El secreto sucio de nuestra cultura

jueves, 6 de enero de 2011

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El 48% de los mexicanos no se interesa en la cultura. 86% nunca ha pisado un museo. 57% no ha entrado a una librería. 73% no ha leído un libro el último año. Etcétera: los números de la encuesta nacional de consumo cultural o el redescubrimiento de nuestra realidad. 

Ya en el año 2003 la primera encuesta de consumo cultural arrojaba el mismo resultado general: La política cultural de México no toca las vidas de la mayor parte de los mexicanos. Sus clientes, durante los últimos 21 años, han sido los artistas y los intelectuales, y no la sociedad. 

La novedad, en este 2010, es otra. La seriedad de la última encuesta, que despliega un mapa del consumo cultural detallado estado por estado y ciudad por ciudad, y que se publica al mismo tiempo que un atlas minucioso de la infraestructura cultural del país. La utilidad de combinar ambos documentos podría ser dramática. 

Empalmándolos, podría contarse por primera vez con un mapa nacional que explique de forma objetiva por qué diablos la cultura no llega a los muchos y que transparente las maneras de lograrlo. 

Al puro ojeo de ambos documentos, ofrezco un botón de muestra.

La encuesta revela que los habitantes de la Ciudad de México son consumidores de cultura tan ávidos como los de las metrópolis de los países desarrollados, y el atlas trasluce el cómo esto es posible: En la capital del país se concentran más museos, librerías, teatros, cines y casas de cultura que en varios estados combinados. En cambio, los nayaritas ven mucha televisión, ven un poco de cine, apenas leen y en su gran mayoría nunca han cruzado el umbral de un espacio cultural, y la encuesta revela que aunque quisieran no podrían: La densidad de los espacios culturales es casi nula en Nayarit. 

Si se trata de disminuir la desigualdad cultural en el país, la solución salta a la vista. Nayarit necesita espacios para la cultura, promoción de sus bondades y estímulos para que empresarios culturales locales surjan. 

Otro botón de muestra. 

En Monterrey, la cultura es apoyada por empresarios civiles que la han hecho depositaria de su filantropía, pero también de otros empresarios que la han hecho su negocio. No es casual que para los regiomontanos el arte contemporáneo se ha vuelto un emblema de su identidad común. En cambio en Veracruz, aparte del Estado, hay pocos que invierten en cultura, y la cultura viva es la popular, la folclórica, mientras el arte ha perdido espectadores. 

¿Cómo reproducir el efecto Monterrey en Veracruz y en otras ciudades culturalmente empobrecidas? 

Y un tercer botón de muestra. 

Un cruce primario del atlas y la encuesta revelan lo que sabemos, de forma azarosa, quienes hemos viajado por la República. Desperdigados por nuestra geografía, vegetan centros culturales inservibles, o casi, y sin embargo onerosos. Bibliotecas visitadas por siete personas a la semana. Teatros convertidos en salones de mítines de sindicatos. Cientos de casas de cultura con presupuestos suficientes para tener los pisos y las paredes lavados y ofrecer clases de bordado y de baile de salón, pero no más. 

Proveer a esa infraestructura de lo necesario para que sirva a los ciudadanos, es más urgente que nuevas edificaciones faraónicas.

 

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Este es el secreto sucio de la política cultural mexicana: a pesar de que su acta fundacional expresa que su finalidad es “hacer llegar el arte y la cultura a la mayor cantidad posible de mexicanos”, el Conaculta nunca se lo ha propuesto. Desde su fundación en 1989, la atención de sus sucesivos presidentes ha sido articular la trabajosa y conflictiva inercia de las instituciones preexistentes, pero sobre todo amistarse con los artistas y los intelectuales. 

Así, el Conaculta del PRI se dedicó sobre todo a contentar a los patriarcas culturales. Contentarlos con homenajes y premios, becas vitalicias y dinero contante y sonante para sus proyectos personales. También fue generoso con los artistas incipientes: de 1989 al año 2000 fue el periodo de la multiplicación de las becas, federales y estatales, para menores de 35 años y para mayores de 35 años, así como la multiplicación de las inversiones en sus películas, obras escénicas, exhibiciones y publicaciones, que eran atendidas, típicamente, y para tortura psíquica de los artistas, por públicos raquíticos. 

Era solo natural que Sari Bermúdez, cuya presidencia del Conaculta arrancó a la par de nuestra democracia electoral, se propusiera ahora sí abarcar en su proyecto a los ciudadanos. De cierto, en su toma de posesión declaró: “Vamos a ciudadanizar la cultura”. Ya se sabe, durante los siguientes seis años Sari intentó imaginarse qué podría querer significar la feliz expresión, regalada a ella por un intelectual ameno, mientras en los hechos su administración calcó el pasado, más una adición. Edificó siete universidades de arte, para seguir multiplicando a los artistas. 

¿Qué hizo Sergio Vela? El proyecto que el presidente Calderón le aprobó preveía ordenar el funcionamiento de la burocracia del Conaculta. El anacronismo sorprende: así se acortaba aún más la mira y se dejaba fuera de ella, otra vez, a nada menos que a 120 millones de ciudadanos. 

¿Ha llegado el fin de los proyectos miopes y anárquicos de cultura? ¿El Conaculta por fin asumirá su meta retórica (“hacer llegar el arte y la cultura a la mayor cantidad posible de mexicanos”)? 

Está por verse. 

La enfermedad está diagnosticada al detalle, gracias a la encuesta y al atlas, y es radical. Igual, los remedios debieran ser precisos y radicales.

 

Este artículo se publica en la edición 1783 de la revista Proceso, ya en circulación.