Los ojos de la Gorgona

jueves, 24 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 24 de junio.- Con la cabeza coronada de serpientes, el cuerpo cubierto de escamas y la dentadura tocada por dos colmillos de jabalí, Medusa –la tercera de las Gorgonas y la única mortal– aterra. Delante de ella, nos damos cuenta de su exorbitante pretensión: que le pertenezcamos absolutamente hasta la deposición de nosotros mismos. Eso es lo que a lo largo de los milenios nos ha enseñado el poder: “Tú no nos conmueves, eres sólo para mí”. Sin embargo, su condición de mortal ha logrado que, como Perseo, creamos que es posible matarla. Todas las rebeliones y revoluciones, al igual que Perseo lo hizo con ella, la han degollado en sus tiranos. Pero no la han destruido. Aun domesticada por la muerte, su poder sobrevive. La razón es que la fuerza de la Gorgona no radica en su espantosa presencia, sino en algo más sutil: sus ojos. Vacía de cualquier contenido, su mirada, aun amputada de su cuerpo, ejerce una fascinación que nos paraliza. Lo supo Perseo, quien usó su cabeza para matar a Polidectes; lo supo Atenea, que la colocó en su escudo para hacerse invencible.

Nosotros, sin embargo, ya no lo sabemos y, sin embrago, como todos aquellos a quienes su mirada convirtió en piedras, estamos fascinados y paralizados ante sus ojos. Y es que la Gorgona, como símbolo del poder, no es, como antiguamente se creía, una presencia que, mediante el terror, somete a los seres humanos (muerto Hitler y el nazismo; desaparecido Stalin y la burocracia soviética o, para hablar de México, desmontada la maquinaria priista, el poder y sus sometimientos persisten de maneras menos aparatosas por su diseminación y por su enmascaramiento tras las libertades republicanas), sino que lo hace mediante el vacío que habita tras sus ojos. Tal vez la metáfora moderna de la mirada de la Gorgona sean las interfaces, esas conexiones entre las computadoras que generan una red de sistemas. Por ello, el poder no está en quienes lo detentan, tampoco está en la violencia de las mafias, de los ejércitos, de las policías, de los medios de comunicación o en las Constituciones, sino en la red que los contiene como sistemas interconectados, y en el que cada ciudadano, incluyendo a los “poderosos” –llámense Slim, Calderón, Bill Gates u Obama–, somos una de sus múltiples interfaces. Todo el poder moderno, como el de los vacíos ojos de la Gorgona, está allí. 

Tomemos por caso, para ejemplificar, algo aparentemente trivial, el automóvil. Visto simplistamente, el automóvil es una herramienta que permite transportarnos. Antes de usarlo podemos renunciar y utilizar nuestras piernas. Sin embargo, una vez que subimos en él y lo ponemos en marcha, nos conectamos a un conjunto de sistemas –el carretero, el de tránsito, el jurídico, etcétera–; somos un conjunto de pijas enchufadas a un conjunto de extraños y complejos circuitos, que a su vez están vinculados con otros conjuntos de sistemas: el escolar, el médico, el industrial, el publicitario, el del mercado, a los que también estamos enchufados. De igual manera que interiorizamos con el transporte la necesidad de desplazarnos rápida y cómodamente, afirmando el derecho a gasolina barata, a reglas de tránsito y a carreteras bien pavimentadas, rápidas y seguras, de esa misma forma, bajo el imperio de la industrialización, del mercado y su custodio, el Estado, interiorizamos otra gama inmensa de derechos: el derecho al empleo, a la salud, al celular, a la computadora, a la televisión, etcétera; y si no es posible obtenerlos, al crimen para adquirirlos. 

Liberados aparentemente del cuerpo de la Gorgona, que antiguamente representaban los hombres del poder y su violencia, y creyendo que nos movemos en un universo de libertades y derechos, en realidad estamos –como delante de la pantalla de nuestras computadoras– paralizados frente a la fascinación vacía de sus ojos. La mirada de la Gorgona, separada de su monstruosa terribilidad, es un conjunto inmenso de sistemas que nos seducen y al engullirnos en ellos nos amputan de nuestra libertad y nos sumergen en la violencia.

Todavía algunos que se encuentran en las márgenes y no han logrado mirarla de frente, escapan a su fascinación. Son los pobres de las culturas tradicionales que se asientan sobre un suelo nutricio. Sin embargo, la mirada de la Gorgona no reposa. Asentada en el escudo de Atenea –la diosa de la estrategia y de la guerra–, mira hacia todas partes para desestabilizar a la gente, arrancarla de sus espacios familiares y colocarla en una plataforma artificial llamada desarrollo. Para sobrevivir allí, la gente es forzada a alcanzar un nivel mínimo de consumo bajo formas de educación, de salud, de transporte y de vivienda que se expresa con el lenguaje de la técnica: construcción de infraestructura, coordinación de sistemas, etapas de crecimiento y ascenso social. Ese forzamiento, como quien miraba los ojos de Medusa, desalienta, paraliza y destruye cualquier libertad convirtiéndonos en seres intoxicados.

Escapar a su mirada significa renunciar de manera selectiva a los sistemas. No para cegar la mirada de la Gorgona –es imposible–, sino simplemente para, como dice Jean Robert, hacer lo correcto y permanecer en la proporción y el sentido común, ajenos a la seducción agresiva de una mirada que reduce todo a la inhumanidad de las interfaces.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

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