La revuelta por el Bien Común

lunes, 31 de octubre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- En los países árabes los marchistas exigen los derechos civiles mínimos de una democracia. Sufragio efectivo, no dictadura, libertad de prensa. En Israel y los países de Europa, democracias ya de tiempo atrás, con esos derechos ya seguros, los marchistas colocan la vara de la dignidad civil más alto. Educación y servicios de salud gratuitos, habitación accesible, pensiones de desempleo y de retiro mejores. En Estados Unidos, el gran propagador del capitalismo neoliberal y sede de su capital económica, Wall Street, los Indignados pueden enfocar sus exigencias al centro mismo del mal: ese 1% de ricos que poseen el 43% del pastel de la riqueza internacional, muchos de los cuales habitan en los rascacielos de Nueva York. Que paguen esos ricos más impuestos, que sean ellos los que subsidien los servicios públicos que se reclaman para una existencia digna, que nuevas regulaciones impidan su saqueo sistemático del resto de la población, que una nueva y severa vigilancia ciudadana rompa el contubernio de ese 1% de ricos con los políticos, hoy en cada sociedad sus testaferros. En México los Indignados son aún pocos, 400 y tantos, están instalados ante la Bolsa de Valores de Avenida Reforma, en la capital, han reclamado el regreso del SME, un sindicato corrupto, exigen el retiro del Ejército de las calles, en calles controladas por un mal mayor que los militares: el crimen. Son pocos y parecen confundidos. Corrijo: son pocos porque están aún confundidos en cómo aterrizar en demandas locales el ímpetu del movimiento de indignación planetaria. Son pocos, pero a medida que se clarifique el ideario del nuevo movimiento internacional, serán más y más. Y no hay duda de que el ideario se decantará en unos cuantos conceptos que abarquen la aparente diversidad de los reclamos. Sucederá por una razón simple: porque también son unas cuantas las fuentes del malestar. Tal vez, acaso, una sola. El enflaquecimiento del Bien Común. “No hay concepto más urgente que revivir que el del Bien Común. Yo apuesto que será el concepto más nombrado en el siglo XXI”. La aseveración es de Frans de Waal, hoy por hoy uno de los biólogos de mayor influencia intelectual en el orbe científico. Lo escribió en el año de 2009, en el prólogo de La edad de la empatía, su estudio sobre la vida moral de los primates. El Bien Común: esa riqueza que es de todos y de nadie en particular. Lo que poseemos en conjunto como sociedad, los primates parlantes y otras especies que viven en comunidad. Lo que está garantizado para cada individuo por el mero hecho de ser parte del grupo. En la parte central de La edad de la empatía, De Waal observa que uno de los grandes popularizadores de la idea capitalista “del triunfo legítimo del más fuerte” fue también el fundador de la biología moderna, Charles Darwin. En su teoría de la evolución, publicada en 1859, Darwin escribió que “la competencia por las hembras mejor dotadas y los recursos alimenticios disponibles” determinan la extinción de los individuos y las especies débiles y el triunfo y la evolución de los individuos y las especies más aptos. En su momento, la aristocracia inglesa adoró la nueva licencia para seguir explotando en sus fábricas insalubres a sus prójimos. Los capitalistas salvajes de Estados Unidos igualmente erigieron a Darwin como su líder ideológico. El darwinismo se alió así conceptualmente con el viejo capitalismo rampante, ahora con una justificación “científica”: La lucha inmisericorde por el Provecho Individual no sólo es “natural”, sino que mejora a la especie (la hace evolucionar). Pero Darwin se equivocó, explica De Waal. Se equivocó por lo menos en esa parte de su teoría evolutiva. Hoy, como en el siglo de Darwin, las especies más numerosas (si uno descuenta el mundo invisible de los virus: las hormigas, las ratas, los seres humanos) son especies altamente cooperativas. Especies cuya condición gregaria las ha vuelto las más aptas y que dependen de sus conductas de cooperación y de algo más, su carácter moral. La moral definida de forma concreta como el grupo de conductas que cuidan y aumentan el Bien Común. Los primates son morales. Si un chimpancé roba plátanos del fondo común de plátanos, es descuartizado por la tribu de chimpancés. Las hormigas son morales al parecer al 100%: trabajan continuamente para llenar las bodegas subterráneas del hormiguero, y si una se extravía, muere pronto en soledad. Las ratas comparten sus guaridas y sus alimentos y tienen un sistema de chillidos para advertirse mutuamente del peligro. Y los seres humanos somos, también, naturalmente, cooperativos y morales. De cierto, observa De Waal, somos la especie más gregaria, cooperativa y moral del planeta. Si nos desprendemos de la Tierra varios kilómetros hacia arriba, si nos alejamos del barullo del lenguaje, si observamos desde ahí donde los billetes de dinero serían invisibles al ojo, veríamos que esto es lo que hacen los animalitos humanos sobre la costra de barro donde habitan. En grupos pequeños o grandes, esos seres diminutos como hormigas, cooperan todo el santo día. Algunos grupos edifican altos edificios o largos caminos de asfalto. Algunos grupos transportan a cientos de miles en vehículos terrestres, aéreos o marinos. Algunos grupos perforan el redondo planeta para extraer combustibles. Otros grupos se encierran en cubos de cemento a leer lo que otros humanos escribieron hace siglos. Y todo el santo día los animalitos humanos se comunican entre sí: hablan, hablan cara a cara, hablan por teléfono, hablan por televisión, escriben, dibujan, se cuentan historias. No pueden ser sino en convivencia. Al grado que cuando se tienden a dormir, sueñan con otros animalitos humanos. Lo que el movimiento de Indignados reclama hoy es que volvamos a mirar nuestras sociedades y distingamos eso que Darwin no vio, porque dio por sentado; eso que los capitalistas rampantes no quieren ver, porque les conviene dar por sentado; eso que los biólogos de la empatía están hoy día estudiando y descifrando: las conductas de cooperación que sustentan nuestras sociedades. Que le demos a ese sustrato su dignidad. Que impidamos que una minoría, un 1% voraz, acapare la mitad del bienestar generado por la cooperación. Y que en cambio agrandemos nuestros fondos comunes de bienestar, nuestro Bien Común. Hasta ahora nadie entre los Indignados habla de la disolución del capitalismo competitivo ni de la dictadura de la mayoría. De lo que se habla es del ensanchamiento, en el centro de las democracias capitalistas, de esa zona de bienestar garantizado para todos y cada uno de los ciudadanos. Un capitalismo con el Bien Común en su plaza central.

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