El desafío de las alianzas

martes, 13 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 13 de julio.- Al festejar con amigas feministas el triunfo de las alianzas en  Oaxaca y Puebla, varias expresamos nuestras dudas y temores respecto a lo que sigue. En otros países se ha visto que adversarios ideológicos llegan a acuerdos y se ponen a trabajar juntos. Pero en México, ¿la simple cohabitación en una boleta electoral eliminará los fuertes antagonismos existentes o desembocará en una serie de luchas intestinas? ¿Cómo le van a hacer Cué y Moreno Valle? Con la escasa tradición de construcción de pactos  en nuestro país, lo más difícil viene ahora. ¿Cómo gobernarán? ¿El  PAN le dejará Oaxaca al PRD y éste le soltará Puebla al PAN? ¿O conformarán un gabinete mixto,  donde compitan  ideas y proyectos? ¿Habrá diálogo o monólogos? ¿Se impondrán los poderes fácticos? ¿Quién  cederá, quién sacará provecho?

Puesto que la alianza PRD-PAN es meramente instrumental y no ha elaborado un programa común de gobierno, ¿cómo conciliarán estos partidos sus visiones radicalmente distintas sobre tantísimas cuestiones? Tal como están hoy las cosas, no es posible avanzar sin un trabajo riguroso y sostenido de construcción política de acuerdos. Ante tal panorama, la preocupación de muchas feministas es que libertades fundamentales, como los derechos sexuales y reproductivos, sean  silenciadas en aras de lograr consensos  rápidos. 

En lugar de “congelar” estos  indispensables temas, hay un camino más productivo, aunque más difícil y lento, para dirimir diferencias: escuchar, discutir y acordar. Para pactar estas alianzas, las dirigencias partidarias del PAN y el PRD ya se vieron conminadas a hacerlo. Ahora requieren dar otro paso adelante y realizar un buen debate público (bien coordinado, con participación ciudadana y transmitido por los medios de comunicación) para ventilar las posturas ciudadanas respecto a cualquier tema espinoso. Esto marcaría un cambio político muy alentador.  

Hace rato me sorprende algo que compruebo en mis alumnos del ITAM, pero que no sólo se da entre jóvenes universitarios, sino que se manifiesta crecientemente a nivel popular, entre ciudadanos atentos y críticos: un elemento determinante en su decisión electoral es el grado de modernidad que expresan los candidatos, al margen de la postura ideológica del partido. ¡Ojo!, no estoy diciendo que las preferencias tradicionalmente partidistas no sigan  orientando a buena parte de los electores, pues todavía existe el voto “duro” por determinados partidos. Digo que  va en aumento una porción de votantes  que se salen de los  esquemas tradicionales de “votar a la derecha” o  “votar a la izquierda”, y a quienes les interesa sobre todo que los partidos y los gobernantes respeten las garantías constitucionales que son imprescindibles para tomar decisiones sobre la propia vida. 

Estos derechos civiles amparan un conjunto de decisiones íntimas que no afectan los derechos de terceros; por eso cada vez hay más ciudadanos que apoyan la anticoncepción de emergencia, que promueven el uso del condón, que admiten la despenalización del aborto, que aceptan la homosexualidad con naturalidad y que creen que el Estado sólo debe intervenir para otorgar servicios y no para prohibir conductas sexuales y reproductivas. Estos ciudadanos aspiran a vivir en una sociedad, además de igualitaria,  verdaderamente libertaria y respetuosa de la diversidad. De ahí que un número creciente de mujeres y hombres luche por que ni el gobierno ni las Iglesias se inmiscuyan en sus decisiones privadas. 

¿Son las alianzas una palanca para progresar hacia la sociedad que deseamos y para que el país salga de su situación de brutal desigualdad,  injusticia y violencia? Tal vez, si el trabajo de ser alianza obliga a los partidos a modificar sus prácticas y a gobernar tomando verdaderamente en serio los deseos y necesidades de una ciudadanía plural. Flores D’Arcais señala que cuando el ciudadano común, que vive cada vez más inseguridad (tanto de sus derechos como de la seguridad pública), se da cuenta de que es tratado como un cliente por la clase política, entonces oscila entre la rabia contra todos los políticos y la apatía: “todos los políticos son iguales”. Estas reacciones, que olvidan que la política es esencial para organizar la coexistencia que se da en condiciones muy conflictivas por el antagonismo, la explotación y la opresión que existen entre los seres humanos, alimentan peligrosas salidas de los marcos institucionales. 

Muchos ciudadanos creen que las alianzas podrían dar un giro sustantivo a la política mexicana. Pero esas alianzas no irán muy lejos si no asumen que junto a los anhelos democráticos están las exigencias redistributivas acompañadas de la legítima reivindicación de las libertades individuales. Será una dura prueba para el PAN y para el PRD  gobernar Puebla y Oaxaca, pero si estos recién elegidos gobernantes  registran y asumen la transformación que ha ocurrido en las mentalidades ciudadanas, si alientan verdaderamente nuevas formas de participación ciudadana, entonces tal vez despegue el proceso de renovación política que urge en nuestro país. Lo veo muy difícil, pero afrontar ese gran desafío que hoy tienen Gabino Cué y Rafael Moreno Valle es la apremiante e  inmensamente compleja  tarea que requiere nuestro país. 

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