La ceguera apocalíptica

martes, 6 de abril de 2010 · 01:00

MÉXICO, D.F., 6 de abril.- A pesar de las grandes tragedias que se ciernen sobre el planeta, como por ejemplo el cambio climático, y de saber que junto con el aumento de los tsunami, el hoyo de ozono, la desertificación y el derretimiento de los polos, en menos de 50 años tendremos que evacuar a 60 millones de personas asentadas en las costas y en las zonas árticas, en todas partes se impone la misma constante: el conocimiento de estas catástrofes y amenazas no incita a nadie a actuar. 

A pesar de las cumbres internacionales, gobiernos y ciudadanos no hacemos en realidad nada. Lejos de disminuir el consumo de la energía, día con día no sólo encendemos nuestros automóviles y aparatos, sino que los gobiernos, particularmente en México, incitan, en nombre del Mercado y de la necesidad, a su constante consumo, abriendo más carreteras, construyendo segundos pisos, incentivando el desarrollo de la industria automotriz y energética, y creando una vida cada vez más pendular y necesitada de prótesis.

La razón de esta ceguera –que podría extenderse a cualesquiera de las locas carreras modernas por generar y usar tecnologías de punta– habría que encontrarla, como señala Jean-Pierre Dupuy, en lo que Iván Illich llamó la “contraproductividad”, es decir, en la violencia que producen las herramientas cuando al sobrepasar ciertos umbrales críticos de desarrollo se vuelven contrarias a sus fines o, para hablar de un filósofo de la desdicha, Günther Anders, en el “desfasamiento” que hay entre nuestra capacidad de producir, de fabricar, de realizar, de crear y nuestra capacidad o, mejor, nuestra incapacidad de representarnos, concebir, imaginar los productos y los efectos de nuestras fabricaciones. “Los objetos que estamos habituados a producir con ayuda de una técnica imposible de refrenar y los efectos que somos capaces de desencadenar son tan gigantescos y aplastantes  –escribe en su carta abierta al hijo de Adolf Eichmann– que, sin hablar de identificarlos como nuestros, ya no podemos concebirlos (...) Entre nuestra capacidad de fabricación y nuestra capacidad de representación, una fosa se ha abierto, que día con día se hace más grande”.

Aunque al escribir esto Anders pensaba en Hiroshima, Nagasaki y la Shoah –las tres grandes catástrofes morales del siglo XX–, abría también –cosa que hizo después– la posibilidad de pensar en las grandes catástrofes que estamos generando con el uso de nuestras técnicas puestas al servicio del bienestar y de la paz. 

Entre unas y otras hay relaciones profundas. ¿Por qué Eichmann, durante su juicio en Jerusalén, no pudo relacionar el diseño que hizo en su oficina para la solución final con las fotografías, películas y testimonios que mostraban su atrocidad, al grado de que Hannah Arendt, en su Eichmann en Jerusalén, lo definió como un hombre aquejado de “falta de imaginación”? ¿Por qué,  con excepción de Claude Eartherly, que murió en 1977 roído por la culpa, los soldados que lanzaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki nunca sintieron ni remordimiento ni arrepentimiento? Porque, diría Anders, entre la banalidad de hacer un diseño industrial (Eichmann) o la banalidad de apretar un botón desde una altura donde una ciudad parece una maqueta (los pilotos que arrojaron las bombas atómicas) y sus atroces consecuencias no había una relación proporcional: los dispositivos técnicos y la división del trabajo para su construcción y uso velaron no sólo la imaginación de sus protagonistas, sino la responsabilidad frente a sus actos. 

Algo semejante, guardando sus proporciones, sucede con la incapacidad que tenemos los seres humanos de relacionar el acto banal de encender nuestro automóvil diariamente, desplazarnos por el asfalto de una calle y consumir indiscriminadamente energía, con el bloque de hielo de 2 mil 550 kilómetros cuadrados (el tamaño de Luxemburgo) que se desprendió a principios de año en la Antártida, y con los 60 millones de seres humanos que serán desplazados en menos de 50 años, con su cauda de enfermedad, de miseria y de muerte. Nuestra imaginación para comprenderlo no alcanza ¿Quiénes, sin embargo, son culpables de ello? ¿Yo, que enciendo mi auto para ir a ganarme la vida o a visitar a un amigo?, ¿el obrero de la fábrica que lo ensambló?, ¿los que fabricaron las piezas que lo hicieron posible?, ¿el ejecutivo que me lo vendió?, ¿los ingenieros de Pemex que perforan pozos?, ¿los que refinan el petróleo para producir la gasolina y las llantas?, ¿los que diseñaron el auto?, ¿los políticos que promueven la explotación de la energía fósil?; la cadena es inmensa, y en esa cadena todos y nadie somos responsables; todos deambulamos con nuestro auto y consumimos indiscriminadamente energía sin sentirnos culpables del desastre que vivimos y que sobrevendrá, pero que por la inmensidad de su proporción nos es imposible imaginar.

¿Qué hacer frente a ello? No lo sé. Pero hacer visible el mal, con las implicaciones catastróficas que contiene, es ya un paso hacia lo que Hans Jonas, amigo de Anders, llamó “el principio de precaución”. Sólo haciendo visible el mal que, en la paz y su aparente moral, pone en peligro al mundo, podemos esperar construir y vivir una ética de la renuncia y de los límites, una ética que debe tener como virtud la impaciencia por la precaución. 

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.