'Varios de mis colegas ya se derrumbaron”: testimonio de neumólogo francés en la línea de batalla contra el Covid-19

lunes, 23 de marzo de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El doctor Christian Delafosse se desempeña como Jefe del Servicio de Neumología del Hospital Simone Veil, de la ciudad de Eaubonne, un municipio de 26 mil habitantes ubicado a 12 kilómetros al noroeste de París en la región del Val d’Oise, una de las más duramente golpeadas por el coronavirus (covid-19). Su testimonio publicado el 22 de marzo en el diario Le Parisien y que Apro reproduce con su autorización, da la dimensión vertiginosa del drama personal y profesional que viven día tras día decenas de miles de médicos, enfermeras, ayudantes de enfermería galos que enfrentan en primera línea la pandemia de Covid-19. Al igual que en Italia y España cada noche a las ocho en toda Francia millones de personas les manifiestan gratitud y admiración aplaudiéndoles desde sus ventanas. Y mientras más pasa el tiempo más fuertes, más largos y más emocionantes suenan los aplausos. Estos soldados desarmados que luchan sin descansar contra el coronavirus confiesan que oír los mensajes sonoros de sus compatriotas da aún más sentido a su combate. (Anne Marie Mergier) [caption id="attachment_622908" align="aligncenter" width="660"]La gente aplaude a los cuidadores por su trabajo, ya que el coronavirus ya devastó algunas comunidades en Francia. Foto: Michel Euler/AP La gente aplaude a los cuidadores por su trabajo, ya que el coronavirus ha devastó algunas comunidades en Francia. Foto: Michel Euler/AP[/caption]
***
Christian Delafosse En esa guerra anti-corona el enemigo no habla un idioma extranjero, no pertenece a una cultura distinta ni tiene un color de piel peculiar. El adversario maléfico, pérfida, es la gente que usted cruza en la calle, son   vecinos o amigos cercanos de los que usted debe cuidarse aún más. Los peores enemigos son los seres amados, aquellos con los cuales tiene usted la fortuna de vivir. Y el más grande enemigo de todos, el que podría poner en peligro a estos seres amados y que lo aplastaría a usted bajo el peso de la responsabilidad, es usted mismo, ya que podría contagiarlos con esa infección invisible y traicionera. Desde hace dos semanas esa paulatina toma de consciencia trastorna cada vez más mi vida profesional y afectiva, por un lado, y mi vida profesional por otro. Se tambalean los fundamentos mismos de mi cotidianidad. Primero limité y luego poco a poco interrumpí todo contacto con mi familia cercana. Ya no veo a mis padres bastante mayores, a pesar de sus necesidades, de su aislamiento y de sus inquietudes exacerbadas por el flujo permanente de informaciones, su vejez y el hecho de tener a un hijo neumológo.
Estigma
Ya no tengo contacto físico con mis propios hijos, ni con mi esposa. De hecho, decidimos dormir en habitaciones separadas. En mi propio hogar todos buscamos mantener una distancia de ‘salubridad’…De rebote mi mujer siente que las personas que la rodean la estigmatizan por ser esposa de… En el hospital se va quebrantando nuestro trabajo de equipo cohesionado.  Estos intercambios, sin embargo, son indispensables en esa lucha antiviral que trastorna cada vez más nuestra organización. Si no queremos caer en lo inhumano, nos toca mostrarnos capaces de revolucionar casi día tras día nuestra manera de funcionar para poder hacer frente a esa oleada de pacientes de todas edades y cada vez más numerosos cuya enfermedad nos era desconocida hace algunas semanas. Las reuniones sobre la atención que requieren los pacientes se van cancelando o se vuelven muy complicadas. Hoy, incomodados por una cercanía que ayer era natural, tendemos a rehuirnos entre colegas. Ahora nuestra profesión eminentemente humana, basada en el contacto, la auscultación, la palpación, el cuidado a menudo físico está totalmente desbarajustada. El personal médico procura lo más que puede no acercarse a los pacientes infectados y aún menos de los que no lo son, los más vulnerables. [caption id="attachment_622910" align="aligncenter" width="660"]Voluntarios de la Cruz Roja verifican los datos en una computadora antes de que los médicos examinen a los residentes en un gimnasio convertido en un centro médico en San Juan de Luz, suroeste de Francia. Foto: Bob Edme/AP Voluntarios de la Cruz Roja verifican los datos en una computadora antes de que los médicos examinen a los residentes en un gimnasio convertido en un centro médico en San Juan de Luz, suroeste de Francia. Foto: Bob Edme/AP[/caption]
Cuando la hora llega...
Las familias ya no pueden visitar a sus seres cercanos a pesar de la angustia y del sufrimiento que todos sienten. Los padres no pueden asistir al parto de sus esposas. Muy a menudo los enfermos que se encuentran en la etapa final de su vida se quedan solos. Y cuando llega la muerte, se nos pide alejar a la familia. ¿Humanidad? En esa guerra, médicos y enfermeras no son combatientes porque desafortunadamente no disponen de armas contra el virus. Se limitan a sanar heridas en medio de los combates y de la metralla, protegidos -cuando los tienen, por pedacitos de tela y un poco de líquido. Varios de mis colegas ya se derrumbaron, otros resultaron infectados o infectantes…Muchos estallan en llantos al tomar consciencia del riesgo que los va cercando, del riesgo que corren sus pacientes más frágiles, que amenaza a sus seres queridos o que pone en juego su propia vida. Algunos abandonan el barco, pero cada día y cada noche la gran mayoría vuelve a subirse al puente para montar la guardia tal como lo hicieron el día anterior. Hoy disponemos de un solo recurso para evitar que los hombres caigan en el campo de batalla, es apartarse de lo que constituye la base misma de nuestra humanidad: la relación humana. Te recomendamos: Coronavirus y selección de catástrofe: ¿a quién salvar y a quién dejar morir?

Comentarios