La prueba de la democracia

martes, 19 de octubre de 2010

1. 

El expresidente Salinas de Gortari ha emergido de sus reuniones políticas discretas, en pequeño comité, para anunciar en un foro público que el PRI regresa a la Presidencia. Con esa peculiar facilidad para confundir el propio bien con el bien del país, lo ha enunciado así: 

“Si la prueba de la democracia es la alternancia, bienvenida en el 2012.”

Es inexacto. La prueba de nuestra democracia fue la alternancia. El reto ahora es otro, es convertir a la democracia en productiva. 

 

2.

 

El reto que movilizó a las masas en la Revolución Mexicana fue tan humilde que conmueve: sufragio efectivo, no reelección. Algo tan simple como que los votos contaran y en el poder no se perpetuara un solo hombre, Porfirio Díaz. 

El compromiso que fundó al PNR, precursor del PRI, fue el compromiso entre una dictadura y una verdadera democracia. El presidente en turno era un dictador con sólo un límite, el tiempo. Cada cuatro años primero, luego cada seis años, el presidente debía señalar a su sucesor y retirarse de la vida pública. 

Tiene su gracia que el PRI se apenara del mecanismo de sucesión que había inventado. Los soviéticos se vanagloriaban de que el Partido Comunista fuese el único partido en la URSS. Castro en Cuba no ha permitido que ningún zoquete que no lleve su apellido pretenda tener un poder equivalente al suyo. En cambio, el pudoroso PRI se apenó siempre de ser una dictadura sui géneris.  

De ese pudor nació toda una cultura priista de la mentira. Una forma de hablar sin nombrar, de nombrar aludiendo, y una manera de convivencia hecha de cien mil simulaciones. Entre ellas, la más graciosa: las elecciones sexenales. 

El país se convertía cada seis años en una kermés. Banderitas, banderolas, cachuchas tricolores. Lluvias de confeti. Multitudes acarreadas para clamar en cada plaza de cada población su apoyo a un candidato priista que en realidad había sido elegido en una oficina por el presidente saliente. 

Nadie dudó de la legitimidad de la forma priista de gobernar hasta 1968, cuando la masacre de 500 estudiantes bañó de sangre la Plaza de las Tres Culturas. La afirmación es de Octavio Paz. De esa sangre derramada surgió el anhelo de una generación por una democracia verdadera. Una democracia sin adjetivos. La expresión es de Enrique Krauze. 

Treinta años tardó en construirse el andamiaje de instituciones que llevaran a una primera elección no sólo verdadera, sino equitativa. Así, trabajosamente, sucedió la alternancia en México en el año 2000.

 

3.

 

Ahora las elecciones son de verdad. Los candidatos de verdad contienden. Los candidatos airean los yerros de sus adversarios. Como debe ser en una democracia. Y como debe ser en una democracia, los candidatos ofertan sus proyectos de país. 

El PAN ha sabido hacer esto mejor que el PRI y que la izquierda. Los panistas han contratado publicistas expertos. Los publicistas han realizado encuestas de opinión. Si la opinión mayoritaria fue en el 2000 que los mexicanos ansiamos que la economía crezca, Vicente Fox prometió que crecería 7.5%. Si la opinión mayoritaria en el 2006 fue que empleos dignos urgían, Felipe Calderón lo prometió: “Seré el presidente del empleo”, dijo. 

Luego, Vicente Fox no hizo algo especial para que la economía creciera. Luego, Felipe Calderón no multiplicó los empleos, construyendo grandes obras de infraestructura, como había prometido, ni creando las circunstancias para que la empresa privada abriera sus puertas a más empleados, como también prometió en campaña, ni abriéndole al empresariado el camino de la globalización, como igual prometió en campaña. 

“No se pudo. Los otros partidos hundieron cada una de nuestras iniciativas. Nos golpeó la recesión estadunidense. Llegó un huracán. Hubo una epidemia. Entrando a la Presidencia me di cuenta de que más bien debía lanzar una guerra. Se me perdió el proyecto de país. Perdón, ¿cuál era?” 

El mecanismo de la alternancia está funcionando desde el año 2000. Se llama: elecciones. La prueba que ahora debe remontar nuestra democracia, antes de que la sociedad civil pierda toda esperanza, es demostrar que la democracia puede ser productiva. 

Este análisis se publica en la edición 1772, actualmente en circulación.

 

 

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