Elecciones y vecinos en conflicto

domingo, 3 de octubre de 2010

MÉXICO, D.F., 3 de octubre.- Los ciclos electorales en México y Estados Unidos han tenido un efecto negativo sobre la conducción del diálogo gubernamental entre los dos países. En ocasiones lo han diferido; en otras han exagerado la dimensión y consecuencias de ciertos problemas; en otras han propiciado que un eslogan fácil sustituya la reflexión seria. Tales observaciones vienen al caso cuando se trata de entender las diversas circunstancias que, en mayor o menor grado, han contribuido a llegar al último tramo del gobierno de Felipe Calderón en medio de malentendidos con Estados Unidos. 

En los primeros meses que siguieron a la llegada al poder de Calderón la situación en Estados Unidos estuvo caracterizada por un debilitamiento anticipado de la figura presidencial. Bush fue lo que se llama un lame duck desde comienzos de 2007. La caída de su popularidad fue vertiginosa; los funcionarios de mayor confianza comenzaron a abandonar sus puestos en el gabinete; la mayoría demócrata en el Congreso ejerció suficiente presión para que renunciara el fiscal general, conocido por su cercanía con Bush; los medios de comunicación se comportaron como si se estuviera ya en periodo electoral; las noticias más visibles se referían a quienes aspiraban a ser candidatos, sus posibilidades, aciertos y debilidades, mientras la imagen del presidente se iba diluyendo.

Esa situación contribuye a explicar la ausencia que, desde sus primeros momentos, tuvo el tema de la relación con Estados Unidos en la política exterior de Calderón. Era comprensible que no hubiese interés en fijar grandes líneas de política con quien, al parecer, estaba ya dejando el poder. El problema fue que, de hecho, faltaban casi dos años para que Bush abandonara la presidencia, y fue con su administración, sin que se hubiesen trazado las grandes líneas de la relación que se quería establecer, que se pusieron en marcha las negociaciones para la Iniciativa Mérida, el acuerdo en materia de seguridad que ha dado el tono a la relación México-Estados Unidos durante los últimos cuatro años. 

Los resultados de las elecciones del 2008 dieron un vuelco histórico a la vida política en Estados Unidos. El nuevo presidente llegó en medio de una gravísima recesión económica que recordó a muchos los momentos de la Gran Depresión. De inmediato debió tomar decisiones, necesariamente polémicas, para reanimar la economía, lo que, aunado a dos guerras en el frente externo, auguraba un periodo de luchas y tensiones internas muy difíciles.

Era obvio que las relaciones con México no eran prioridad. Tocaba al gobierno mexicano conducir una diplomacia agresiva para llamar la atención sobre la necesidad de hacer de las relaciones con el vecino del sur –importante socio comercial, origen de millones de trabajadores que laboran en Estados Unidos, territorio estratégico para la seguridad de América del Norte– una parte esencial de los proyectos para la recuperación económica y la estabilidad a largo plazo de esta parte del mundo. Esa diplomacia no tuvo lugar; en este espacio hemos discutido en diversas ocasiones los motivos y errores que explican esa ausencia.  

En todo caso, a dos años de haberse iniciado la presidencia de Barack Obama, van a tener lugar en Estados Unidos las elecciones intermedias, las cuales impactan negativamente la relación con México. Dichas elecciones, en las que se elige a varios gobernadores, el total de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, ocurren en un ambiente de hostilidad y polarización pocas veces visto en la historia reciente de Estados Unidos.

Allí está, en primer lugar, la irritación contra Obama. No sólo debido a que es el primer presidente afroamericano, lo cual no perdonan los grupos más retrógrados de los estados del sur y medio oeste, sino a su ideario político, al que se oponen fervientemente todos los republicanos. 

Lo lento de la recuperación económica, que sigue dejando sin resolver el problema del desempleo, da los argumentos para criticar una política económica que no produce los resultados esperados, y, según el punto de vista conservador, ha introducido una indeseable participación del gobierno en la economía, así como tendencias “socializantes” provenientes de un presidente al que acusan de “comunista”. Otras acusaciones, exageradas por los medios de comunicación, se refieren a las dudas sobre su lugar de nacimiento y sobre su pertenencia a la religión musulmana.

Tal es el ambiente que sirve de telón de fondo al descontento y las acusaciones, cuya intensidad no se había visto anteriormente, en contra de los trabajadores indocumentados. El llamado a establecer mayor control sobre la frontera, detener la migración e impedir que la violencia del lado mexicano cruce a Estados Unidos es, en estos momentos, tema central de las campañas electorales. Se puede afirmar que ningún candidato puede arriesgarse a estar abiertamente en contra de tales demandas; hacerlo supondría poner en peligro su elección. 

Es probable que los sentimientos antimexicanos desaparezcan o disminuyan notablemente al terminar las elecciones. Para entonces, el problema será que comienza el proceso electoral en México. Al igual que ocurrió con Bush hace tres años, el presidente Calderón empieza a ser un lame duck cuyas acciones son vistas y valoradas en función de lo que ocurra en 2012. 

En el ambiente preelectoral mexicano, la relación con Estados Unidos puede olvidarse o ser utilizada para subir el atractivo de los candidatos. Ponerse defensivo o ser antiyanqui ha sido hasta ahora más benéfico políticamente que hacer análisis sobre la relación que sería deseable construir entre los dos países a largo plazo. Así, los ciclos electorales, aquí y allá, pueden ahondar el distanciamiento y profundizar los malentendidos para seguir siendo vecinos en conflicto.

 

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