Encrucijada

viernes, 21 de mayo de 2010

MÉXICO, D.F., 21 de mayo.- Es frecuente afirmar que la paz y la seguridad internacionales se encuentran en una encrucijada. Según el camino que hoy se siga, los próximos años pueden ser de alto riesgo, testigos de una confrontación que utilice armas de destrucción masiva; o bien, pueden evolucionar hacia una paz relativa, fincada en acuerdos y normas que, sin cancelar definitivamente el conflicto, lo hagan menos probable. 

La posibilidad de que sean utilizados armamentos o materiales nucleares es uno de los riesgos mayores. Se debe tener presente que hay cientos de miles de ojivas nucleares en Estados Unidos y Rusia que se encuentran en estado de alerta; un simple error podría desencadenar su estallido. No se puede olvidar el peligro de que este tipo de materiales vayan a dar a manos de terroristas, una pesadilla que no parece tan lejana cuando se piensa en los talibanes y en las armas nucleares de Pakistán. En el Medio Oriente, Israel amenaza con perpetrar un ataque contra Irán si éste no detiene su programa nuclear. Otros países de esa región o del este de Asia se encuentran a la expectativa y, de considerarlo necesario, también procederán a buscar la posesión de armas nucleares. 

La reunión de revisión del Tratado de No Proliferación (TNP) que se celebra en estos momentos en las Naciones Unidas es un punto de transición: si termina en un fracaso, como sucedió hace cinco años, cuando los participantes no lograron ponerse de acuerdo sobre una sola línea, habrá una señal clara en el sentido de que no existe voluntad política para avanzar hacia los tres objetivos del Tratado: el desarme nuclear, la no proliferación de armas nucleares y el uso pacífico, bajo condiciones de supervisión y seguridad, de la energía nuclear. El futuro será entonces más incierto, más riesgoso, carente de asideros para proteger la seguridad internacional. 

El avance o retroceso de los objetivos del TNP depende de muchas circunstancias. La primerísima es la voluntad de los Estados que poseen armas nucleares –en particular Rusia y Estados Unidos, que tienen 90%– de cumplir con las estipulaciones del Tratado relativas a las negociaciones para el desarme. Hoy hay luces en el horizonte. Después de años de eludir el tema, el gobierno estadunidense, bajo el presidente Obama, se ha pronunciado por un mundo libre de armas nucleares. El discurso ha modificado el ambiente. No dominan las recriminaciones y el escepticismo de hace cinco años. 

Sin embargo, más allá del discurso, las acciones son pocas y algunas están en el aire. La opinión pública esperaba más del documento sobre la postura nuclear de Estados Unidos. Aunque hay adelantos, no se advierte un cambio significativo en la doctrina militar que aún ve las armas nucleares como elemento central de la defensa de Estados Unidos. 

Por otra parte, tanto el acuerdo con Rusia para la limitación de armas estratégicas como el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares dependen de la ratificación en el Senado. Allí, el ambiente propiciado por los republicanos es hostil a las propuestas de Obama. Algunos demócratas más a la izquierda le piden insistentemente que vaya más lejos. Pero se sabe que el muro representado por los republicanos es casi infranqueable; se hace lo que se puede en un sistema político donde la alternativa a la situación actual sería el retroceso hacia situaciones de mayor confrontación. 

La segunda gran circunstancia que influirá sobre el destino de esta conferencia es la situación de Medio Oriente. Desde hace 15 años los países árabes piden insistentemente que se implemente la resolución sobre la convocatoria a una conferencia internacional para la creación de una zona libre de armas nucleares en esa región. El propósito es claro: Israel, uno de los tres países que no son parte del TNP –junto con la India y Pakistán–, cuenta con armas nucleares. Llevarlo a un compromiso para prescindir de ellas es la condición sine qua non para el avance de las negociaciones con Irán. Este último es, a su vez, el actor más difícil para negociar en la conferencia. 

No será en esta ocasión cuando se encuentre solución a los problemas de Irán e Israel. Sin embargo, es el momento para mandar una señal distinta sobre cómo aproximarse al conflicto que desde hace tantos años destroza al Medio Oriente. La decisión de convocar a la conferencia que reclaman los países árabes es la señal obligada. 

La tercera circunstancia que determinará el resultado de esta conferencia es, desde luego, la diplomacia. La capacidad de encontrar vías de conciliación, acercar posiciones, fortalecer mecanismos de diálogo, crear confianza entre los participantes, hacer avances que puedan parecer tímidos pero que van en buena dirección… tal es la tarea de los diplomáticos que se encuentran allí. 

Al pensar en la diplomacia, se impone la referencia a México. Hace algunos años era un líder indiscutible de causas del desarme. ¿Dónde está ahora? El discurso del embajador ante la ONU, Claude Heller, formado en la escuela de Tlatelolco, fue bien recibido. Articulado, fijando posiciones sobre los temas centrales, complació mucho a las ONG, entre otros motivos por la referencia al papel de la sociedad civil en la educación para el desarme. 

No obstante, se advierte la soledad de la diplomacia mexicana. Difícil identificar cuáles son sus aliados en el ámbito internacional. En particular, difícil saber a quién le interesa en México, donde la Presidencia, los partidos políticos, el Congreso, los líderes, están ensimismados en la problemática nacional. La seguridad internacional está en una encrucijada; es un problema serio, pero a la élite política mexicana le importa poco.

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