Guerrero: votar por el pasado

domingo, 30 de enero de 2011

MÉXICO, D.F., 30 de enero (Proceso).- En medio de tensiones crecientes, que ya dieron lugar a actos violentos como el asesinato de un líder municipal priista y la cruel golpiza que tiene en estado de coma a un dirigente histórico perredista, Guerrero elige hoy un  nuevo gobernador. El calificativo es inexacto. En realidad los guerrerenses no escogen este domingo un gobernador nuevo, sino simplemente otro titular del Poder Ejecutivo. Nada tienen de nuevo los dos aspirantes al cargo, postulados por coaliciones formadas más en provecho de los intereses de quienes dirigen los partidos que en atención a las necesidades de los habitantes de esa dolida entidad.

Los contendientes son casi copia uno del otro. Además de ser primos, sus carreras políticas han estado entreveradas. Manuel Añorve, hoy postulado por el PRI, fue subordinado de Ángel Heladio Aguirre, priista a quien proponen los partidos antagónicos al tricolor. Ambos pidieron licencia a cargos a los que llegaron en fórmulas priistas: Añorve, alcalde de Acapulco; Aguirre, senador de la República. Éste se fue del PRI cuando su primo fue escogido candidato, sobre la base de que él ya había sido gobernador, aunque fuera interino, y con base en el principio filosófico de que “los que ya bailaron se sientan”. Aguirre quiso sentarse, pero de nuevo en la silla que ocupó durante tres años. Se fue de su partido sólo para efectos electorales, pero su corazón y sus intereses siguen siendo tricolores. En campaña reivindicó esa militancia diciéndose parte de la corriente progresista del PRI, entelequia que si tuvo algún barrunto de existencia antaño hoy no existe más.

Ha sido más afortunada que la de su primo la carrera de Aguirre. Añorve tuvo que empezar desde abajo, como auxiliar de Gustavo Carvajal Moreno, en sus tiempos de dirigente del PRI, de 1979 a 1981. En ese año, Aguirre fue secretario particular del gobernador Alejandro Cervantes Delgado –él sí miembro del mítico progresismo priista–, quien después lo ascendería a secretario general de Gobierno. Al mismo tiempo, Añorve fungió también como secretario particular de Gustavo Carvajal cuando éste fue secretario de la Reforma Agraria, y a través de él se relacionó con Alfredo del Mazo, quien lo colocó en una posición subalterna del gobierno mexiquense: subdirector general administrativo de la Dirección de Policía y Tránsito. Luego retornó al círculo de Carvajal como funcionario de segundo nivel en Tabamex.

Bajo el gobierno de José Francisco Ruiz Massieu los primos lograron colocarse, mejor Aguirre que Añorve. Aquél fue secretario de Desarrollo Económico, y éste subsecretario de Trabajo y Previsión Social, donde no permaneció mucho tiempo pues su jefe Carvajal, director de Banobras con el presidente Salinas, lo hizo delegado de esa institución en el estado. Desde allí vio que su primo Aguirre era diputado local y líder estatal del partido. A lo más que llegó Añorve en esa primera mitad de los años 90 fue a síndico procurador de Acapulco.

Tras la matanza de Aguas Blancas el presidente Zedillo quedó obligado a deponer a su amigo Rubén Figueroa, quien recomendó nombrar interino en su lugar a Aguirre, para que le cubriera las espaldas. Lo hizo puntualmente, continuó la agresiva actitud de Ruiz Massieu y de Figueroa contra los perredistas, y benefició a su familia: colocó en la nómina a dos de sus hermanos, sobrinos, cuñado. El primo Añorve llegó por primera vez al gabinete estatal, como secretario de Finanzas. Cuando el nepotismo se hizo insostenible, Añorve fue reducido a la Comisión de Agua y Alcantarillado de Acapulco. En una crisis municipal causada por malos manejos de los fondos de emergencia tras el huracán Paulina, en 1997 resultó presidente del puerto, a título interino, y de allí al año siguiente pretendió suceder a Aguirre, pero en la contienda interna del PRI lo derrotó René Juárez, quien fue un triunfador generoso. Su primo el gobernador saliente lo rescató y “aunque sea” lo hizo, ya de últimas, diputado local. No duró allí mucho tiempo, pues su rival reciente, el gobernador Juárez, lo impulsó a que fuera diputado federal de 2000 a 2003. Lo relevó su primo Ángel, quien permaneció en San Lázaro de 2003 a 2006, año en que perdió  la elección de senador frente a la fórmula perredista. Apenas logró ser senador de minoría.

Añorve, por su lado, tornó a ser secretario de Finanzas, con René Juárez. Cuando éste concluyó sus tareas, hace seis años, Añorve volvió a la Ciudad de México, a trabajar al lado de Manlio Fabio Beltrones, como asesor de la Junta de Coordinación Política. Su suerte se fortaleció cuando en 2007 apoyó a Beatriz Paredes en su lucha por la presidencia del PRI. Lo había hecho también cinco años antes, sólo que entonces todos ellos perdieron frente a Roberto Madrazo. En 2009 logró por ello ser candidato a la alcaldía acapulqueña, donde su victoria puso fin a nueve años de gobierno perredista (o casi).

La misma influencia conjunta de Beltrones y Paredes, y el apoyo de los exgobernadores, hicieron de Añorve candidato de unidad, en decisión admitida también por Aguirre, quien no demoró mucho en arrepentirse y buscar otra postulación. La halló en un PRD sumido en contradicciones y temores. El 20 de agosto de 2009 fue asesinado el diputado Armando Chavarría, rival acérrimo del gobernador Zeferino Torreblanca, de quien fue secretario de Gobierno en virtud de arreglos internos en el PRD. No había en el horizonte otro aspirante que con mayor fuerza y legitimidad (no militó nunca en el PRI, ni se apartó de la izquierda) representara la posibilidad de un gobierno popular en verdad. Por eso se le eliminó. Por eso el gobierno local ha sido omiso en averiguar quién lo hizo, o en difundirlo porque acaso sabe quién perpetró el crimen y no es suicida como para inmolarse con la verdad.

Aunque entonces lo supieron con claridad muchos menos guerrerenses que hoy, también en 2005 votaron por el pasado. Torreblanca los engañó. Se dijo que encabezaría la alternancia y no hizo más que practicar la continuidad. No pocos de sus funcionarios y muchas de sus actitudes y políticas pertenecían al ayer, no al mañana que los ciudadanos de esa entidad buscaban. Para rematar su sexenio de autoritarismo e incapacidad, Torreblanca pretendió imitar  a sus antecesores priistas y dejar un heredero. Por eso Chavarría desapareció de la escena y el gobernador se dispuso a urdir su propia trama.

Ante el riesgo de que eso ocurriera, Marcelo Ebrard intervino. En acuerdo con Jesús Ortega (quien con la ruptura de Ruth Zavaleta con Nueva Izquierda perdió su principal carta en ese juego), se convirtió en el factótum de la sucesión guerrerense, para evitar que lo fuera Torreblanca. Él construyó la candidatura de Aguirre, sobre la base no de afinidades ideológicas sino de ser el precandidato priista a la cabeza de las preferencias electorales medidas por las encuestas. Lo importante era lograr la apariencia de que el PRD mantiene un gobierno estatal. Y de paso, al sonsacar a Aguirre, Ebrard golpeó en el plexo al gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto, con quien por ahora contiende en la propaganda televisiva en espera de algún día disputar la Presidencia de la República. Peña Nieto apoyaba en los escarceos priistas a Aguirre, no a Añorve.

Ebrard apadrinó todo el tiempo al priista postulado por el PRD. Peña Nieto se alejó en el tramo final. Quizá se le informó que su antiguo ahijado, lejano ya de su protección, ganaría hoy los comicios. O quizá temió que se le vinculara con los malos pasos atribuidos al alcalde de Acapulco. Un testigo protegido, esa figura procesal temible porque puede ser usada por la PGR lo mismo para un barrido que para un fregado, lo acusó en noviembre pasado de haber recibido, de manos del propio testigo, apodado Mateo en el expediente, 5 millones de pesos, tercera parte de una entrega convenida con Añorve por la banda de los Beltrán Leyva.  l