El nocaut a Ivonne Ortega

martes, 23 de febrero de 2010 · 01:00

MÉXICO, D.F., 23 de febrero (apro).- Una dura lección recibió la noche del 20 de febrero la gobernadora yucateca Ivonne Ortega Pacheco, alumna aventajada del “modelo Peña Nieto”. Un modelo que utiliza intensamente el presupuesto para promocionar la figura del gobernante y confunde la política con el espectáculo mediático.

Ese día la joven mandataria priista preparaba su noche estelar. Horas antes se encontró con el propio Enrique Peña Nieto en la celebración de un bautizo en una de las exhaciendas henequeneras yucatecas. Seguramente no sólo fueron a apadrinar, sino también a discutir los “apoyos” para que el PRI recupere Mérida en los próximos comicios de mayo.

Después de encontrarse con su alter ego, Ortega Pacheco fue al Polifórum Zamná. Ahí se realizó la función boxística entre Guty Espadas Jr. y Elio Rojas. Ocho mil asistentes se congregaron en el “magno evento” que sirvió de pretexto para congregar a viejas glorias pugilísticas yucatecas y nacionales como Miguel Canto, Juanito Herrera, Pipino Cuevas, Ricardo Finito López, así como magnates del boxeo como Don King y José Sulaimán.

La pelea fue transmitida por Televisa. Y Ortega Pacheco, tan amiga presupuestalmente hablando, del Canal de las Estrellas, se preparó para robarle protagonismo a los propios boxeadores. Las cámaras de Televisa la captaron varias veces mientras la gobernadora lanzaba gritos sobreactuados para animar al boxeador Espadas que recibía una tremenda paliza del campeón de peso pluma, Elio Rojas, varios años menor que su retador.

Lo que nunca transmitieron las cámaras de Televisa fue el impresionante abucheo que recibió la gobernadora de Yucatán, momentos antes del encontronazo.

Los sucesos fueron estos: antes de que iniciara la pelea, el maestro de ceremonias anunció la presencia de varios boxeadores en retiro. El más aplaudido fue Miguel Canto, considerado una gloria yucateca. Anunció a José Sulaimán, a Don King, a Guty Espadas y a Ivonne Ortega. En el momento que pronunció el nombre de la gobernadora, los aplausos se convirtieron en abucheos. Era imparable.

Los seguidores de la gobernadora quisieron acallar la rechifla con gritos de “¡Yucatán, Yucatán!”. La concurrencia reaccionó peor.

Casi al unísono le gritaron “¡Fuera!, ¡Fuera!” a la política que hace menos de tres años le arrebató el gobierno estatal al PAN.

Con el rostro descompuesto, la exalcaldesa de Dzemul, sobrina del Tatich Víctor Cervera, protegida de Arturo Montiel y promovida por Carlos Salinas de Gortari, se bajó del ring.

A cambio de la censura en las pantallas de Televisa, en el portal de Youtube, en la prensa local, especialmente en el Diario de Yucatán, y en todos los merenderos y comederos de la tierra peninsular no se deja de comentar el humillante suceso para una joven política que, más de una vez, ha confundido el tinglado con el atril, que cree que ser popular es bailar regaetton; que viaja en helicóptero para reunirse en la explanada de San Lázaro con Enrique Peña Nieto, que ha sido más que generosa con Televisa y TV Azteca, al grado de financiar telenovelas como Sortilegio, a cambio de aparecer como parte de la publicidad integrada en la trama de los melodramas…

La política del espectáculo le ha cobrado una dura lección a Ivonne Ortega. Diferente sería si su gobierno hubiera invertido más en obras públicas indispensables, en creación de empleos, en mejorar la educación, en cumplir sus promesas de sacar de la pobreza al campo yucateco y no en donaciones millonarias al Teletón; en eventos ostentosos como los conciertos en Chichén Itzá o en viajes suntuosos para promoverse como la futura coordinadora de la campaña nacional de Enrique Peña Nieto para el 2012.

El estruendoso grito de “¡Fuera!, ¡Fuera!” es la contra cara del “modelo Peña Nieto”. Podrán controlar las audiencias masivas a través de millonarios gastos en publicidad mediática no auditados.

Podrán confundir la política con una jarana permanente. Incluso, podrán hacerse todos los arreglos estéticos necesarios para salir bien en la pantalla. Pero no pueden engañar todo el tiempo, a todo el electorado, en todos los eventos.

El nocaut simbólico es tremendo. Un abucheo similar le sucedió al señor Agustín Carstens cuando quiso demostrar que, además de pésimo secretario de Hacienda, era un gran pitcher.

Abucheos de ese tamaño le endilgaron a Miguel de la Madrid en el estadio Azteca por su insensibilidad ante los sismos de 1985. Y gritos poco amigables recibió Peña Nieto en el Valle de Chalco, cuando quiso presumir sensibilidad ante el desastre ocasionado por las inundaciones. Felipe Calderón recibió el mismo en noviembre del año pasado durante la inauguración del estadio del equipo de futbol Santos.

Ojalá la lección haya sido aprendida. La política del espectáculo tiene sus límites. Y el uso y abuso del reality show siempre tiene un efecto bumerang.

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