Las elecciones de la ignominia

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Para Nepomuceno, que buscaba a su hijo desaparecido por la corrupción del Estado y fue asesinado por el desprecio de ese mismo Estado.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Alguna vez, hace muchos años, el escritor Gonzalo Celorio me dijo, con la verdad que guarda la ironía: “Si Kafka hubiera nacido en México habría sido un autor costumbrista al que nadie leería”. Los universos aparentemente absurdos y horrorosos del escritor checo –un burócrata que se convierte en cucaracha, un agrimensor que muere a las puertas de un castillo al que nunca pudo entrar por el intrincado tejido burocrático, un hombre al que procesan y asesinan sin haber cometido crimen alguno– eran ya entonces una realidad cotidiana del país. La guerra que hoy vivimos, con su cauda de terror, de crímenes impunes, de familias victimizadas y criminalizadas, de miles de desaparecidos (un Estado que no sabe dónde se encuentran 10 mil de sus ciudadanos, es un Estado criminal o inexistente), de miles de amenazados por pedir justicia y finalmente asesinados –como Nepomuceno Moreno Núñez– porque el gobierno, a pesar de las evidencias de amenaza, no quiso protegerlos, es de esa índole. Lo son también las supuestas elecciones que ya dieron inicio en algunos estados de la República. Sólo en un mundo imaginado por Kaka, un país en guerra, balcanizado por el crimen organizado, sin justicia y derruido en sus instituciones, puede creer que hay y habrá elecciones y que esas elecciones se llaman democracia. Sólo en un mundo así, los medios de comunicación, los politólogos y los analistas políticos pueden no sólo aceptar ese absurdo, sino publicitarlo y señalar que la única alternativa que tiene el país es ir a ellas. Sólo en un mundo kafkiano podemos aceptar lo absurdo y acostumbrarnos a ello como nos estamos acostumbrando a aceptar –sin protestar, sin salir a las calles día tras días a gritar nuestra indignación– que la gente continúe desapareciendo, que aparezcan fosas con cientos de cadáveres, que a cientos de seres humanos se les secuestre, se les cercene y sus pedazos sean arrojados ante nosotros. Ir a las elecciones así, no es sólo un acto de profunda irresponsabilidad, es una aceptación de la ignominia; es afirmar lo que no puede afirmarse, a menos que hayamos perdido ya cualquier noción de la realidad y de cualquier memoria, de que en este país no pasa nada. Hace casi siete meses, el 8 de mayo, en el zócalo de la Ciudad de México, en el discurso que pronunciamos con una Plaza de la Constitución y un país repleto de indignación, dijimos perentoriamente –y una gran mayoría ciudadana asintió– que no aceptaríamos “más una elección si antes los partidos políticos no limpian sus filas de esos que, enmascarados en la legalidad, están coludidos con el crimen y tienen al Estado cooptado e impotente. Porque hasta ahora sólo hemos podido ver eso”. Después de casi siete meses no sólo continuamos viéndolo, sino que los muertos de esta guerra, los desaparecidos, los desplazados y la impunidad aumentan día tras día, y que junto a eso el Congreso, que dice representar a la ciudadanía, le ha negado al país un arma de participación digna: la reforma política. Ante esa realidad, ante la falta de una limpieza honorable y transparente de los partidos, estamos a punto de llegar a esas elecciones kafkianas e ignominiosas para preguntarnos lo que ya anunciábamos ese mismo 8 de mayo: “¿Por qué cártel y por qué poder fáctico tendremos que votar?”. Esa pregunta, que está detrás de los discursos de los candidatos, de los inauditos gastos de campaña, de la propaganda que empieza a ser colgada como se cuelgan cuerpos sobre los puentes; esa pregunta atroz que eluden todos los partidos, todos los candidatos, todos los que no quieren ver, no es sólo una pregunta fundamental que debemos hacernos los mexicanos, es una pregunta que en sí misma pone en evidencia la ausencia del sentido democrático que ya acompaña a estas elecciones. Poner casillas –con anuencia de los criminales, porque una infinidad de sitios de la República están cooptados por ellos–, imprimir votos, ir a las casillas y votar, supervisados por un IFE no sólo incompleto sino manipulado por los intereses de los partidos, de los poderes fácticos y del crimen, y aceptar que se puede ganar con mayorías relativas, no constituyen ni una elección ni mucho menos una democracia. Lo que demuestra es sólo una profunda ignorancia de la emergencia nacional que vive el país y de lo que realmente una democracia significa. En estas condiciones no sólo la perderemos –gane quien gane, con mayorías relativas, es decir, con el mínimo del padrón electoral y con un país asolado por el crimen, sólo podrá gobernar la desgracia, y allí está Felipe Calderón para mostrarlo con creces–, sino que habremos perdido la transición que la anunciaba. La única posibilidad de salvar la democracia es, como siempre he dicho y no me he cansado de señalar, un gobierno y una agenda de unidad nacional, que nos devuelva la paz, la justicia y dignidad. Pero cómo podría entender esto gente que ha hecho de la administración del Estado un botín, de la democracia una simulación y de la vida humana un mundo señoreado por los universos de Kafka y la costumbre del horror. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.