La ciudadanía de las mujeres... y el caso Esther Orozco

jueves, 21 de abril de 2011

MÉXICO, D.F., 21 de abril (apro).- A iniciativa de la Comisión Interamericana de Mujeres (de la OEA), ministras, congresistas, feministas y las llamadas expertas en género se reunieron recientemente en la ciudad de Washington para examinar la ciudadanía de las mujeres.

Es verdad que preocupa el déficit de representación femenina y que urge garantizar en todos los órganos de gobierno la paridad, de acuerdo con la demografía (las mujeres somos 52% de la población), así como las leyes de igualdad, que menudean en los países de las Américas.

La ciudad donde se ubica la Casa Blanca –a una calle está el museo que reconoce a las mujeres que lograron la paz en el siglo XX, tras dos guerras mundiales–, toda floreando en ese rosa precioso de los cerezos, cuando el sol aparece en primavera, sirvió de escenario para cubrir de un buen ambiente los debates y discusiones que mostraron la tremenda realidad: pocas mujeres en órganos de decisión y políticas sociales y económicas que siguen manteniendo a millones de mujeres en la exclusión y la discriminación.

El documental de la violencia estremeció a las participantes, entre ellas Michelle Bachelet, nueva directora de la política de avance para las mujeres de la Organización de las Naciones Unidas (ONU Mujer), y la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar.

Se habló globalmente de los obstáculos que todavía hay que vencer para que las mujeres tengan el lugar que merecen en la gobernanza del continente. Hubo testimonios, experiencias y cifras, así como muestras de avance y muchos retrocesos.

También se manifestaron preocupaciones. La principal, reconocer que el avance existe, es lento, pero existe, y son esas mujeres a las que la señora Bachelet llamó a tomar conciencia de su papel en esta hora clave para hacer efectivos los derechos de las mujeres.

La ex presidenta de Chile se refirió a las que logran cambios, a las que están con posibilidades de influir y ser voz de millones de mujeres, y las llamó a empujar las políticas para la igualdad y contribuir conscientemente a la democracia.

Menuda responsabilidad para ese porcentaje, que en promedio aún no llega a 30%, y que en algunos países encuentra profundas resistencias.

Recordar esta reunión –realizada el pasado 4 y 6 de abril– es obligado cuando en México hay un reclamo bien fundamentado a la manera como muchas mujeres, en el círculo privilegiado del poder, actúan exactamente como los hombres misóginos y, en lugar de abonar a la democracia, convierten su tarea en sospecha de autoritarismo y se olvidan que son mujeres.

La cuestión es mucho peor cuando esas mujeres de la elite, inteligentes, científicas sociales o de ciencias exactas, sí pueden comprender con claridad el significado de la desigualdad y el reclamo de ejercer otro tipo de mando, más aún si son o no capaces de contribuir a la democracia, ésta que reclama nuevos equilibrios en los poderes, donde las mujeres somos esenciales.

Como decía, viene a cuento porque un respetable grupo de mujeres de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) está solicitando la remoción de la doctora Esther Orozco –rectora de esa casa de estudios desde abril de 2010– por su manera de dirigir, de tratar a los trabajadores y de promover acciones misóginas para relevar el papel de las mujeres, como sucedió el 8 de marzo, cuando se cumplieron 100 años desde que se acordó el Día Internacional de la Mujer en Copenhague, en 1910.

Las feministas de la UACM, profesoras, estudiantes y trabajadoras de diversas corrientes, afirman que la rectora actúa con prepotencia, misoginia y autoritarismo. Lo grave es que Esther Orozco tiene una gran reputación como mujer de ciencia. Ella misma realizó interesantes políticas a favor de las mujeres a su paso por el Instituto de Ciencia y Tecnología de la Ciudad de México. No se le puede reclamar una conciencia feminista, ya que siendo mujer ilustrada contó con apoyos porque había esperanza en su actuar. Para muchas, esa conciencia feminista fue un punto a su favor cuando se discutía quién ocuparía la rectoría.

Hace meses que el sindicato de esa casa de estudios ha reclamado, una y otra vez, diálogo y soluciones. Sabemos que las mujeres en el poder –y se dijo en Washington– muchas veces no tienen apoyo ni recursos; otras exceden su actuar por miedo y falta de confianza en sí mismas, o simplemente se enfrentan a aparatos que las estrangulan.

Sin embargo, hay casos fantásticos donde enfrentan esto y más y salen adelante, pero también hay esos tremendos casos donde ni siquiera se plantean que están llamadas a hacer una política diferente y a afianzarse en la historia de lucha de las mujeres.

Tal es el caso. Dicen las feministas que comenzaron a lamentar el autoritarismo de doña Esther desde que se hizo del puesto, desde su toma de posesión.

Y es que la rectora ha puesto en práctica "una política caracterizada por la falta de disposición al diálogo, no se diga a la crítica; una estrategia antisindical, de acoso laboral, e irregularidades como la retención de  cuotas sindicales, así como despidos y un despotismo que raya con la megalomanía”.

Afirman: "Nos alarmaron los crecientes reportes de corrupción y nepotismo que fueron expuestos en un reportaje de Emir Olivares, publicado en La Jornada del 10 de abril".

Fue claro que no entiende nada sobre feminismo. Como muestra  --dicen las peticionarias de la renuncia--, el pasado 8 de marzo la Coordinación de Servicios Estudiantiles, encabezada por Erika Araiza, organizó en la UACEM una carrera de tacones, con dos requisitos: los tacones debían medir más de siete centímetros y  las participantes  contar con seguro facultativo del IMSS.

Ello, obviando los riesgos que significa para la salud una carrera con tacones –dejando claro que este acto pervierte el sentido de un día (el 8 de marzo) conquistado por las mujeres en la reivindicación de sus derechos.

La iniciativa levantó gran indignación entre la comunidad universitaria y feminista, ya que evidenció el despliegue de misoginia que reproduce símbolos de la feminidad opresiva, en una coyuntura donde el feminicidio y la violencia contra las mujeres aparecen como parte del escenario cotidiano.

Pese a los argumentos, las autoridades universitarias se negaron a cancelar la carrera, de la misma forma en que ahora la rectora no reconoce la crítica a su actuar.

Este hecho es una verdadera tragedia, porque los puestos para las mujeres, la demanda de paridad y la pelea constante para lograr la cuota de participación política, así como la demanda para derrumbar los obstáculos y tener más mujeres en el poder, es de pronto enfrentado a realidades que es conveniente ventilar.

El cuerpo de mujer no garantiza –dicen las italianas–, porque frente a la discriminación y la injusticia se necesitan mujeres con otra forma de actuar, una mucho más democrática y comprometida que la empleada hasta ahora por los hombres, de ahí que no funcione apoyar a mujeres sólo por ser mujeres. Tenemos, como el de la doctora Orozco, otros ejemplos deplorables entre las políticas, lamentablemente.

El caso de Orozco duele tanto como el de aquellas mujeres que, subidas a un pequeño pedestal, se olvidan de las otras, hostigan a sus maestras y antecesoras, interpretan el poder para minimizar, para mostrarse al mundo con las mismas prácticas del sistema y no para transformar.

Escuché a la señora Bachelet decir algo fundamental: Una mujer en el poder político cambia a muchas mujeres. Ese poder podría transformar la realidad, pero mientras tanto hay que insistir en que es inaceptable, de donde venga, el autoritarismo y la misoginia, pero viniendo de una mujer que tiene inteligencia y parece comprometida, es muy grave.

 

saralovera@yahoo.com.mx

 

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