La democracia y el Reino

miércoles, 23 de noviembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Pese a la corrupción de los partidos, de las instituciones del Estado y de un país balcanizado por el crimen y la guerra, México se dispone a entrar en su proceso electoral. La desproporción no sólo es absurda –¿cómo, en tales condiciones, podemos tener elecciones que no sean las de la ignominia?–, sino que, por lo mismo, obliga a pensar en lo que la palabra democracia significa. Aunque en su sentido etimológico “democracia” quiere decir “poder del pueblo”, la palabra ha perdido en nuestros días cualquier significación. Vacía de contenido, pero prestigiada como un axioma de la vida política, se ha convertido, como dice mi amigo Jean Robert, “en la puta de todos”. No sólo se ha usado para justificar la revolución como la contrarrevolución, el terror, el autoritarismo y la mediocridad, sino que se le ha acompañado con todo tipo de adjetivos (democracia representativa, liberal, socialista, librecambista, etcétera.). Sin embargo, la democracia, como lo ha señalado Douglas Lummis, es, en tanto “poder del pueblo”, algo que no puede reducirse ni a las elecciones ni, como suele suceder, a ningún tipo de arreglo entre instituciones políticas o económicas. No es, por lo tanto, un aparato que, como sucedió con la democracia ateniense del siglo V a de C. y como sucede con los bunkers legislativos del México del siglo XX, usurpa la plaza pública para encerrarla en consejos especializados. Es, por el contrario, un horizonte, “un proyecto histórico –dice Lummis– que la gente manifiesta luchando por él” y que repentinamente surge y se recrea en la confianza mutua y la libertad. La democracia, por lo tanto, aparece siempre en medio de sus simulaciones y corrupciones como una especie de primavera, en el lugar que siempre le corresponde: la plaza pública. “Es el arte –vuelvo a Lummis– de extender el dominio de lo posible [para] crear lo imposible a partir de lo posible”. En este sentido, la democracia, hoy en día, no está en las instituciones que, como toda construcción histórica, han entrado en crisis y tienen que cambiar. Está, como una expresión de lo posible en lo imposible, en los indignados, en los occupy, en la primavera del Medio Oriente y en su antecedente mexicano, las movilizaciones ciudadanas que concitó el levantamiento zapatista de 1994. Hoy, en México, en medio de la simulación envilecida de las elecciones, el único movimiento que ha recreado la verdadera democracia es el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Pero más que una recreación o, mejor, que una aparición de la vida democrática en el desastre nacional, yo hablaría de una categoría más profunda: el Reino. La palabra puede sonar, en oídos laicos o clericales, a la reivindicación de un orden perdido. Nada más lejano a eso. El Reino, en el espíritu profundamente religioso del pueblo de México –que las élites ilustradas quieren absurdamente borrar y los clericales absurdamente manipular–, es, como lo define esa hermosa fórmula teológica: el ya –revelado en el amor de Cristo–, pero el aún no plenamente en la fractura de la historia. Una experiencia que aparece allí donde los seres humanos vuelven a unirse en el amor. En este sentido, más que un aparecer de la democracia, las movilizaciones del MPJD son un aparecer del Reino –hecho de amor, de acogimiento, de paz– en medio del mal. Allí, donde el crimen y la fractura del Estado construyen el horror, la impunidad y el miedo, el amor se revela como pura donación. No es un orden al que todos deben someterse, sino una revelación de lo que en el fondo somos y al que podemos acceder cuando dejamos a un lado la ambición, el poder y el control. “El mundo nace –escribía Octavio Paz– cuando dos se besan”, cuando dos o más se unen, a partir del dolor, en la igualdad y el servicio. Un momento de revelación, el más revelador de nuestra profundidad humana –y quizá el más político–, en el que la comunión del amor se recrea y actualiza en un espacio público usurpado y ocupado por la violencia. Pero, al mismo tiempo, un momento condicionado por la amarga fractura de la historia, con pocas posibilidades de éxito, pero que sigue siendo un ya siempre presente mientras mantengamos viva la llama del amor. No es, como lo piensa Lummis, en relación con la democracia, una primavera a la que inevitablemente sigue el invierno, sino una primavera siempre posible en la desolación del frío creado por la violencia del poder. El Reino es, por lo mismo, una manifestación de apertura al otro a pesar de la hostilidad que envuelve al mundo. Es, por lo mismo, no una manera de rechazar el poder político, sino de reordenarlo y limitarlo para que se convierta en lo que debe ser en la historia: la sombra de un gran árbol que permita, como dice Jean Robert, vivir, si no el amor, al menos la virtud democrática –que lo imita– “de la confianza mutua” y la libertad. Una imagen del Reino me viene a la memoria: la del almendro. Ese árbol pequeño, que se llena de flores blancas en medio de la desnudez del invierno, “resiste –como decía Camus– todas las lluvias y el viento del mar para preparar el fruto”. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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