Narrar el fracaso

miércoles, 6 de abril de 2011

1. Lo que un país dice de sí mismo es lo que es y lo que volverá a intentar ser. Los políticos estadunidenses afirman, en cada discurso donde requieren de un momento retórico que eleve el entusiasmo del auditorio, que Norteamérica es la Nación más creativa del mundo y de la Historia. El resto de los bípedos pensantes del planeta podemos entrecerrar los ojos por la pena ante la arrogancia, pero los estadunidenses vuelven a afirmar en el siguiente discurso esa muletilla, esa creencia que cifra su identidad y les da un rumbo común. 

Europa la antigua, Europa la apocada por dos guerras terribles el siglo pasado, Europa la humanista, se dice a sí misma que es el enlace de la tradición y de la invención de un mundo más piadoso y digno. Y la creación de la Unión Europea, cuya meta no es la hegemonía mundial, sino el bienestar y la dignidad de cada individuo, da a Europa su sentido presente y su programa futuro. 

¿Qué nos decimos los mexicanos de los mexicanos? Acá hay que pisar con sumo cuidado, andar de puntitas, porque nuestra narrativa de nosotros mismos condena de antemano cualquier afirmación que use el plural de la primera persona. 

Nos decimos que no podemos fraguar una narrativa común. Nos repetimos que no nos alcanza el talento ni el amor por el prójimo ni la consistencia para narrarnos y luego ser los que hemos narrado. Somos los relatores, una y otra vez, del fracaso común. Somos los historiadores de nuestro desencanto. Somos los engañados desengañados, cuya muy mexicana sobriedad es un estilo de la tristeza de ser nosotros. Y como cualquier Nación, aplicamos la meta-narrativa en que estamos insertados, a todo evento. 

No es casual que el libro que aún presentamos a los extranjeros como aquel que nos descifra sea El laberinto de la soledad, que nos narra en la alta prosa de un premio Nobel como hijos de la madre indígena chingada, es decir violada por el conquistador, y en ruta directa al infierno de la Chingada de volver a jodernos a nosotros mismos. 

 

2. ¿Cuál fue el último discurso en el que te sentiste profundamente emocionado y lleno de entusiasmo por el porvenir? La pregunta se la he hecho durante los últimos meses a mexicanos de todas las filiaciones ideológicas. 

La respuesta más común señala el año de 1999: Vicente Fox apalabró entonces un sentir común innegable y una ruta de futuro posible, las dos condiciones de una narrativa compartible. Es verdad, su legado no fue una larga narrativa, memorables Fox dejó apenas unos cuantos momentos lingüísticos, pero contundentes. “Hoy, hoy, hoy”. “Saquemos al PRI de Los Pinos”. “A mí tal vez se me quite lo majadero, pero a ustedes lo maloso y lo corruptos, no se les va a quitar nunca”. 

La segunda respuesta más frecuente señala el 2006, al discurso de Andrés Manuel López Obrador en un Zócalo de la Capital repleto hasta los copetes de los edificios que lo circundan. El justamente famoso discurso que llamaba a la moratoria de los odios entre los mexicanos, y terminó con un relámpago verbal. “Los amo, desaforadamente”. (Guardo como un tesoro la imagen de Carlos Monsiváis en un balconcito estrecho del Hotel Majestic, murmurando a la par de AMLO, del otro lado de la plaza, palabra por palabra de ese discurso que acaso redactó él o por lo menos corrigió hasta volverlo propio.)

 

3. Toda identidad nacional es hija de la Historia y de una ensoñación del Futuro. Por tanto, los mexicanos somos huérfanos: carecemos de un Futuro apalabrado y consentido, y vivimos oprimidos por la narrativa de un pasado de impotencia. De cierto, las últimas tres décadas vividas bajo el gobierno del PRI desbarataron nuestra fe en los grandes proyectos nacionales. La oratoria priista, rica en vocabulario e ideas, adolecía de la inverosimilitud. Narraba un México mentido y un México futuro increíble. En los rieles de la simulación, los largos y sonoros discursos del PRI no podían capturar la emoción de los ciudadanos ni avivar su entusiasmo. Para colmo, parte de la dinámica del priismo suponía la breve temporalidad de sus narrativas. Pasado su sexenio, el gran orador, el Presidente, era descabezado por el nuevo presidente y su retórica era empaquetada y lanzada al olvido. 

Paralelo a las sucesivas narrativas priistas, se fue fraguando un discurso ciudadano del rechazo al poder. Ser intelectual y ser creíble en las postrimerías del siglo pasado, incluía un gran No al gobierno y apenas un manojo de aspiraciones positivas. La fe en la democracia y en el reconocimiento de la diversidad social y la urgencia de un México menos pobre.  

Así nos encontró la democracia. Sin una narrativa ciudadana de largo aliento para el momento en que los ciudadanos sí pudiéramos, nuestros anhelos encarnados por nuestros elegidos para el Poder; y sin una narrativa para el Poder, donde el Poder sí se ejerciera para el bien común. 

 

4. Henos aquí, ahora, atrapados todavía en el Gran No. En la costumbre del rechazo mecánico a cualquier otro. En la descreencia del prójimo. En el descabezamiento de cualquier evento que sobresalga. En el remache cotidiano del desencanto. En la sobriedad del desengañado, esa austera tristeza reaccionaria. 

No es casual que en este 2011 avancemos hacia una nueva sucesión presidencial entre discursos políticos que oscilan entre el repudio de los otros bandos y, al momento de trazar un futuro, un minimalismo patético. Aterrados por la guillotina que es la opinión pública, hasta hoy ningún precandidato se atreve más que a apalabrar sus odios (que no vuelva el PRI; que se vaya el PAN; qué susto el populismo de la Izquierda) y a balbucear lugares comunes sobre el futuro. 

Si ningún nuevo aspirante nos asombra, para el 2012 podremos elegir entre candidatos que nos garantizan una sola cosa: que los otros candidatos no serán electos. 

 

5. Cuéntame una nueva historia, le pide el Sultán a Scherezada en Las mil noches y una noche de Vargas Llosa. Asómbrame, sácame de la sombra del pasado. Cuéntame de un lugar iluminado a donde tú y yo podamos caminar sin que tú o yo saquemos de entre nuestras ropas una cimitarra para cortarle al otro la cabeza.

 

(*) Este texto se publica en la edición 1796 de la revista Proceso, ya en circulación.