Nacional

El "ángel filantrópico"

Jesús Silva-Herzog presenta La casa de la contradicción, donde analiza lo que ha representado "el lopezobradorismo, un ataque frontal a la arquitectura institucional de la República: demolición. Es difícil encontrar un espacio que se haya mantenido al margen de la embestida".
jueves, 30 de septiembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Jesús Silva-Herzog Márquez define la democracia como “un régimen de contradicción”, en el que son posibles la diversidad, la discrepancia y los acuerdos. Sin embargo, la alternancia desembocó en un gobierno hiperpresidencialista empeñado en repartir dinero como un “ángel filantrópico” y en embestir instituciones y órganos autónomos. Para el ensayista, tal es el resultado del rechazo de la contradicción y la destrucción del sistema de partidos a partir de la elección de 2018. Con la autorización del autor y de la editorial, se reproduce un extracto del libro La casa de la contradicción, que ya circula en librerías bajo el sello Taurus.

El proyecto del lopezobradorismo no supone una simple erosión de las instituciones. Hablamos de erosión cuando contemplamos un desgaste lento de las piedras o de la tierra. La fricción constante del viento o la terquedad del agua carcome poco a poco las rocas y los suelos. Así trabaja la lima de la erosión. Lo que ha representado el lopezobradorismo es un ataque frontal a la arquitectura institucional de la República: demolición. Es difícil encontrar un espacio que se haya mantenido al margen de la embestida. Los órganos de la neutralidad, las cápsulas técnicas, los centros de investigación, los cuerpos regulatorios no solamente reciben la agresión retórica del presidente, sino el impacto de sus decisiones. La democracia unificada en la que cree se horroriza con la compleja polifonía que entrelaza voces, argumentos, perspectivas, ritmos. El populismo es un proyecto de simplificación democrática que se traza como objetivo el desmantelamiento de la complejidad.

No idealizo el pasado reciente. Sé muy bien que muchas de esas instituciones de la transición fueron capturadas, que se sometieron al trueque de las cuotas, que permitieron innumerables abusos y derroches. Pero eran el germen de una administración profesional, el semillero de cuadros técnicos de gran competencia. Mucho invirtió, en todos sentidos, el Estado mexicano en esta ruta de profesionalización que prefiguraba un diálogo constitucional útil y prudente, una cimentación de racionalidad. Llegó a formar un patrimonio público invaluable. Pero para la nueva administración estos cuadros son un fastidio. En su democracia no hay lugar para intermediarios, no tiene sentido configurar neutralidades, ni es en realidad valiosa la razón técnica.

La aplanadora del nuevo hiperpresidencialismo no solamente atropella el pluralismo institucional. También arrasa con la deliberación. Lo que importa es la voluntad del señor presidente: sus compromisos de campaña, sus anhelos. Nada que vaya en contra de los deseos del presidente tiene valor. Ningún estudio técnico que se aparte del dictado presidencial merece ser tomado en cuenta. Si alguien osa insinuar la inviabilidad de los caprichos del jefe, tendrá los días contados.

El Estado le parece al presidente una máquina fría y distante. Un inmoral concentrado de violencia, un aparato encadenado a procedimientos enredadísimos que entorpecen su actuación y enriquecen a los pillos; un artefacto sometido a formalismos que retrasan cualquier intervención eficaz y que absorben los recursos que deberían destinarse a otras causas.

De esa persuasión viene el más furioso recorte burocrático en la historia reciente del país. Con furia thatcheriana, el gobierno emprendió la purga de una burocracia que considera mimada y superflua.

No se trata de recrear instituciones, de formalizar proyectos, de supervisar programas, de estructurar servicios públicos estables, sino de becar. Esa es la filosofía: subvenciones directas que eximan al Estado de cualquier responsabilidad de gestión y de vigilancia. Apoyos directos para evadir las perversas intermediaciones. Una política de la que Milton Friedman estaría orgulloso.

Si Octavio Paz describió al Estado mexicano posrevolucionario como un ogro filantrópico, el lopezobradorismo pretende remplazarlo con un ángel. No un Leviatán metálico y frío, sino un príncipe benigno y omnipresente. Esa es la idea que se esconde detrás de la nueva política social: un ángel filantrópico. Frente al Estado benefactor, la presidencia compasiva.

Fiscalmente reaganiano, el nuevo gobierno prefiere la amputación administrativa a la reforma. Para financiar sus programas predilectos, el gobierno opta por estrangular a la administración antes que considerar un cambio en los impuestos. Voluntarismo que está más cerca del pensamiento mágico que de la operación de un Estado planificador. Antes que realizar un estudio de impacto ambiental, el gobierno pide permiso a la madre tierra para atravesar la selva con un tren.

El desinterés en las capacidades del Estado no se basa en las supuestas bondades del mercado, sino en la superioridad de una voluntad intachable y en la nobleza de un pueblo virtuoso. Por eso percibía una veta anticardenista en el nuevo presidencialismo: una embestida contra la regularidad institucional del poder, contra las palancas de una eficacia perdurable, contra la racionalidad administrativa, contra la corpulencia fiscal. La presidencia para Andrés Manuel López Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama Cuarta Transformación es eso: una bonita mezcla de sermones y transferencias.

u u u

La elección del 2018 destruyó el sistema de partidos. Tres partidos con ambiciones presidenciales que ofrecían guía para descifrar la controversia del poder. Un partido de centro izquierda, un partido de centro derecha y, en medio, un partido acomodaticio, de indefinición extrema. Subrayo esta característica de los partidos porque además de ser bancos de confianza, proveedores de candidaturas, máquinas de organización y palancas de gobernabilidad democrática, los partidos son eso: instrumentos de orientación. Eso es lo que quedó hecho añicos en la elección del 2018.

El partido que ganó las elecciones presidenciales en su primer intento se resiste a serlo desde el guadalupanismo de su nombre. Morena pretende ser las dos cosas, movimiento y partido, pero no resulta claro que pueda compaginarse la efervescencia del movimiento con la organicidad de un partido. Morena es un partido disruptivo en muchos sentidos. Lo es, desde luego, por su programa de refundación, pero sobre todo por su carácter personalista. Morena es el partido de su fundador. Recibió millones de votos, tendrá millones de simpatizantes y militantes, pero es el partido de Andrés Manuel López Obrador. Una criatura suya hecha para él mismo. No digo que, tras conquistar la Presidencia, el fundador se encargue de tomar todas las decisiones relevantes del partido. Por el contrario, mira con desdén a su criatura, al punto de que ha llegado a decir que podría abandonarlo. Lo que digo es que su carisma es el pegamento exclusivo del partido y que el ejercicio natural de sus militantes es el culto a la personalidad.

Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de la legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. Pero aun un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que cuestione, que critique, que exhiba; una oposición que se prepare para el relevo. El vacío de la oposición es por ello la señal más ominosa del presente.

En diciembre de 1977, Julio Scherer conversaba con Octavio Paz. El periodista invitaba al poeta a reconstruir su itinerario político. Caminaban juntos por cada una de las estaciones de su vida. Al llegar al presente, Paz no encontraba muchos motivos para el optimismo. “No veo el porvenir de México”, decía. La derecha era una clase “acomodaticia y oportunista”. Y la izquierda, “murmuradora y retobona”, pensaba poco y discutía mucho. Paz se hacía entonces una pregunta que no se hacían los politólogos: “¿por qué no hay partidos políticos en México?”. Si hubiera partidos en el país, decía, Reyes Heroles no habría tenido necesidad de inventar la reforma política. Hoy deberíamos hacernos otras preguntas: ¿Por qué desaparecieron los partidos? ¿Por qué tuvieron tan corta vida? ¿Por qué no echaron raíces? ¿Por qué reaparece en el siglo XXI el personalismo como criterio de identidad política y se esfuman las brújulas de partido?

 El PRI desaprovechó su presencia nacional y no pudo mostrar ejemplos de gobiernos íntegros y exitosos. Acción Nacional hizo de su éxito una derrota cultural. El PRD, instalado en el bastión más importante de la República, no logró ampliar su base ni pudo enfrentar el éxodo que vino con la salida de su dirigente más popular. En la corta vida de nuestros partidos se resume el fracaso de la democracia mexicana.

 ¿Exagero? Los partidos podrían recomponerse, alimentados por la necesidad orgánica de una pluralidad que necesita órganos de la competencia. Pero la crisis que atraviesan es la más profunda de su historia. Dieron, sin lugar a dudas, vida al régimen de la transición. Fueron abrigados por las leyes y mimados con el presupuesto. Ocuparon el espacio de las instituciones, se instalaron en los congresos, se relevaron en las oficinas gubernamentales. Y en la elección del 2018 fueron prácticamente borrados del mapa.

No hay asunto tan relevante para la política mexicana contemporánea como ese: perdimos las brújulas, los contrapesos, las reglas, los correctivos, las advertencias que se alojan en esas instituciones tan antipáticas. Frente al motor de la Presidencia de la República no hay nada. No hay un partido en el gobierno que construya una nueva institucionalidad, que cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una organización dedicada a descifrar la infinita sabiduría del guía y a recitar su padrenuestro.

En el escenario no hay tampoco oposiciones que vigilen con atención la marcha del gobierno y denuncien sus desvaríos. No hay quien debata, exhiba o exija en el Congreso. Y no hablo solamente del debilitamiento numérico de los partidos tradicionales. Hablo, sobre todo, de su desorientación, de su incapacidad para entender la sacudida del 18.

Acción Nacional no levanta cara porque, desde el momento en que ganó la Presidencia, no sabe qué quiere. Fue víctima de su victoria y desde el 2000 no encuentra su sitio. Primero fue ignorado por Fox, luego humillado por Calderón. Se subió después al carro del peñismo y quedó tiznado por aquella alianza. Su apuesta del 18 terminó por borrar lo que quedaba de su identidad ideológica. El PAN, ese partido que habría de ejercer naturalmente la oposición, no es nada. El PRI no es siquiera una oposición confundida y callada. Del PRD no creo que valga decir ni esta palabra.

Ninguno de los partidos del trípode entendió su responsabilidad en la construcción del pluralismo democrático. Ninguno de ellos asumió su deber desde el gobierno ni desde la oposición. Los partidos no se tomaron en serio como instituciones, no cuidaron sus reglas, no alentaron el debate interior, no cultivaron liderazgos públicos. Fueron presa de sus camarillas y sus cacicazgos; se dedicaron a la trampa. Y nos hacen falta.

El vacío de la oposición es una de las marcas más preocupantes de la nueva política. El problema no es la aparición de un gobierno mayoritario. No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No se escucha la voz de las oposiciones y, si aparece de pronto, resulta irrelevante.

La derrota del 18 no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de supervivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿Cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Comentarios