Zetas, donde un año antes 72 migrantes -entre ellos 14 de mujeres, la mayoría centroamericanos, y un puñado ecuatorianos, brasileños y un hindú- habían sido asesinados.

El sacerdote jesuita hace notar que esa saña contra las personas en tránsito ha cambiado la dinámica migratoria: comienza a reconocer en las periferias caras conocidas de migrantes que pasaron por el albergue, completaron los días de estancia máxima en los que tenían que salir para dejar lugar a otros recién llegados, pero no se animaron a seguir adelante y tampoco regresaron a sus países. Se establecieron en Saltillo donde a veces encuentran trabajos temporales o pasan hambre.

“Se ha formado una clase de lumpen proletariado con mucha hambre y tienen que sobrevivir así. ¿Cómo seguir adelante si hay delincuentes? No hay cómo seguir. Están formando lagunas humanas en torno a nuestra casa, a veces los encontramos cerca de aquí, muertos de hambre y los traemos a comer, algunos también se convierten al crimen o a las pandillas. Hay días que los vemos tan empobrecidos que los aceptamos unos días más aquí para que vuelvan a comer, pero como tenemos tanta gente no se pueden quedar”, dice el sacerdote con impotencia.

Aunque a Pantoja se le ve agobiado parece que tiene fuerza de ranchero que nunca se cansa. Viene de un pasado de lucha. Comenzó junto al líder mexicoamericano César Chávez, quien ganó el histórico boicot de las uvas en los campos californianos, y quien ganó derechos para los jornaleros agrícolas indocumentados. Pantoja luego trabajó en los barrios industriales en causas obreras. Pero dedicó la vida a los migrantes.

Siempre leyó el evangelio a través de la Teología de la Liberación que lo hizo optar por quienes sufren, y en Saltillo -la diócesis del obispo Raúl Vera- se decidió a caminar junto a las personas migrantes con quienes comparte su suerte y, como ellas, se sabe bajo amenaza.

“En Coahuila hay una rivalidad entre cárteles y los Zetas, y en medio estamos nosotros. No hay distinción entre defensores y víctimas, nosotros también estamos igual”.

El acoso a Posada Belén, que queda en una ruta privilegiada que une al norte y al noreste de México, no es aislado. Pantoja sabe que los albergues de Tamaulipas sufren presiones similares.

“Saltillo es el oasis para los migrantes porque lo demás es territorio de sangre: las casas de Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo están rodeadas de casas de seguridad (de los criminales). Las hermanas (religiosas de Tamaulipas) están aterrorizadas, las defensoras han sido encañonados. Es un esquema de muerte y terror. Gracias a dios sobrevivimos porque sabemos que hay una sociedad, sobre todo internacional, que nos apoya”, dice en la entrevista.

Como si tuviera un mapa de la geopolítica criminal, en el mapa que tiene en la casa de migrantes, donde la gente mira las distancias recorridas, Pedro Pantoja explica las amenazas por las que pasarán las personas migrantes antes de llegar a Saltillo.

El sur -dice- es la “parte descarnada”: desde que se entra a Chiapas, México es el cementerio de los migrantes. En Orizaba, por donde pasa el tren conocido como La Bestia, cuyo techo va cargado de migrantes -vienen dormidos, cansados, lastimados- y de cuyos túneles no salen muchos con vida.

En Tabasco y Chiapas es una “delincuencia salvaje, bruta, despiadada, que ataca de forma cruel”.

Conforme la ruta avanza, la maquinaria que mata migrantes se afina y se sofistica. “En San Luis Potosí el crimen es salvaje. Toda la ruta de Zacatecas a Saltillo está totalmente vigilada por delincuentes, saben bien cuántos vienen y todo migrante –hombre o mujer—es candidato a secuestro. Tenemos testimonios de algunos que han sido obligados a trabajar de sicarios”, dice y más adelante contará algunos de esos testimonios.

Tiene datos frescos, los migrantes que sobreviven al camino, y llegan a Saltillo, como los dos hombres golpeados que en este momento están convalecientes, y bajo cuidados médicos, le cuentan sus tragedias. De esos testimonios saca una estadística del horror.

“Por testimonios sabemos que por aquí pasa la carga con migrantes secuestrados, cuando pasa por aquí ya vienen amarrados, en camiones como animales de rancho, para ser trasladados, o arriba del tren, o en camionetas cargadas. En el sur es más descarnado, pero aquí son artistas de la estrategia criminal: tienen una armonía perfecta para moverse, capacidad poderosísima para infiltrar cuadros policiacos, aquí se asocian con empresarios o gobernadores que pueden estar en el negocio”, dice.

Sabe, por confesión de ciertos presidentes municipales, que en varios municipios norteños a los policías los designan los Zetas. Por eso dice que en el norte todo es perfecto, aceitado, y los gobiernos, cómplices.

Pantoja considera que Saltillo es parte de la ruta del noreste conectada con las atrocidades de la región noreste y del Golfo. Que lo que ocurre en Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz o Tabasco impacta en Coahuila, y viceversa.

“Para nosotros hay una relación muy directa entre este territorio y las fosas de San Fernando, allí han de estar muchos de nuestros migrantes, ya cadáveres, sabemos que desaparecen de nueve, quince, veinte personas. En todo el territorio del noreste. Sino vayan a Laredo, a Piedras Negras, Reynosa o Matamoros. Es apremiante porque son fronteras del crimen y la crueldad”, dice.

Señala que existe complicidad de las cosas que pasan por parte del gobierno, le resulta inconcebible que si los caminos son controlados por policías estatales y federales, que ocurran secuestros de camiones con migrantes, como el que transportaba a los 72 que fueron masacrados, o los que en abril fueron encontrados en las fosas de San Fernando.

“Lo de las fosas es un argumento muy serio para llevar a juicio al estado mexicano”, asegura.

‘Estamos acosados’

La Posada Belén fue fundada en 2001 y Pantoja llegó al año siguiente. “Comenzamos con sangre y hemos continuado así: siempre hay sangre derramada”, dice al contar los orígenes. La historia ha ido cambiando conforme comenzó la estrategia llamada “guerra contra las drogas”, inaugurada por Felipe Calderón. Desde 2008, en el albergue -el padre, religiosas, empleados y voluntarios- comenzaron a notar los secuestros a migrantes, equivocadamente pensaron que era moda pasajera.

En 2009 presentaron ante la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos en Washington una denuncia por los secuestros, apoyados con la información de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

“Lo hicimos y todavía no imaginábamos el dolor que estaba detrás. Recibimos la burla del Estado mexicano, nos llamaron exagerados, que no sabíamos contar, que no teníamos metodología. Y resultó que nos quedamos cortos: todo el camino de los migrantes es un cementerio”. 

Cada migrante que pasa por esta casa, donde tiene alimentos, una cama, días de reposo, asistencia médica y psicológica, confirma que en México no sólo son vistos como mercancías, que también son sometidos a tortura “dentro de las casas de seguridad a donde los llevan, la trata sexual y laboral a la que son sometidos”. Para Pantoja la masacre y las fosas de San Fernando, Tamaulipas, fueron la constatación de lo que ya se intuía.

Estos días se nota desesperado. Dice que sobre esos temas se han hecho libros, películas, documentales y reportajes, pero han caído en oídos sordos. Que los albergues de migrantes han hecho informes con los testimonios del horror, pero nada ocurre.

El acoso es permanente. Seis meses antes sufrieron el robo de todas sus computadoras y archivos. Después, un hondureño que salió del albergue fue acusado falsamente de ser asesino, lo que levantó una ola criminalizadora que hizo que la casa fuera rodeada por saltillenses enojados, recibieran amenazas telefónicas, les gritaran desde la calle asesinos.

Encima, uno de los policías que fue asignado para cuidar a Pantoja fue reconocido como secuestrador de migrantes.

No es todo: hace un mes una camioneta llegó a la iglesia donde Pantoja daba misa, y comenzó a dar vueltas.

--¿Qué querían, padre?

--Seguro querían saludarme- responde irónico.

A esto siguió la amenaza al hombre que iba a la tienda que derivó en la orden del gobierno alemán de retirar a sus voluntarios.

“Los alemanes hacen falta. Aunque los migrantes hacen todo solos, estos señalan los horarios, los acompañan, verifican que no se cuele (al albergue) ningún pollero a reclutarlos. No dudamos que algunos inmigrantes son infiltrados, a veces los tenemos que sacar”, admite.

La entrevista se hace en distintos momentos porque a ratos Pantoja toma su camioneta y maneja a hacer mandados, muestra las vías del tren. A ratos caminamos por el albergue o por el exterior para ver la barda que lo rodea.

En el patio de este centro extendido, con dormitorios a los lados, donde mujeres y hombres están separados, unos migrantes juegan, otros esperan su turno para usar los teléfonos, otros están acostados en los dormitorios, un par levantan pesas, varios juegan futbol. Una persona festeja que su pollero ya lo contactó, y comienza a despedirse.

Su preocupación no sólo es por los migrantes atrapados en Saltillo, rodeados como él en esta casa. También es por quienes están en la ruta y posiblemente, si sobreviven, lleguen a este sitio, con el alma destruida.

“Hay muchachos que vienen torturados y dicen que los torturan otros migrantes que les dijeron que a ellos los matan si no lo hacen. Están adheridos a la fuerza. Vemos desde hace un año reclutamiento forzado. Tenemos el testimonio de un migrante que fue partícipe, lo forzaron a torturar, rindió testimonio ante la ONU de todos los movimientos”.

Le preocupa el daño que viven las personas migrantes reclutadas a la fuerza en su tránsito por México, en si algún día podrán llevar una vida normal después de haber vivido tanto horror.

“Esta migración es de punto muerto sin futuro: los han destazado, les han hecho a sus familias despojarse de todo, les han arrebatado de la ilusión de cruzar al Río Bravo, no pueden seguir y tienen que sufrir de qué forma. Hay testimonios de inmensa crueldad: de unos llevados a un pozo de cocodrilos como forma ejemplificadora del terror, muertos sin identidad, sin cabeza, despedazados a machetazos y la carne la echan a los cocodrilos. Otros dicen que después de destazarlos los obligan a despellejar el cuerpo (de otros migrantes) y a cocinarlo para que lo coman. Y no son exageraciones de ninguna manera, nos quedamos cortos. Vienen personas despedazadas del alma. ¿Cómo se puede sanar un alma tan destruida? Hay una predilección maldita del crimen organizado por estas gentes. Ellos les llaman su mercancía”.

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