ESPECIAL DE INDEPENDENCIA

Hidalgo y los debates teológico-políticos

La referencia histórica al cura Miguel Hidalgo y Costilla es al Padre de la Patria. Es el cura que encabeza el proceso de independencia e inicia una rebelión de la que deviene en la construcción de nuestra nación. Desde el siglo XIX hay un uso ideológico nacionalista de los curas de la independencia
miércoles, 15 de septiembre de 2021

Los procesos a Hidalgo y varios clérigos –incluyendo a Morelos– exponen disyuntivas doctrinales de la época, de acuerdo con historiadores. Mientras los curas rebeldes se justificaron en la teología de la Guerra Justa, cuyo concepto fundamentó las cruzadas, la Conquista y, por supuesto, a los curas guerrilleros de la Independencia, los católicos conservadores reivindican a Iturbide como el verdadero consumador y protagonista del movimiento de emancipación. Las posiciones antagónicas atravesaron la Iglesia católica.

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El 3 de septiembre último el episcopado mexicano en conferencia de prensa dio a conocer una síntesis del mensaje “La Consumación de la Independencia: una tarea permanente”, elaborado por el presbítero Jesús Treviño Guajardo.

El texto síntesis son cerca de 850 palabras. Llama la atención que no aparece mención alguna a Miguel Hidalgo ni a José María Morelos, curas rebeldes y guerrilleros en la gesta de la Independencia de México. Ambos sacerdotes fueron excomulgados por los obispos de entonces.

En cambio, el texto exalta a otro personaje en la consumación de la independencia, “cuyo coronamiento se verificó con la entrada triunfal del Ejército Trigarante, el 27 de septiembre de 1821 y la Declaración de la Independencia del 28 de septiembre del mismo año… cuyo autor fue el militar Agustín de Iturbide, apoyado por un gran número de personajes, entre los que destacan los insurgentes Vicente Guerrero y Pedro Ascencio Alquisiras, así como el político español Juan O’Donojú.

Iturbide tuvo la eficacia de conciliar a prácticamente todos los grupos existentes en el territorio: indígenas, criollos, castas, peninsulares, eclesiásticos, militares, comerciantes, funcionarios y universitarios; también a ciudades, villas, pueblos, corporaciones y gobernantes, los cuales se experimentaron incluidos y amparados.

Recordemos que el 30 de septiembre de 2020 el presidente Andrés Manuel López Obrador vuelve a provocar a la Iglesia católica al insistir en que el papa Francisco “…se pronuncie en el caso de México; no queremos el debate acerca si se excomulgó o no al cura Hidalgo, es un hecho que fue juzgado, sería un gesto de mucha sensibilidad que se hiciera una referencia y un reconocimiento tanto al cura Hidalgo como al cura Morelos”.

¿Estaríamos ante la respuesta de los obispos?

Rogelio Cabrera, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y arzobispo de Monterrey, dijo que, a 200 años de la consumación de la Independencia de México, la Iglesia católica ha estado presente, con sus luces y sombras, con tinos y desatinos, pero siempre con el corazón puesto por el bien de nuestra patria.

Quedan flotando muchas preguntas sobre la posición que ahora tomará el episcopado, entre ellas, ¿cómo abordará los casos de Hidalgo y Morelos? ¿Cómo justificará el papel de la Iglesia al lado de los peninsulares y de los realistas?

La referencia histórica al cura Miguel Hidalgo y Costilla es al Padre de la Patria. Es el cura que encabeza el proceso de independencia e inicia una rebelión de la que deviene en la construcción de nuestra nación. Desde el siglo XIX hay un uso ideológico nacionalista de los curas de la independencia a los que se suma José María Morelos y Pavón.

La narrativa secular destaca los dos clérigos elevados a categoría de héroes desde los primeros años de la gesta insurgente en 1810. Una primera paradoja reposa en el hecho de ser México una república laicista, en ciertos periodos anticlerical, y que sean precisamente curas los forjadores de la patria mexicana. Una segunda paradoja se presenta por el hecho de que, entre católicos, clérigos y laicos conservadores prefieren a Agustín de Iturbide como el verdadero consumador y héroe de la Independencia, cuyo proyecto de nación monárquica no ha sido valorado por la historia oficial.

Será que la jerarquía actual no quiere abrir el debate teológico y político en tiempos de la Independencia, que concluye a Hidalgo hereje dominado por el demonio del poder.

Los liberales colocan a dos curas como héroes fundadores de la patria, mientras que los católicos conservadores reivindican a Iturbide, un seglar militar como el verdadero consumador y protagonista de la Independencia.

Hidalgo se convierte en un mito cuyo cometido permite la constitución de un nuevo relato de nación. Cicerón decía que “todas las almas son inmortales, pero las de los justos y héroes son divinas”. Hidalgo es objeto de culto y permanece en el panteón de las divinidades seculares. Conviene situarlo en su contexto más allá de las alegorías del criollismo inmediato y de la exaltación patriótica.

Institución central en la colonia

La Iglesia católica de la Nueva España gozaba de un papel preponderante. Era parte del poder y la institución más poderosa en la Nueva España, rival, incluso, del gobierno de la Corona.

El poder de la Iglesia era total: económico, político, espiritual y cultural. La Iglesia novohispana poseía la mayor riqueza en tierras, cofradías, hospitales, escuelas, seminarios, centros de asistencia y caridad, así como numerosos conventos.

Su presencia social accedía a todos los estratos sociales y castas. Su influencia económica era tal que incidía en la toma de decisiones políticas trascendentales en el virreinato.

Las cofradías en la sociedad colonial fueron asociaciones de una gran importancia económica y financiera para la Iglesia. Las cofradías estaban formadas por agrupaciones de fieles ligados estrechamente al clero; cobraban diezmos, donativos e impuestos. Realizaban obras de caridad y una especie de seguridad social en la cual todos sus agremiados recibían servicio médico, y al morir se hacían cargo de su funeral, aunque para eso debían pagar su entrada a la asociación y contribuir con obras caritativas.

Las cofradías hacían obras piadosas y de beneficencia entre sus semejantes, organizaban las fiestas patronales, por lo que eran vistas por las autoridades religiosas como un instrumento ideal para consolidar la fe cristiana.

Es cierto que predominan los temas institucionales en el manejo de sus recursos. Se trata de bienes y capitales que estaban al servicio de un fin religioso y, por tanto, lo económico tiene aquí una complejidad propia, como el patronato, sostén de las órdenes religiosas, misiones, la Inquisición, el registro civil, nacimientos y defunciones, panteones y registro de los matrimonios.

En suma, la Iglesia católica novohispana llegó a ser una institución de tal fortaleza que en el ámbito financiero se dedicaba a organizar y administrar bienes, no sólo enfocados a lo religioso, sino al usufructo especialmente en la gestión de grandes extensiones de tierra y propiedades, lo cual le genera intereses y posicionamiento que muchas veces contradecían su misión.

Era evidente la centralidad social en la sociedad virreinal. Trascendía lo espiritual y se instalaba en los intereses e incidencia en la toma de decisiones, cuyos beneficios se ramificaban en todos los ámbitos posibles.

A medida que fueron pasando los años, y hacia el inicio del siglo XIX, sobre todo, se fue afianzando el predominio del clero secular sobre el clero religioso que había conformado la identidad católica en la Nueva España. Por el contrario, el clero de las órdenes religiosas fue perdiendo presencia, siendo desplazado. Tal fue el caso, en 1767, de la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del imperio español.

En 1810 había en la Nueva España 4 mil 300 sacerdotes, 3 mil 100 religiosos y 2 mil monjas; mil parroquias, más de 200 conventos para frailes y 60 conventos de monjas para una población de más de 6 millones de habitantes. El historiador Mariano Cuevas calculaba que por aquellos años en la extensa Arquidiócesis de México había un máximo de 2 mil 657 eclesiásticos, y en todo el país había 6 millones de habitantes, de los cuales un millón eran criollos, 40 mil españoles, 3.5 millones indígenas y 1.5 millones de mestizos.

El levantamiento de Hidalgo y Morelos asoma un movimiento de decenas de sacerdotes criollos del llamado bajo clero. Para algunos historiadores, no más de 60, pero otros infieren cerca de 400 que también se levantaron en armas.

Hay un amplio contingente de curas aparentemente neutrales que simpatizaron con los insurgentes. Hubo también sacerdotes que empuñaron las armas y lucharon al lado del bando realista. La Independencia confrontó de manera aguda y frontal a la propia Iglesia.

Entre la colonia y el virreinato

La Nueva España era la colonia más importante del imperio español. El territorio era vasto, desde Centroamérica hasta el norte de California; su población también era numerosa: más de 6 millones de habitantes.

La sociedad novohispana se ordenaba por castas y era monolíticamente católica. Es decir, estaba penado profesar otra religión. La Iglesia era el pilar de la sociedad. Sin embargo, en las postrimerías de la colonia tuvo desavenencias con el poder secular de la Corona.

Hacia la mitad del siglo XVII las reformas borbónicas limitaron el enorme poder económico e influencia política que gozaba la Iglesia católica en la colonia. La Corona redujo el poder del Arzobispado de México y limitó las funciones de sus obispos; vetó la intervención del clero en la redacción de testamentos civiles (1754) –como ya anotamos–, ordenó la expulsión de los jesuitas (1767), dispuso que la doctrina se enseñase en español (1772) y estableció leyes desamortizadoras para enajenar bienes raíces de hospitales y otras obras benéficas mediante la cédula real de 1798.

La crisis financiera de la Nueva España también sacudió a la Iglesia. Ésta se ahonda en el periodo de guerras internacionales en las que el imperio español se vio envuelto contra Inglaterra (1778-1783) y Francia (1792-1794), así como las sucesivas guerras navales contra Inglaterra (1796-1802 y 1804-1808).

La Corona, para sostener este largo lapso de sucesivas confrontaciones bélicas, requirió de cuantiosos recursos, castigando las economías de sus colonias, en especial la de la Nueva España.

La Iglesia católica novohispana no escapa a los requerimientos de la metrópoli; el gobierno virreinal se endeuda y la Iglesia también ve mermados sus ingresos y disminuidas sus arcas. Incluso, los archivos generales de la nación datan de apropiaciones del Estado virreinal contra los remanentes, fondos particulares y el recurso de préstamos que el fisco impuso a la Iglesia, los llamados vales reales para sostener las exigencias y sufragar gastos militares de la sede monárquica.

Muchos curas, como el propio Miguel Hidalgo, que tenían una serie de ranchos, padecieron todos esos problemas. En suma, había malestar eclesial frente a los gobiernos de la Corona. Estas tensiones son como la bisagra para entender el estallido de la Independencia en 1810. Podríamos concluir que se presentaba al interior de clero una actitud crítica y de reproches hacia las exigencias de la metrópoli que estaba minando a la Iglesia y, sobre todo, mermaba sus recursos económicos.

Inevitable emancipación

El 14 de julio de 1808 se recibía en la Nueva España la noticia que conmocionó a la Colonia. Las renuncias de Fernando VII y Carlos IV al trono español en favor de Napoleón.

Ante esos hechos la sociedad novohispana estaba en crisis. El rey abandonaba la corona y Napoleón se erigía como un usurpador que el pueblo hispano no reconocía.

¿Con qué legitimidad queda la autoridad del virreinato? ¿Qué hacer cuando se pierde el sujeto de la soberanía? ¿En quién recae la soberanía en caso del rey ausente?

Se presenta una profunda crisis de conducción en la clase política, hay incertidumbre en la gestión, el orden social parece quedar a la deriva. Priman los intereses de los peninsulares, de los criollos y también los del clero. En un lapso se suceden tres virreyes, mientras en los ámbitos militares criollos y en el bajo clero brotan los bríos independentistas.

Se entrelazan diversos motivos que alientan los ímpetus independentistas. Si bien el proceso de emancipación no tiene orígenes religiosos, hay una profunda imbricación con los sentimientos de los principios de la fe.

A escala espiritual, desde fines del siglo XVII se ensancha la devoción por la Virgen de Guadalupe; hay corrientes místicas y brotes de milenarismo, quizá, por el cambio de siglo y los rebrotes de algunas epidemias, como la fiebre amarilla, la viruela y la peste. Algunas crónicas de la época datan una atmósfera semiapocalíptica. No es casualidad el uso simbólico de la Virgen de Guadalupe como abanderada de la revolución independentista.

Otro elemento no menos importante es el rechazo del alto clero al liberalismo. La ocupación napoleónica de la península representaba una amenaza a la cultura católica y romana.

En ese sentido, haber escuchado los horrores de la Revolución Francesa en sus fases más anticlericales, las implicaciones en términos de la secularización y el impacto que tuvo para con la Iglesia, constituyeron un motivo importante para que los curas se levantaran para defender lo que ellos llamaron la verdadera religión.

Curas guerrilleros

La insurrección independentista de México fue un movimiento popular, un alzamiento que contó con una multitudinaria participación, especialmente de campesinos indígenas y no indígenas, jornaleros y comuneros. La lucha emancipadora se distinguió por su gran violencia, si comparamos los procesos de Sudamérica. La violencia sólo es equiparable a los cursos de Venezuela y Haití.

Es evidente la influencia de los postulados liberales procedentes de Europa y Estados Unidos. Numerosos militares y clérigos destacados fueron simpatizantes y sus difusores en la Nueva España, así como otros personajes en el ámbito de la naciente masonería, que tenían acceso a las nuevas ideas y filosofías políticas y a ciertos libros privilegiados.

Hay pocos estudios que determinen el número aproximado de sacerdotes insurgentes; ello resulta claro por las evidencias históricas sobre que la totalidad de la jerarquía católica cerró filas contra los independentistas.

Algunos investigadores estiman que el clero insurgente fue entre 5 y 30% a finales de la Nueva España. El clero levantado articulaba democracia y república como opuestos al autoritarismo y subordinación.

Sentimientos nacionalistas enfrentados al colonialismo. Estas ideas de la ilustración se conectaban con una narrativa teológica propia de la Iglesia católica. El clero trigarante, en cambio, otorgaba un peso diferenciado en el conjunto a cada uno de estos elementos. De alguna manera ahí se incubó el debate y la disputa que desembocaría en el que sostuvieron las tendencias liberales y las conservadoras durante todo el resto del siglo XIX.

José Gutiérrez Casillas diseña un esquema de los curas, principales protagonistas del movimiento independentista. Entre ellos figuran, además de Morelos, el cura Mariano Matamoros, fray Melchor de Talamantes, fray Servando Teresa de Mier y al sacerdote diocesano José María Cos, considerado como uno de los intelectuales con mayor incidencia.

Hay muchos otros miembros de clero menos conocidos en diversas entidades del país. Las posiciones antagónicas atravesaron la Iglesia. Quedó partida y fracturada, enfrentó a unos contra otros, no obstante que todos se reivindicaran católicos.

Cada bando sustentaba teológicamente sus posiciones y afiliación como miembros de la Iglesia. De entre las órdenes religiosas Gutiérrez Casillas identifica a 11 franciscanos, cuatro dominicos, un agustino, seis juaninos y un mercedario.

Pese a los antagonismos nadie renegó de su religión, todos argumentaron su causa como cristianos apelando, incluso, a principios doctrinales, pero se enfrentaron con encono.

El sector mayoritario del clero estuvo con la monarquía o se mantuvo neutral. Los insurgentes, sobre todo Hidalgo, permitieron la violencia, y Morelos castigó con violencia; ambos estuvieron contra el clero realista. Los obispos también armaron sus ejércitos y llevaron al patíbulo a muchos religiosos rebeldes.

El cura Miguel Hidalgo

Miguel Hidalgo y Costilla no fue del bajo clero. Su capacidad intelectual y sus habilidades gerenciales, así como numerosos emprendimientos en ranchos, ganado, artes y oficios, lo colocaron como un personaje relevante de inicios del siglo XIX.

Hidalgo nació el 8 de mayo de 1753 en la hacienda de San Diego de Corralejo, Pénjamo, Guanajuato. Fue el segundo hijo de Cristóbal Hidalgo y Costilla y de Ana María de Gallaga, ambos descendientes de una familia gallega.

Cursó estudios en el Colegio de San Nicolás, donde llegó a ser rector en la ciudad de Valladolid. Hidalgo fue políglota, hablaba francés, italiano y latín. También dominaba purépecha, otomí y náhuatl. En 1778 fue ordenado sacerdote y en 1803 se hizo cargo de la parroquia de Dolores, en Guanajuato.

Se preocupó por mejorar las condiciones de sus feligreses, en especial la de los indígenas. Hidalgo desarrolló oficios en el cultivo de viñedos, apiarios y dirigió pequeñas industrias de loza y ladrillos.

Las crónicas colocan a Hidalgo como progresista, con simpatía por la ilustración y teológicamente provocador.

El militar Ignacio Allende lo convence de unirse a la causa insurgente. En 1809 se suma con diversos grupos para debatir el futuro independiente de la Nueva España en nombre del rey Fernando VII, preso y sometido por Napoleón.

Descubiertos, son señalados como sediciosos y el 16 de septiembre de 1810, portando el estandarte de la Virgen de Guadalupe, lanzó el llamado Grito de Dolores. Hidalgo inicia la revuelta independista, consigue reunir un ejército improvisado de 40 mil mexicanos, tomaron Guanajuato y Guadalajara, pero no consiguieron llegar a la Ciudad de México. El 11 de enero de 1811 fue derrotado y capturado por los realistas… y condenado a morir.

Los procesos de Hidalgo y varios clérigos, incluyendo a Morelos, permiten observar, según historiadores, disyuntivas doctrinales de la época.

En sus juicos explican las motivaciones por las cuales se habían sumado a la insurrección armada. Hidalgo abrigó la aventura independentista sabiendo que era legítimo lanzarse a la guerra cuando se era víctima de un tirano, de un trato injusto.

Los curas rebeldes se ampararon en la teología de la Guerra Justa. La Guerra Justa o la teoría de la Guerra Legítima son conceptos antiquísimos que anteceden al cristianismo. En San Ambrosio, y principalmente en San Agustín, la concepción cristiana de la Guerra Justa toma forma de una paradoja aparentemente insoluble: es la de considerar la guerra y su violencia como un fenómeno perverso, no solo ética, sino también espiritualmente. Pero muchas veces inevitable. El concepto de Guerra Justa fundamentó las cruzadas, la Conquista y, por supuesto, a los curas guerrilleros de la Independencia.

Finalmente se presenta la polémica sobre las excomuniones de Hidalgo y de Morelos. La realidad histórica así lo muestra. Mediante edictos se formaliza la excomunión de los sacerdotes padres de la patria. La primera excomunión a Hidalgo fue firmada por el obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, y fue ratificada por la mayoría de los obispos de la entonces Nueva España.

La excomunión, juicio y ejecución de los sacerdotes son una realidad documentada. Sin embargo, la Iglesia católica, a lo largo de más de 200 años, ha sido parca y ambigua frente a la excomunión, quizá, porque se trata de los héroes patrios.

En un congreso de historiadores del siglo XIX, convocados por la CEM en 2010 en el marco del Centenario del Inicio de la Independencia, los especialistas concluyeron: “¿Hidalgo fue excomulgado? Sí. ¿Hidalgo murió excomulgado? No”.

Guadalupe Jiménez Codinach, una de las historiadoras más connotadas sobre Hidalgo, resume los siguientes argumentos: primero, en octubre de 1810, casi un año antes de la muerte de los primeros caudillos insurgentes, el cabildo de la Catedral de Valladolid nulificó el edicto de excomunión promulgado por el obispo electo, don Manuel Abad y Queipo, porque aún no era un obispo en funciones.

Segundo, lo anterior posibilita que en su prisión de Chihuahua no tuvieron problema alguno para confesarse y recibir la comunión varias veces antes de ser fusilados.

Tercero, el cuerpo decapitado de Hidalgo fue recogido por los religiosos franciscanos del convento de San Francisco y lo sepultaron al día siguiente frente al altar de la capilla de San Antonio de dicho convento.

Cuarto, en 1823 se ordenó que sus restos sean depositados, con honores y responsos, al pie del Altar de los Reyes, en la Catedral de México.

Los restos mortales permanecieron en la Catedral Metropolitana hasta su traslado a la Columna de la Independencia en 1926. Estas acciones no hubieran podido ser realizadas de haber estado en vigor la excomunión de Hidalgo.

Las independencias iberoamericanas forjaron un nuevo mapa en el mundo. Se gestaron 17 repúblicas y un imperio independiente (Brasil), se construyeron nuevas fronteras históricas que transcurren a lo largo del siglo XIX y que tiene su punto de partida en la invasión de la Península Ibérica por Napoleón y en las Cortes de Cádiz. Parafraseando a Jean Paul Sartre, todo el pasado puede modificarse; la Iglesia y los historiadores no paran de demostrarlo.

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