Voces de la pandemia | Vivir 'entre los muertos”

miércoles, 10 de junio de 2020
Karen dejó de ir a su casa ante el temor de contagiar a su familia. Vive en su pequeño negocio: una funeraria. “Duermo en el suelo, sobre unas colchonetas, en medio de los ataúdes colocados en las paredes”. Ahí mismo acondicionó una cocinita y comparte un baño con su hermano. “Este espacio es parte de mí –comenta–. Se siente muy tranquilo, nada tenebroso. Me siento normal, como si estuviera en mi casa”. CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- Hace tres años empecé con mi negocio de la funeraria, situada a unos pasos del Hospital General de México, en la colonia Doctores de la Ciudad de México. Me llamó la atención este ambiente porque cuando mi abuelito falleció, quise saber qué sigue después de que uno muere. Antes de que empezara la pandemia, los fines de semana dejaba a un amigo encargado de la funeraria y me iba a mi casa con mis papás, en Santa María Tecuanulco, Texcoco, Estado de México, en la zona de la montaña. Ellos hacen bases con vara y madera para las coronas fúnebres. Desde que empecé, mi hermano Ángel de Jesús vive aquí conmigo. Lo invité para apoyarme y para que le quedara más cerca para dar sus clases (es físico-matemático) en la UNAM. A finales de febrero me puse muy mal, con gripe, tos seca y dolor de garganta como nunca me había dado. Yo creo que fue covid-19. Por eso decidí ya no ir a mi casa, sino quedarme aquí para proteger a mi familia y no contagiarlos. Mis papás son mayores de 65 años, mi hermano es hipertenso y tiene problemas del corazón y mi hermana es asmática. No me hice la prueba porque ni tiempo me da, con todo el trabajo que tengo y porque cuesta como 7 mil pesos. No me alcanza. Mi negocio es muy pequeño. Yo me duermo en el suelo, sobre unas colchonetas, en medio de los ataúdes colocados en las paredes. A mi hermano le dejé el cuartito de atrás. Aquí mismo acondicioné una cocinita y tenemos un baño. Tengo un altar con arcángeles. Este espacio es parte de mí, la energía la hago yo. Se siente muy tranquilo, nada tenebroso. Me siento normal, como si estuviera en mi casa. Elegí dedicarme a esto y lo hago con pasión y convicción, no porque le vea signo de pesos, sino como alternativa de crecimiento personal. Vivir “entre los muertos” me sirve para hacer mucha conciencia de todo, valorar, crecer espiritual y emocionalmente. Muchos dicen que no tenemos corazón, pero somos los que más tenemos. Cada mañana al levantarme hago una oración de agradecimiento por las cosas buenas y malas, porque es parte de mi vivencia. Le pido a Dios que me proteja y me ayude. No pido que la gente se muera, sino que llegue quien tenga que llegar y que yo pueda ayudar; porque lo que das, se te regresa. Después limpio mis ataúdes, mis vidrios, mis urnas. Me gusta poner música espiritual, de relajación. Tengo el tercer grado de reiki en sanación holística y meditación. Trabajo con arcángeles y con eso puedo ayudar a los familiares. Les doy seguimiento 15 días con terapia para que puedan aceptar la pérdida y, luego, soltar. Siempre me he manejado con mucha responsabilidad y delicadeza con los clientes. Pero a partir de la pandemia de covid-19 lo hago con más frialdad, porque hay muchos protocolos a seguir, empezando porque no se pueden despedir en un velorio tradicional. Siento mucho el dolor de las familias, pero me hago fuerte y firme para decirles: “No. Lo único que se puede hacer es esto”. A veces me han pedido velorio de dos o tres horas, que los deje cambiarlos (de ropa) o embalsamarlos, pero digo que no porque es mi responsabilidad. Unos se van molestos, pero es mejor. Otros no aceptan que su familiar murió por coronavirus, aunque el acta de defunción lo diga. Un caso que me impactó mucho fue el de un joven que pidió servicio para su mamá que murió por covid-19. Su tía y su hermana estaban en el hospital por lo mismo; una tenía cáncer y la otra, asma. A los ocho días me llamó para el servicio de su tía y tres días después, para el de su hermana. En muy poco tiempo se murieron tres mujeres de la familia. El papá se quedó solo. Nunca había visto un rostro tan triste, con un dolor indescriptible. Sólo me pidió: “Apóyame. No tengo cabeza. Arregla todo, por favor”. En cada servicio le pido a Dios que me dé las palabras exactas para dar tranquilidad a los familiares. Nadie está preparado para la muerte. Les digo que su familiar ya está en la luz divina, que sólo Dios les dará fortaleza, crean o no; y que hagan un ritual de despedida en el cuarto del fallecido. Con todo esto del covid he visto mucha individualidad y soberbia. En los hospitales ponen a la gente a la defensiva, no los apoyan ni les ayudan a identificar los cuerpos. Antes de la pandemia tenía cuatro o cinco servicios al mes. Ahora son esos mismos, ¡pero por semana! Y se me van como 20 porque en los crematorios nos dan horario de horno para dos días después. La gente se va a buscar otro lado, pero en todos es lo mismo. Está saturado. Yo ya no veo esto como negocio. Ya quiero que se acabe, porque ninguno se salva. Y me hace pensar mucho en mi familia, si en algún momento los voy a ver de nuevo. Por la emergencia mi hijo está en casa de mis padres y mi hija, con su papá. Ella todas las noches me llama por teléfono: “Mami, ya me voy a dormir porque las princesas se duermen temprano. Te extraño mucho y siempre sueño contigo y con mi hermanito”. Luego, me canta una canción: “Yo quiero cantar, con todo mi corazón, gracias a ti puedo ver la luz…”. Aquí yo trabajo 24 por 24 horas. Todo el día está abierto, no bajo cortina. En la puerta está el letrero de “toque usted”. Me acuesto casi siempre a las dos de la madrugada y antes de dormir doy gracias a Dios por el día. Así, espero a quien tenga que llegar. La muerte es impredecible: te llama por teléfono o te toca la puerta a la hora que sea. * Dueña de la funeraria Flor del Sinaí, en la colonia Doctores de la Ciudad de México. Este texto se publicó el 7 de junio en el número 2275 del semanario Proceso, en circulación  Te recomendamos: Voces de la pandemia | ¡Está cañón!

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