Patear la lata

miércoles, 20 de abril de 2011
MÉXICO, D.F., 20 de abril.- Hay una expresión conocida como “patear la lata” que implica patear un problema para adelante, en lugar de resolverlo. Implica empujar la resolución de un dilema hacia el futuro, en lugar de encararlo en el presente. Implica postergar, diferir, comprar tiempo, cerrar los ojos, esperar a que el conflicto se resuelva por sí mismo o, por lo menos, que no estalle en este momento. Eso es precisamente lo que acaba de hacer la izquierda mexicana en los últimos días. Tratar de tapar el enfrentamiento interno que viene arrastrando desde 2006, en aras de fomentar la “unidad” que sólo puede ser ficticia. Tratar de tapizar las grietas que amenazan con destruir el edificio común que tantas tribus y corrientes y morenas habitan. Y quizás Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard y Jesús Zambrano y Dolores Padierna hayan logrado propinarle un buen puntapié a la lata, para no tener que lidiar con su contenido ahora. Pero la lata sigue allí, en el sendero de la izquierda, y en algún momento será necesario recogerla. Esa lata rebosante de preguntas sin respuesta clara, misterios sin solución evidente. ¿Quién va a ser el candidato presidencial de PRD-PT-Convergencia? ¿Habrá sólo uno o terminarán por ser dos: Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard? ¿Cuál será la fórmula para determinar ese candidato, y será verdaderamente democrática? ¿Estaría AMLO dispuesto a declinar si la popularidad de Marcelo Ebrard entre los votantes –más allá de los militantes perredistas– es mayor? ¿La izquierda que contenderá en la elección presidencial de 2012 será una reencarnación de la que compitió en  2006: radical, combativa, polarizante? ¿O moderará sus posiciones, deslizándose hacia el centro del espectro político en aras de ganar la elección? Estas son preguntas definitorias que la fallida alianza en el Estado de México puso –de manera anticipada– sobre la mesa, y que nadie quiso contestar. Marcelo Ebrard estuvo dispuesto a sacrificar la alianza por temor a que AMLO se llevara consigo a la mitad del PRD y lo desfondara. Y AMLO estuvo dispuesto a sacrificar una victoria PAN-PRD en el Estado de México para evitar una posible alianza en la elección presidencial, encabezada por Marcelo Ebrard. Ambos, por temores distintos, patearon la lata. Privilegiaron la unidad por encima de la competitividad. Eligieron la paz de los sepulcros mexiquenses por encima de la victoria posible pero divisoria que una coalición hubiera sido capaz de producir allí. Marcelo Ebrard probablemente piensa que fue una decisión correcta porque –al eludir la confrontación abierta con las tropas lopezobradoristas– mantiene viva su candidatura presidencial. Sigue en la jugada. Sigue cabildeando, armando, construyendo, influyendo. Pero lo que no ha percibido aún es que López Obrador nunca va a permitir que esa candidatura ocurra. Todas sus acciones y todas sus declaraciones en los últimos tiempos apuntan en una sola dirección: su regreso, su candidatura, su liderazgo, su resurrección. El cálculo de AMLO es que si Enrique Peña Nieto emerge como candidato presidencial, el tabasqueño será el constructor y beneficiario de un gran frente anti-PRI. Capitalizará 12 años de incompetencia panista y 71 años de corrupción priista. Sumará el movimiento social que ha mantenido durante los últimos años a la estructura de un PRD que –por miedo o falta de alternativas– acabará entregándole el partido en bandeja de plata. La debilidad de esta estrategia lopezobradorista es que los números simplemente no dan. Según la última encuesta de Mitofsky, si la elección fuera hoy, Enrique Peña Nieto ganaría con 40% de los votos, López Obrador sólo recibiría 20%, y cualquier candidato panista acabaría en último lugar, con 17%. Hoy por hoy, el PRI lleva la delantera con 20 puntos. Para remontarlos y ser verdaderamente competitivo en esa elección, López Obrador necesitaría –de manera forzosa– ampliar sus bases de apoyo. Y ello entrañaría cortejar y recibir el apoyo de los electores independientes y moderados, que será crucial para definir el resultado. Entrañaría dejar de ser el mesías tropical para convertirse en el Lula mexicano. El grave problema para la candidatura presidencial de AMLO es que esos electores independientes y moderados lo abandonaron después de las contorsiones postelectorales de 2006 y es poco probable que regresen. Sólo votarían por un candidato de izquierda si fuera más pragmático y menos ideológico, más centrista y menos radical, más dispuesto a proponer soluciones y menos enfocado a vociferar contra los malos modos de las mafias. Sólo estarían dispuestos a considerar su candidatura si AMLO la posicionara de otra manera; algo que no ha querido o no ha podido hacer. He allí el resultado paradójico de todo esto: Marcelo Ebrard está en mejores condiciones para ganar la elección presidencial, pero López Obrador no lo dejará contender, y López Obrador está en peores condiciones para contender, pero nadie en las izquierdas hará algo para impedirlo. He allí el contenido de la lata izquierdista en México hoy: un ganador potencial orillado, y un perdedor predecible al frente de un partido “unido” para perder. La izquierda necesaria pero suicida. La izquierda indispensable pero ensimismada. La izquierda “unida” pero rendida. La izquierda purista que defiende principios mientras acoge de nuevo a René Bejarano. La izquierda pragmática que promueve una consulta ciudadana en el Estado de México, para después ignorar sus resultados ante las amenzas de división. Embalsamada en una unidad etérea que difícilmente esconde visiones irreconciliables, actitudes antagónicas, corrientes contradictorias, intereses encontrados, visiones de mundo que se enfrentan una y otra vez. Instalada en la lógica perder-perder. Perder elecciones, perder espacios en el Congreso, perder la oportunidad de frenar al PRI, perder la posibilidad de actuar como contrapeso, perder la capacidad de influenciar la agenda nacional. Pateando hacia enfrente una lata que –cuando finalmente tengan el valor de destapar– les explotará en la cara.  

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