Vicente Leñero, académico de la lengua

lunes, 15 de marzo de 2010 · 01:00

MÉXICO, D.F., 15 de marzo.- La Academia Mexicana de la Lengua ha elegido en sus sesiones recientes a dos lingüistas notables, miembros del claustro de la UNAM, especialistas en lenguas nacionales, es decir en las de las culturas originarias, especialmente el náhuatl: don Patrick Johansson y don Leopoldo Valiñas. Y el jueves 11 de marzo sus miembros convirtieron a don Vicente Leñero Otero en uno de los suyos.

El escritor nacido en Guadalajara el 9 de junio de 1933 ocupará la silla número 28, la que por un breve lapso –poco más de un año– fue de don Víctor Hugo Rascón Banda, que tomó posesión el 28 de junio de 2008 y falleció el 31 de julio del año pasado. Las plazas no se asignan con criterios gremiales, pero es una fortuna que los académicos elijan para ocupar el lugar de un dramaturgo a quien ha brillado también en ese espacio de la creación.

Pero, como todo el mundo sabe, porque sus lectores forman legión, Leñero ha roturado varios campos de la literatura y en todos ellos ha colocado simientes que fructificaron espléndidamente. Su aparición en el mundo de las letras ocurrió por medio del cuento, su floración internacional resultó de su segunda novela, y ha transitado con paso firme y metas claras por la escritura para teatro y los guiones cinematográficos. No puede dejarse de lado el trabajo periodístico del nuevo académico, no sólo por su calidad sino porque con frecuencia es difícil trazar la línea divisoria entre sus crónicas y reportajes y la creación que depende de la inventiva, de la imaginación.

Leñero ha unido a su talento una constancia que lo ha mantenido vigente durante medio siglo exactamente. La editorial Jus publicó su primer libro, La polvareda y otros cuentos, en 1959, y en 2009 Joaquín Mortiz puso a disposición del público Parábolas. El arte narrativo de Jesús de Nazaret. Mantiene un espacio permanente, “Lo que sea de cada quien”, en la Revista de la Universidad de México. Allí ha plasmado una suerte de género nuevo, del que ya nos había brindado atisbos pero que se evidenció en su penúltimo libro, Gente así. Se trata de una sugerente y exasperante combinación de elementos históricos, sucedidos reales, con ficción. No se trata, como lo hizo en Los periodistas y La gota de agua, por ejemplo, de recoger episodios de su propia vida y, en el primer caso, de un vasto entorno, estructurados y narrados de forma tal que resultan novelas. En sus últimos desarrollos es probable –nadie sino él podría decirlo claramente– que a los personajes, cuya existencia es comprobable porque han vivido públicamente o al menos se les puede identificar, actúan en circunstancias tan verosímiles que podrían ser reales o tan ajenas a la realidad que podrían ser inventadas, sin que la perspicacia de los lectores atinen a saber de qué se trata. Lo que además no importa.

La elaboración de esa nueva forma del relato resulta de la permanente curiosidad literaria de Leñero, una suerte de insatisfacción incurable con una obra que colmaría a espíritus menos exigentes. Varias de sus obras han sido transcritas, rescritas, metamorfoseadas. La voz adolorida, su primera novela, que es el monólogo de un desequilibrado, se transformó años después en A fuerza de palabras. Nacida como novela, Los albañiles fue después pieza de teatro y película. La carpa se hizo después Estudio Q (donde aparece otra esfera que Leñero ha habitado, la televisión). El garabato fue primero narración y después película (que, cosa rara, el autor de estas líneas nunca vio, a diferencia del resto de su copiosa producción).

Ingeniero civil por la UNAM, Leñero estudió también periodismo en la escuela Carlos Septién García. Ese oficio ha sido central en su vida, no sólo como practicante sino como surtidor de personajes y situaciones de su obra. Reportero y director en la revista Claudia, dirigió también Revista de Revistas en la casa Excélsior. A su salida de esa cooperativa fue editor y subdirector del semanario Proceso, al que insufló su propio estilo, su propio espíritu en la mancuerna profesional y vital que ha formado con Julio Scherer García.

Los periodistas, tal vez la más leída de sus obras, cuyas muchas ediciones fueron coronadas con una conmemorativa de los 30 años de su aparición –ornada con un prólogo de Carmen Aristegui– es un sorprendente registro, pormenorizado y las más de las veces rigurosamente fiel –o por lo menos coincidente en gran medida con otras versiones no escritas de los mismos acontecimientos– de la vida en Excélsior en los años setenta, hasta la expulsión de Scherer y sus compañeros en julio de 1976. Se refiere allí, asimismo, la aparición de Proceso. Obra prodigiosa del arte periodístico es su libro Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz.

Formado en la tradición y la cultura católica de una familia tapatía radicada después en San Pedro de los Pinos en el Distrito Federal, Leñero profesa, en el sentido estricto de la expresión, el catolicismo. No es, por supuesto, un propagandista de su fe. No podría serlo porque, como cuadra a su conciencia permanentemente inquisitiva del mundo exterior, está en constante revisión de sus creencias y por lo tanto en permanente tensión con la Iglesia, a cuyos dignatarios critica. En su obra en general se aprecia el debate que en espíritus sinceros producen temas como la gracia, el apego a las normas, la traición a los principios. Sólo un católico de fe acrisolada pero no cristalizada podría haber escrito el guión de El crimen del padre Amaro. Sólo Leñero pudo llevar a escena Pueblo rechazado, en la vertiente de teatro documental que si no fue creada por él a través de su pluma alcanzó momentos estelares, en que, como en Redil de ovejas, expresa las contradicciones entre la fe y la religión institucionalizada. Su combativa devoción a Cristo se ha manifestado en El Evangelio de Lucas Gavilán, Jesuscristo Gómez y ahora Parábolas, que son las de los evangelios escritas para ser comprendidas por los lectores de hoy, como literatura y como texto religioso.

En su doble condición de hombre de fe singular y periodista ha sido capaz de trocar reverencia por rabia, como lo relata en el más reciente de sus escritos, la entrega de marzo de “Lo que sea de cada quien” en la Revista de la Universidad de México. Cuenta allí que quiso escribir una biografía de don Sergio Méndez Arceo, el formidable obispo de Cuernavaca, a quien tanto quisieron Vicente mismo y su esposa Estela Franco cuya presencia tenue impregna el trabajo de Leñero. Contendía con Luis Suárez, el famoso reportero de la revista Siempre!, también próximo a don Sergio, por esa oportunidad literaria y espiritual. A ninguno de los dos concedió el señor obispo ese privilegio, sino a una periodista chilena, Gabriela Vidales, por quien Leñero se enteró del hecho en un telefonema:

“Colgué furioso el teléfono y furioso continuaba cuando me topé un jueves con don Sergio que había ido de visita a Proceso.

–¡Cómo me pudo hacer eso! –le grité en presencia de Julio Scherer–. ¡Me traicionó vilmente! ¡Me traicionó!

El obispo trató de explicar que aquella mujer había estado reuniendo material.

No lo dejé terminar la frase.

–¿Sabe qué, don Sergio?, ¡váyase mucho a la chingada!...–. Y me largué dejando atrás el azoro de Julio y del propio obispo.

El ex abrupto había resultado más que excesivo –lo reconocí después– y sólo gracias a las mediaciones de Estela logré reconciliarme poco a poco con él.”