Voces de la Pandemia | Las pruebas de laboratorio que se escamotean

martes, 5 de mayo de 2020
Una fotorreportera ofrece su testimonio a "Voces de la pandemia" para  los lectores de Proceso. Habla de la situación de su padre, un anciano contagiado de coronavirus que no recibe la atención adecuada BROWARD, Florida (proceso).- Como corresponsal de guerra y fotoperiodista durante unas tres décadas, cubriendo levantamientos y conflictos armados, nunca había visto una situación tan preocupante y devastadora mundialmente como la de esta guerra pandémica que me ha tocado vivir en lo más personal. El lunes 13 mi padre, de 89 años, fue diagnosticado con covid-19. Actualmente está internado en completo aislamiento y sin la atención necesaria. La capacidad del hospital en el que se encuentra está rebasada: enfermeras que atendían a dos pacientes cada una ahora se ven con la necesidad de atender a seis u ocho, al grado que han tratado incluso de transferir a mi padre a otra institución. Necesitan trasladar a los pacientes lo antes posible debido a la gran demanda y a que son pocos los lugares adaptados para atender a enfermos de covid-19. A la fecha no hay otra institución que reciba a mi padre –incluso si llega a mejorar su situación– para darle los cuidados que necesita, a raíz de que también se encuentra en recuperación de una operación de cadera que se le practicó el pasado 31 de enero. Requiere cuidados especiales y rehabilitación, se encuentra débil, sin poder pararse por sí mismo y ningún lugar de transición hospitalaria o rehabilitación está dispuesta a recibir a pacientes con covid-19. No han adaptado su infraestructura y recursos para ello. Aproximadamente 15 días antes de la fecha de su ingreso, a mi padre se le negó la prueba de detección del covid-19 con el argumento de que sólo presentaba fiebre baja y tos. Eso me dijeron médicos que consultamos en centros de salud y hospitales. Únicamente si presentaba dificultad para respirar y fiebre alta podía llevarlo a una sala de emergencia.
Solos
En la madrugada del 16 de abril, ­desorientado, sufrió una caída. Fue ­trasladado al hospital y se le realizó finalmente la prueba de covid-19 sin informarnos. Dio positivo. Familiares y médicos creemos que estuvo alrededor de dos semanas con el virus sin poder ser confirmado debido a que no se le hizo la prueba. Mi padre y yo nos encontrábamos en el mismo domicilio en cuarentena desde hace cinco semanas. Hasta ahora sólo sufro de fatiga y algo de fiebre baja. Sin embargo tampoco he podido acceder a una prueba, a pesar de que he estado expuesta al virus. La única opción que hay es acudir a un centro de testeo vehicular a unos 30 minutos de mi domicilio. Eso implica salir en la madrugada y esperar entre cinco y seis horas en una interminable fila de autos. Claro, si es que te toca ese día, pues en ese lugar sólo disponen de 400 pruebas al día. El covid-19 también produce síntomas de desorientación y confusión que podrían ser muy peligrosos para una persona que está sola y sin tratamiento –por no poder acceder a una prueba– como es mi caso. Mis familiares se encuentran dispersos entre Nueva York y Chiapas y no es posible que viajen a ayudarnos. Jamás pensamos en los alcances que podría tener una situación así, logísticamente tan compleja; incluso para mí, estando en el mismo condado donde está internado mi padre, comunicarse al hospital para que me proporcionen información sobre su salud es una labor que puede tomar todo el día. Hay que insistir e insistir sin saber si sólo vas a recibir la noticia de que tu familiar ha fallecido.   * Fotoperiodista e investigadora sobre el mundo maya   Te recomendamos: Voces de la pandemia | El virus del odio y la discriminación

Comentarios