ESPECIAL DE INDEPENDENCIA

Cuando la independencia de México marcó la geopolítica internacional

El imperio español se desmorona. No tiene ya músculo militar para mantener sus territorios en ultramar. Francia e Inglaterra se aprovechan de ello. Pretenden irrumpir en esos mercados, particularmente en el más rico de todos: México, que se ha convertido en "pieza clave" del ajedrez mundial.
miércoles, 15 de septiembre de 2021

Las noticias que llegan de la Nueva España –el alzamiento de Hidalgo y Morelos, la revuelta de Guerrero, la “traición” de Iturbide– sacuden a la Metrópoli y provocan intensos debates en las élites gobernantes, que no saben cómo evitar la independencia de esa colonia, cuya riqueza es vital para la sobrevivencia del reino. Y es que el imperio español se desmorona. No tiene ya músculo militar para mantener sus territorios en ultramar. Francia e Inglaterra se aprovechan de ello. Pretenden irrumpir en esos mercados, particularmente en el más rico de todos: México, que se ha convertido en “pieza clave” del ajedrez mundial.

MADRID (apro).- Fue el 4 de junio de 1821 cuando llegaron a la península las primeras noticias sobre la insubordinación del coronel Agustín de Iturbide en la Nueva España. Primero conocieron ese informe los diputados en las Cortes de la Monarquía, y de inmediato la noticia se expandió en todos los debates y en cada tertulia de los centros de decisión de España. Muy pronto los hechos derivarían en la pérdida de un territorio fundamental para un imperio español sumido desde años atrás en la inestabilidad y el debilitamiento de su otrora poderío.

Hasta entonces las noticias que llegaban del virreinato, al otro lado del Atlántico, era que estaba pacificado. Los virreyes Félix María Calleja y luego su sucesor Juan José Ruiz de Apodaca habían conseguido reprimir las primeras revueltas de Hidalgo y Morelos y la rebelión de Vicente Guerrero estaba relativamente controlada, explica Rodrigo Escribano Roca, investigador en historia atlántica e historia imperial, entre otras especialidades.

El también catedrático en las universidades Adolfo Ibáñez, de Chile, y en la de Alcalá de Henares, en España, refiere en entrevista con Proceso que ese 4 de junio de 1821 un enviado del gobierno leyó ante los diputados de la Monarquía una carta del virrey Ruiz de Apodaca, conde de Venadito, en la que describía el clima de paz que hasta entonces se vivía en la Nueva España antes de la insurrección de Iturbide: “Gozaba la Nueva España en la mayor parte de su vasta extensión una paz poco desemejante a la que disfrutaba en sus más felices tiempos”.

Pero esa paz se había roto con la firma del Plan de Iguala por parte de Iturbide, quien encabezaba al Ejército Trigarante, para así continuar los esfuerzos que cristalizarían en la independencia de México. Por tanto, se lamentaba haberle entregado el mando de las fuerzas realistas al que llamaba “pérfido e ingrato” coronel. El mismo que levantó “las banderas de una nueva revolución”.

También mostraba su preocupación porque esos planes independentistas pudieran atraer la simpatía y el apoyo de una parte importante de las élites eclesiásticas y político-económicas del país, explica Escribano, quien ha estudiado con profundidad aquel periodo histórico.

“Commonwealth” hispánica

Madrid se convirtió en un hervidero por la noticia. Se entablaron intensos debates en los que se colocaba a Iturbide poco menos que como un traidor y ello se refleja en la prensa española, aunque con diversos enfoques, comenta Escribano.

Los periódicos españoles El Telégrafo Mexicano y El Universal Observador Español, de la corriente más hispanista y más dura, “publicaron que la insurrección de Iturbide y sus apoyos representaban lo más rancio de la aristocracia novohispana, que eran un movimiento elitista que va contra el imperio porque se resisten a la reforma constitucional y al constitucionalismo español”.

“Presentan al movimiento independentista como un movimiento reaccionario frente al constitucionalismo español. Aseguran que la mayoría de la población novohispana sigue siendo fiel a la monarquía y a la Constitución de Cádiz, y que hay que intentar articular una respuesta armada para reprimir ese movimiento. Estos dos periódicos, El Telégrafo y El Universal, estaban apoyados por los diputados José María Queipo de Llano, conde de Toreno, Agustín de Argüelles o Felipe Fermín Paul, quien era diputado por Venezuela.

Había una segunda corriente en la prensa hispana, explica Escribano, con medios como El Eco de Padilla o Miscelánea, que eran de “tendencia liberal exaltada”, en los que publicaban con frecuencia los diputados mexicanos de las Cortes de Cádiz, José María Michelena, Lucas Alamán y Miguel Ramos Arizpe, entre otros. En dichas publicaciones se explicaba que la insurrección de Iturbide y el independentismo en México, “no era un plan reaccionario, sino que respondía a causas estructurales porque la monarquía había fracasado a la hora de avanzar para garantizar la autonomía local y la transparencia administrativa en las Indias”.

Advertían que “hacía falta una reforma parlamentaria mucho más seria y que responda a la realidad de la Nueva España. Por ejemplo, los diputados sostenían que sería benéfico para México y para España liberalizar la economía, porque hasta ese momento había un poderoso lobby de mercaderes de Cádiz –organizados en la Comisión de Reemplazos– que, aliados con algunos funcionarios del consulado de México, se negaban a la apertura del comercio”, sostiene Escribano.

Estos periódicos planteaban la necesidad de un camino transformador, de lo contrario se iba a perder el virreinato y –a diferencia de otros medios– negaban que la mayoría de la población en la Nueva España apoyara la permanencia de la monarquía imperial española.

El historiador sostiene que una tercera corriente en la prensa hispana era aquella que “reflejaba la posición de los diputados españoles que condenaban la revolución independentista, presentándola como la traición de una élite oligárquica asentada en la Nueva España. No obstante, asumían la necesidad de impulsar reformas y hacer planes de un cierto autonomismo imperial; es decir darle más autonomía y libre comercio a los virreinatos en forma de una ‘independencia monárquica’”.

El objetivo de esta corriente era formar un “bloque panhispánico de Estados, con tronos independientes en cada virreinato, pero que le asegurase ventajas comerciales y diplomáticas a la monarquía”.

De hecho, no descartan como modelo los Pactos de Córdoba que Juan O’Donojú, jefe político superior y capitán general de Nueva España, e Iturbide, como jefe del Ejército Trigarante, firmaron en agosto de 1821 reconociendo la Nueva España como un imperio independiente.

“Esa propuesta de pactar las independencias como un bloque panhispánico de Estados y monarquías moderadas fue elaborada por los diputados mexicanos en las Cortes de Cádiz, que eran muy avanzados en su tiempo. Era una especie de Commonwealth hispánica, una propuesta innovadora que se hizo 100 años antes de la formación de la Commonwealth británica”.

Remata Escribano: “La crisis imperial en el mundo español provocó tal efervescencia, que convirtió a España en un laboratorio constitucional con propuestas sin precedente, como esa de un mundo panhispánico”.

Un suceso traumático

Para España la independencia mexicana fue un suceso traumático, porque de todos los territorios americanos que formaron parte del otrora poderoso imperio español, la Nueva España era el más rico en recursos, en aportaciones a la metrópoli, en flujos comerciales y con una actividad política y social muy dinámica. Sin duda, el territorio más consolidado como estructura política en el continente, lo que en términos geoestratégicos le hacía una verdadera joya de la corona para España.

Por ello, la antigua metrópoli no acababa de resignarse del todo a la pérdida de su virreinato. La independencia era un hecho consumado, pero durante largo tiempo España seguirá haciendo denodados e infructuosos esfuerzos por recuperar el virreinato. Por eso, el imperio tardó en reconocer la Independencia de México. No lo hizo hasta 1836.

Para el especialista en el estudio de las monarquías imperiales europeas y de las repúblicas americanas de ellas escindidas, el proceso de emancipación de México no ha tenido un reflejo real en la historiografía. “Durante largo tiempo se intentó desconocer lo problemático que resultó para España esto, dándole apenas importancia, equiparándolo a la independencia de Cuba o Puerto Rico, a finales del siglo XIX”.

“Eso ha sido una mirada muy superficial de la historiografía, porque si uno mira la prensa de Madrid y de España de aquel momento, los libros que se publican sobre este proceso, los debates parlamentarios, se da uno cuenta que la pérdida de México para las élites políticas de la monarquía tiene un fuerte impacto en términos negativos”, sostiene.

“Al final, no se explica la historia de España sin la historia de la independencia de México; es absolutamente imposible”, dice el historiador.

“La independencia provoca muchos debates, se expresan muchas ideas y emociones de por qué se ha enajenado el virreinato y cómo se puede reconstruir de alguna manera la influencia española en la nueva monarquía iturbidista primero, y luego en la nueva república. Se puede ver lo importante que es el problema mexicano en el debate político español”, sostiene.

Otra propuesta interesante de los diputados mexicanos, los novohispanos (Michelena, Ramos Arizpe, Lucas Alamán, Lorenzo Zavala y Francisco Fagoaga), es sobre modelos de gestión autonómica de los virreinatos ante la complejidad logística que representa legislar en ultramar. Proponen crear un parlamento en México, uno en Perú y uno en el Río de la Plata. También la reforma de la Constitución de 1812, para que haya un mayor grado de autogobierno en estos territorios americanos.

Hay muy distintas corrientes de debate, que al final son abortadas por la restauración del absolutismo de Felipe VII, luego que el trienio liberal y el constitucionalismo también fracasaran en darle una solución a las guerras de independencia en América.

–¿Cuál es el verdadero peso de la independencia, porque México era el territorio de ultramar más importante, aportaba 90% de las remesas americanas que llegaban a la metrópoli?

–Sin duda era el más importante por el peso que tiene la Nueva España en la regulación fiscal. Y se hace más tremendo todavía, teniendo en cuenta que con la invasión a la península de las tropas napoleónicas en 1808, hay un momento en que el gobierno español en la península sólo controla la isla de León, en Cádiz, y depende completamente de las remesas americanas. Y los años de crisis que pasa la monarquía hasta llegar a 1821, las rentas de Nueva España son muy importantes. Cómo no va a ser importante perder uno de los espacios de recaudación y que le da dinamismo comercial a la monarquía, eso es evidente.

–Precisamente, el imperio español queda en entredicho con la invasión napoleónica, y es ahí donde cambia el ajedrez del poder en Europa.

–Estas efemérides se deben aprovechar para que la historiografía revise no sólo la historia mexicana o española, sino precisamente el impacto que estos acontecimientos tuvieron en la historia mundial.

“Durante las guerras napoleónicas, la península ibérica es el espacio donde los imperios napoleónico y británico envían más tropas y donde se dan las batallas de mayor calado, ¿por qué?” –se pregunta, y prosigue con su explicación:

“Porque tanto Reino Unido como Francia tenían mucho interés en operar una nueva influencia en todo el espacio imperial de España, y es evidente que estaban pensando muy activamente en los virreinatos y muy concretamente en el más rico y el más dinámico económicamente de todos ellos que era México”.

Escribano recuerda que en el siglo XVIII “las expectativas sobre México eran muy altas. La economía mexicana creció mucho, los escritos del explorador Alexander von Humboldt sobre México ilusionan a todos los lectores europeos, entonces tanto franceses como británicos piensan que su entrada en el mercado mexicano puede significar una verdadera revolución comercial”.

Por eso las guerras napoleónicas, que menguan considerablemente al imperio español, “son movimientos bélicos estratégicos relacionados con aspiraciones políticas a nivel mundial, y donde todo mundo se disputa esa ‘desconfiguración’ del espacio imperial español”, explica el también coautor del libro que prepara la UNAM este año que llevará el título 1821, la independencia de la Nueva España. Un reino que se transformó en imperio y devino en república.

La geopolítica del siglo XVIII

En su opinión, en estos acontecimientos se tiene que ampliar el foco para valorar el papel de México en América, en Europa y en Asia en aquellos años, antes y después de la Independencia. “México era un actor fundamental. Tenemos que ponernos en la época: Estados Unidos todavía eran 13 colonias que se habían ampliado en esos años, pero con presencia aún incipiente en la coste este de Norteamérica. Aún no existe esa noción de Estados Unidos como estado poderoso, ni cuenta con los enlaces en su propio territorio que unan Atlántico y Pacífico.

“El único territorio políticamente integrado, que enlaza el Pacífico y el Atlántico es el virreinato de Nueva España. Antes de comenzar la independencia es un momento de apogeo mercantil, de apogeo minero, de interconexión muy importante con Filipinas y con los mercados orientales; entonces México se adivina como la tierra del futuro”.

En ese momento no se podía prever que luego de la independencia vendría un debilitamiento político tanto en el imperio español como en México. A eso se añade, años después, las pérdidas territoriales ante Estados Unidos y la pérdida de la Federación Centroamericana (Guatemala y El Salvador).

“México es una pieza absolutamente clave, una presa mayor del ajedrez mundial”. Así lo demuestran, “los documentos de la etapa imperial que ha descubierto la Foreign Office de Reino Unido, en los que el estadista Robert Stewart, marqués de Londonderry, conocido como Lord Castlereagh, desarrolló planes desde sus servicios exteriores para tratar de introducir una monarquía independiente en México o para conseguir que continuase bajo el dominio del imperio español, para convertirlo en un circuito económico abierto”, relata Escribano.

“Es decir, no hablamos de la independencia de una colonia periférica, sino de un epicentro mundial dentro de una monarquía muy importante que se descompone en este momento, pero que impacta todo el ajedrez geopolítico del momento”, sostiene.

Escribano agrega que había que sumar que España enfrentaba dificultades para gobernar una monarquía de la dimensión que alcanzó el imperio español en ultramar, que se va traduciendo en la pérdida de territorios.

Es el caso de la venta de la colonia de Luisiana por parte de Napoleón Bonaparte. El primer cónsul francés desatendiendo los acuerdos de retroventa a España de dicho territorio, se lo vendió a Estados Unidos. Luisiana era un territorio salvaje que comprendía los actuales estados de Arkansas, Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota, parte de Dakota del Norte, buena parte de Dakota del Sur, parte de Nuevo Mexico, Texas, Montana y Colorado, entre otros territorios.

“Napoleón vende Lusiana a Estados Unidos, porque España había renunciado al dominio de esa colonia (por el Tratado de San Ildefonso) a cambio de la promesa que les hace Napoleón de entregar un ducado en la Toscana (Italia) al duque de Parla, Fernando I de Borbón. En las memorias de Manuel Godoy, hombre fuerte de la monarquía española, se describen los enormes problemas que tenían para garantizar la seguridad de las fronteras en los virreinatos”, sostiene.

“Es decir, antes de la independencia, tenemos a la monarquía española empachada de territorios, y sin músculo económico ni militar para defenderlos. De hecho, todo su músculo económico y militar proviene de las rentas mexicanas. Desde la última década del siglo XVIII es la que costea la defensa imperial, no sólo de su propio territorio sino de una buena parte de la América española”.

En este marco, la venta de Luisiana, territorio de muy difícil gobernabilidad, potencia a Estados Unidos hasta convertirlo en una nueva amenaza para España. Por ello, se trata de darle mayor cohesión a la territorialidad mexicana en aquellos espacios que más interesan, como las Californias, que también eran asediadas por Rusia, que surca la costa oeste de Norteamérica desde Alaska.

“En conclusión, son demasiados territorios y demasiados problemas geoestratégicos en aquel momento. Es interesante ver el cambio profundo del mapa del mundo entre 1770 y 1820. Nadie podía prever que se iban a crear una veintena de republicas en suelo americano, que iban a surgir repúblicas en suelo europeo, que Reino Unido iba a conquistar India; es decir, es un momento bisagra absolutamente revolucionario”, asegura Escribano.

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