El abad "H"

miércoles, 24 de marzo de 2010

MÉXICO, D.F., 24 de marzo (apro).- Muchos católicos y laicos se levantaron el domingo pasado con la esperanza de que el Papa Benedicto XVI mostrara, por fin, un acto de constricción y abriera a la crítica y a la ley de los mortales las ajadas puertas de la Iglesia católica por los casos de pederastia que se han presentado entre sacerdotes en varios países, México entre ellos.

    Sin embargo, nada de eso ocurrió y, como lo ha hecho por siglos la Iglesia, se encerró una vez más sin importar el descrédito, la desilusión y la desesperanza que provoca mantener sin castigo a quienes han abusado en contra de niños y niñas, usando la sotana y la religión.

    La Curia Romana sigue pensando que como supuestos representantes del dios católico, los sacerdotes difícilmente pueden ser juzgados por sus delitos carnales en los tribunales propios o en los judiciales, en países donde desde hace 70 años se han presentado casos de pedofilia, como Estados Unidos, Australia, España, Inglaterra, Irlanda, Canadá, México y algunos más de Latinoamérica y Europa.

    El asunto no es nuevo si se observan las leyes del Derecho Canónico, que desde el siglo XVII ya preveían hasta con la expulsión el castigo a los sacerdotes que fueran descubiertos en casos de abuso sexual a menores de edad.

    De hecho, en 1983 El Vaticano promulgó una revisión al Código de Derecho Canónico que incluía un canon (1395, 2) que explícitamente nombraba el sexo con menores, por parte de clérigos, como un crimen canónico. Ocho años después se revisó el documento, en línea con el Código de Derecho Canónico de 1983 y el Código de Cánones para las Iglesias Orientales de 1990, y fue promulgado.     

    Las leyes canónicas y las judiciales propias de cada país castigan severamente la pedofilia o pederastia, y ante casos muy claros como el de Marcial Maciel en México o en Irlanda, no basta con que se reconozca “los errores cometidos” en el pasado o que Joseph Ratzinger señale que es una “grave situación” o bien que manifieste que está “profundamente perturbado”.

Ni siquiera es suficiente realizar una auditoria si no hay castigo contra estos sacerdotes.

    En su carta del domingo pasado, el papa Benedicto XVI dijo que estaba “verdaderamente apenado” por los casos de pederastia en Irlanda, e incluso lanzó la idea de cooperar con las autoridades civiles para castigar a los responsables y salvaguardar a los niños.

    El problema es que la reacción del Papa es tardía, pues son miles los casos de abuso a menores por parte de sacerdotes católicos que desde 1950 fueron protegidos por la propia Iglesia, que además los trasladaba a iglesias de otros países sin que hubiera castigo de por medio.

    Así lo hizo el mismo Ratzinger cuando era arzobispo de Munich y Freising, Alemania, entre 1977 y 1982, tiempo en que solapó en su arquidiócesis a un sacerdote condenado por la justicia alemana por abuso de menores.

    El diario alemán Süddeutsche Zeitung reveló que el propio papa Benedicto XVI protegió a un sacerdote al que llamaron “Abad H”, a petición del obispado de Essen, en enero de 1980.

    Según revelaron las propias autoridades católicas en Alemania, Ratzinger no dudó en conceder alojamiento al abad en una parroquia, a fin de que se sometiera a terapia.

    Sin embargo, el “Abad H” volvió a cometer abusos luego de que fue reasignado a labores pastorales, hasta que en 1986 un tribunal de Alta Baviera lo condenó por pederastia a 18 meses de cárcel —aunque con suspensión— y una multa de 4 mil francos.

    Aunque el vicario Garghard Gruber se responsabilizó del regreso a las labores pastorales del “Abad H”, fue claro que Joseph Ratzinger participó en la toma de decisiones y, por lo mismo, es responsable también de la pederastia que hubo por parte del sacerdote católico.

    La carta emitida el domingo pasado en El Vaticano se limitó al caso de Irlanda, país donde, según una investigación eclesiástica que duró una década, 25 mil niños fueron víctimas potenciales de la pedofilia y la violencia de 400 religiosas y sacerdotes católicos, así como un centenar de seglares.

    La misiva papal es taxativa, se queda en lo inmediato y no va al fondo de un problema que es mundial y que ha afectado y sigue afectando a miles de niños, principalmente católicos.

    Por ejemplo, un caso relevante fue el de Estados Unidos, según un informe de la BBC de 2004, donde el problema de la pedofilia en los últimos 50 años alcanzaba a 4% del clero católico, es decir unos 4 mil 962 sacerdotes implicados en abusos sexuales contra 10 mil 667 menores.

    Ratzinger tuvo en sus manos la oportunidad histórica de reconocer un problema secular y plantear no sólo uno, sino muchos actos de justicia para quienes han sido víctimas de uno de los peores pecados de la humanidad, para que ya no se repitan más historias como el del “Abad H”, pero no lo hizo.

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