Alianzas

miércoles, 11 de agosto de 2010

MÉXICO, D.F., 11 de agosto.- En un artículo previo (Proceso 1758, 11 de julio) escribí sobre las alianzas PRD/PAN. Las califiqué como meramente instrumentales y dudé sobre cómo conciliarán esos partidos sus visiones radicalmente distintas sobre tantísimas cuestiones. Y me pregunté: “¿Son las alianzas una palanca para progresar hacia la sociedad que deseamos y que el país salga de su situación de brutal desigualdad, injusticia y violencia? Tal vez, si el trabajo de ser alianza obliga a los partidos a modificar sus prácticas y a gobernar tomando verdaderamente en serio los deseos y necesidades de una ciudadanía plural. Muchos ciudadanos creen que las alianzas podrían dar un giro sustantivo a la política mexicana. Pero esas alianzas no irán muy lejos si no asumen que junto a los anhelos democráticos están las exigencias redistributivas, acompañadas de la legítima reivindicación de las libertades individuales. Será una dura prueba para el PAN y para el PRD  gobernar Puebla y Oaxaca, pero si estos recién elegidos gobernantes registran y asumen la transformación que ha ocurrido en las mentalidades ciudadanas, si alientan verdaderamente nuevas formas de participación ciudadana, entonces tal vez despegue el proceso de renovación política que urge en nuestro país. Lo veo muy difícil, pero ese gran desafío que hoy enfrentan Gabino Cué y Rafael Moreno Valle es la apremiante e   inmensamente compleja  tarea que nuestro país requiere”.

Alan Hernández Campos, un lector, interpretó que estaba celebrando las alianzas y criticó mi “optimismo” (Palabra de Lector de Proceso 1761, 1 de agosto). Probablemente no fui clara con mi ambivalencia: festejé el triunfo de Cué y Moreno Valle al mismo tiempo que manifestaba mis sentimientos encontrados con la alianza. Por eso agradezco la carta de Hernández Campos, que me permite explicarme mejor.

Yo veo la situación política mexicana como eso que Ludolfo Paramio, un intelectual y político español, caracterizó como la “doble realidad de la política”. En un texto titulado Por una política desencantada, Paramio señalaba que por un lado están los movimientos sociales como expresión inmediata de deseos y necesidades, de sueños sociales y aspiraciones colectivas. A este nivel los valores son absolutos, no hay negociación y la realidad social no tiene claroscuros. Por el otro lado ubicaba a los políticos profesionales, los tecnócratas y los funcionarios de carrera haciendo una “política desencantada”, que sabría de la necesidad de la negociación, del recorte y del establecimiento de prioridades. “A este nivel se tomarían las decisiones, se sintetizarían las aspiraciones sociales, tratando de llegar al resultado menos malo posible”. 

Tal vez porque yo me ubico del lado de los movimientos sociales y al mismo tiempo tengo muchos amigos en la realpolitik reconozco esa doble realidad de la política en las recientes victorias electorales de la alianza PAN/PRD. E, independientemente de lo que yo deseo de la política, y de las críticas a los partidos que hace Alan Hernández Campos (y que comparto), creo que para la ciudadanía oaxaqueña y poblana fue positiva esa alianza PAN/PRD. Hernández Campos dice que los mexicanos deberíamos desistir de hablar de “triunfos” hasta que éstos desciendan a  la sociedad. Pero, después de todo lo que esas sociedades han padecido con Ulises Ruiz y Mario Marín, ¿no hubiera sido siniestro que los candidatos de éstos ganaran? ¿No fue una conquista de la sociedad esta victoria electoral? Estoy convencida de que sí, y de que en Oaxaca y Puebla la alianza PAN/PRD expresó un ¡basta ya! ciudadano valiosísimo. 

Ahora bien, esta alianza instrumental, o sea este acuerdo pragmático y coyuntural, no sirve para hacer justicia ante todos los lacerantes problemas de nuestro país: los de los familiares de los niños de la guardería ABC y de las asesinadas en Ciudad Juárez; la ausencia de una política social y educativa verdaderamente comprometida con los distintos sectores de la población; y el juicio a los políticos criminales, por nombrar sólo los que señala Hernández Campos. Pero tampoco creo que haya que esperar a resolver esos horrores para dar batallas locales y lograr  avances en el día a día.

Hace años José Aricó, un socialista argentino exiliado en México, criticaba el exceso de utopismo y señalaba que una cosa es la utopía y otra la dimensión proyectual del ser humano. Decía que existe un mundo de anhelos y sueños, y otro mundo de necesidades. Y que sobre este último –el de las necesidades– el ser humano monta su proyecto de vida, que es siempre limitado, porque es lo que en ese momento es posible. Aricó también decía que el exceso de discurso utópico liquida la posibilidad de amar lo posible, y que sin algo de  adhesión a lo posible, de búsqueda de lo posible, no podemos hacer de la política una dimensión humana. 

Esa dimensión humana de la política está compuesta de pequeños pasos, como el NO que le dijeron en Oaxaca y Puebla a Ulises Ruiz y a Mario Marín. Y como las elecciones hubieran podido tener otro desenlace, más que “optimismo”, siento alegría ante la derrota de esos nefastos personajes. Y al mismo tiempo que festejo estos pequeños triunfos de la ciudadanía oaxaqueña y poblana, persisten mis temores y dudas sobre si sus gobiernos en alianza PRD/PAN podrán cambiar el ominoso rumbo que ha tomado la realidad mexicana.

 

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