ESPECIAL DE INDEPENDENCIA

La falsa ilusión de la reconquista de México

Consumada la Independencia de México en 1921, España no se resignaba a perder el territorio más rico de su reino. Y para recuperarlo lo intentó casi todo: un plan de restauración en colaboración con monarquías europeas, una conspiración para derrocar al gobierno y hasta invasiones armadas.
sábado, 18 de septiembre de 2021

Madrid (Proceso).– Consumada la Independencia de México en 1921, España no se resignaba a perder el territorio más rico de su reino.

Y para recuperarlo lo intentó casi todo: un plan de restauración en colaboración con monarquías europeas, una conspiración para derrocar al gobierno de la naciente República y hasta invasiones armadas.

Pero todos esos intentos fracasaron.

Durante las Guerras Napoleónicas, Fernando VII vivió prácticamente prisionero de Napoleón en Bayona (País Vasco francés). A su regreso a España, en 1813-1814, recuperó el trono, derogó la Constitución de 1812 y reinstauró el absolutismo, obsesionado por permanecer en el trono.

Rodrigo Escribano Roca, investigador en historia atlántica e historia imperial, explica que en este marco, entre 1821 y 1823, en Madrid se propusieron diversos planes constitucionales para la Nueva España pero ninguno prosperó por la restauración de Fernando VII. “El imperio español entró en lo que yo llamo un proceso de luto: primero hay una negación, luego una aceptación y después una recaída:

“Primero, Fernando VII se negó a reconocer cualquier independencia y abogó por la reconquista. Entre 1823 y 1827 los ministros de exteriores del reino, el Conde de Ofalia, Francisco Cea Bermúdez, el duque del Infantado y Manuel González Salmón, vieron que España ya no tenía la capacidad militar para reconquistar por sí sola México, e intentaron convencer a las monarquías absolutistas europeas que apoyen a España en un plan de restauración.

“Con la ayuda de propagandistas del régimen absolutista, como Mariano Torrente y José Segundo Presas, construyeron el mito de equiparar al republicanismo con anarquía aprovechando los conflictos intestinos que había en México con Iturbide y después con la república federal, y argumentando que se ha ido el dominio español y se han sumido en la anarquía”.

Pero ya para 1828 Fernando VII ve que las repúblicas latinoamericanas han sido eficaces y han conseguido el reconocimiento diplomático de Europa. En 1825, Reino Unido reconoce a México y entabla relaciones comerciales y diplomáticas oficiales, luego sigue Francia y después Holanda. Con lo cual, ya en 1828 este plan de restauración por medio de una colaboración con las monarquías europeas ya no tiene sentido.

“Es cuando Fernando VII desesperado decide escuchar aventureros y exoficiales que le ofrecen planes sui generis para reconquistar la Nueva España. Esto, mientras en la península se mantiene el mito de que la mayoría de la población en México añora el dominio español y la grandeza de los borbones. Ese imaginario se mantendrá hasta 1860, cuando se apoya a Maximiliano”.

Felipe VII aceptó el plan de la llamada expedición Barradas, que desembarcó con 3 mil 500 hombres en Tampico, el 26 de junio de 1829. Pero fueron derrotados de inmediato por Antonio López de Santa Anna.

Así, fallaron los cálculos de Felipe VII, que creía que sus tropas iban a ser arropadas por amplios sectores de la sociedad mexicana cansada por las guerras intestinas en la república federal desde la promulgación de la constitución de 1824.

A pesar del fracaso de Barradas, Felipe VII, hasta su muerte, se negó a reconocer la independencia. Su esposa, María Cristina, ocupó la regencia de la monarquía debido a que su hija Isabel II, futura monarca, tenía tres años. Con el apoyo de los liberales, María Cristina designó como cabeza del gabinete a Francisco Martínez de la Rosa, quien en 1834 estableció contactos oficiosos con los representantes de México en París y Londres, Lorenzo Zavala y Máximo Garro, respectivamente. Ello derivó el Tratado de Santa María Calatrava, firmado en 1836.

Esta aceptación de las independencias fue acompañada de cierta euforia panhispanista, que culpaba a Fernando VII y al absolutismo de haber provocado una ruptura entre los pueblos de habla hispana en ambos lados del Atlántico.

Los pensadores liberales españoles planteaban las independencias como un hecho consumado, pero bajo el argumento de que “los nuevos países independientes tenían una deuda moral con España, y bajo esa premisa volvió a posicionarse la idea de que por esa deuda van a poder negociar tratados ventajosos en los que se le dé preferencia al comercio español sobre otros gobiernos europeos.

“Pero el gobierno mexicano evidentemente no se avino a esto, sino que se abrió a los acuerdos con distintas naciones. Además, el gobierno mexicano fue cauto y lo consideró muy peligroso porque la exmetrópoli todavía no lo reconocía como país soberano, y en cualquier momento podía invadirle sin respetar los acuerdos internacionales, o podía haber una tercera potencia que atacara a México en nombre de la restauración del poder español o podría dar pie al surgimiento de un partido mexicano defensor de la causa española”, sostiene Escribano.

Por ello, la República Mexicana no le dio un trato preferencial a España ni le interesó pagar una deuda de guerra, como pretendía el viejo imperio.

El historiador señala que este optimismo inicial se reflejó en las actas de las Cortes de los días 1, 2 y 3 de diciembre de 1836, cuando el pleno aprobó el permiso al gobierno de España para que reconozca las independencias. “Hay cierta euforia en los diputados que hablan de las bondades del imperio español y tienen la idea de replicar con las naciones latinoamericanas la relación que Reino Unido mantenía con Estados Unidos, con una vida comercial muy provechosa. Pero no fue posible replicar lo mismo porque Reino Unido era entonces una potencia industrial y tenía una complementariedad económica con Estados Unidos, cosa que no sucedía entre España y las repúblicas latinoamericanas”, sostiene Escribano.

La conspiración

Sin embargo, muy pronto México mostró signos de inestabilidad muy fuerte. Poco tiempo después perdió territorios como Texas. Y a España le empezó a inquietar la expansión de Estados Unidos. Para entonces ya peligraba Puerto Rico. En periódicos de la península como El Español y El Heraldo y en algunos ministerios se empezó a flirtear otra vez con la idea de intervenir en México para poder instalar una monarquía constitucional con un Borbón en el trono. Esto alimentó una reinterpretación de la independencia, planteándola como un fracaso y lanzando la idea de que si se hubiera pactado la creación de una monarquía constitucional, México sería un país más estable.

“Desde el gabinete de Ramón María Narváez, el gran líder del conservadurismo liberal español, y con Francisco Martínez de la Rosa, se nutrió de ese discurso, y es cuando se organizó la conspiración con el general Mariano Paredes y Arrillaga. A este militar el presidente de México, José Joaquín Herrera, le encomiendó la defensa del país en la guerra contra Estados Unidos, en 1845. Pero el general traicionó las órdenes y desde San Luis Potosí regresó a la capital mexicana para derrocar al presidente Herrera, y tomar posesión. En la conspiración participaron Lucas Alamán y el embajador de España, Salvador Bermúdez de Castro”, explica el entrevistado.

La operación contemplaba que este general mexicano –un convencido de que para salvar a México se requería una monarquía con un soberano español–, como presidente interino, emitiría el pronunciamiento y decretaría el nombramiento como rey en México al Infante Enrique Borbón, quien incluso ya se había desplazado a Cuba, y ahí esperaba la concreción del plan.

Sin embargo, el objetivo se frustró por la invasión de Estados Unidos a México.

En España el sueño de establecer nuevamente un rey constitucional en México se mantuvo de forma recurrente en los cincuenta y sesenta del siglo XIX, como una medida para regenerar el poder del imperio español y para crear un eje transatlántico de dos grandes monarquías de habla hispana que recuperase la ascendencia del mundo hispano frente al mundo anglosajón.

Cuba y los temores recíprocos

En estos vaivenes geoestratégicos entre España y México, Cuba jugó un papel muy importante, ya que se mantuvo como una posesión fundamental del imperio español en el Golfo de México. México temía un intento de reconquista desde la isla, mientras que el emperador Felipe VII mostró su preocupación permanente de que Colombia o México pudieran invadirla, sostiene Escribano.

“Entonces el monarca aprobó una reforma en el gobierno que le dio poderes excepcionales a los capitanes territoriales de Cuba, a todas luces un poder dictatorial. Esa reforma se quedó durante todo el siglo XIX justificada por la inseguridad política que le rodea y por el hecho de que México era una amenaza”, añade.

En 1840 está claro que México no era una amenaza y, en cambio, lo fue Estados Unidos, que terminó interviniendo en la llamada “Guerra Necesaria”, con la que los cubanos se liberaron del imperio español gracias a la intervención estadunidense.

Sin embargo, en el largo proceso que vivió la emancipación de México respecto de España, en especial entre 1808 y 1821, se alimentó un sentimiento de hispanofobia, mientras que en la península creció una imagen despreciativa del mexicano, como ese populacho ignorante.

Escribano explica que es un proceso complejo, porque “en México hay una serie de crisis que golpean muy fuerte a la población y desde la metrópoli hay insensibilidad al impedir que haya una liberalización comercial en momentos de mucho estancamiento económico. Es muy claro en 1808, cuando se genera mucha ira contra la élite empresarial que había surgido en el siglo XVIII y que eran inmigrantes peninsulares recientes”.

Otro hecho que también alimentó la hispanofobia en la Nueva España ocurrió en 1808 cuando las élites de la Ciudad de México, principalmente miembros del consulado de comerciantes –había mexicanos, pero la mayoría eran empresarios españoles peninsulares– se opusieron al reclamo del virrey José de Iturrigaray para que a la Nueva España se le diera el mismo trato que cada ciudad y provincia de España, a donde se regresó el poder cuando Felipe VII abdicó, prácticamente secuestrado por Napoleón, y hubo una cefalea en el imperio.

“Esa postura intrusiva de las élites muy comprometidas con el sistema imperial en clave de favorecer a la metrópoli, alimentó mucho la hispanofobia. En este caso no creo que responda a un conflicto nacionalista o racial, sino a una disputa de intereses entre élites interesadas en mantener el sistema imperial, tanto de nacidos en España como en México”, sostiene.

Asimismo, explica que esa “falta de acuerdo entre España y el virreinato produjo también una imagen de mucho desprecio del mexicano en España, no sólo a lo largo de la crisis, sino que se fue consolidando en los años 1820 y 1830, al referirse muy despectivamente al populacho y a exaltar que es un país sumido en la anarquía y en la violencia”, explica Escribano.

Concluye que estas efemérides son momento muy oportuno para ver estos episodios históricos no sólo desde México y España ni sólo desde las periferias, sino “para ampliar la mirada y pensar en perspectiva”.

 

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