Caminar en silencio para gritar ¡ya basta de la guerra!

jueves, 5 de mayo de 2011
MÉXICO, D.F., 5 de mayo.- Caminar como expresión de una determinación moral y material, de la firmeza de un objetivo: no dejar pasar más la raya de la “frontera moral” nacional en lo inhumano y violento; caminar como sinónimo de un hartazgo y dolor ya insoportable ante una guerra civil (Montemayor dixit) que como sociedad civil nunca aprobamos. Desde de finales del siglo pasado hay un vuelco radical en torno de la identidad de las bajas humanas en las guerras. En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, 15% de los muertos fueron civiles; en la Segunda, la cifra aumentó a 50%, y en la primera de Irak –la de 1991–, se elevó dramáticamente a 90%. En las tres iniciativas que lanzó al país el pasado 13 de abril en el Zócalo de Cuernavaca, el poeta y activista no violento Javier Sicilia propone que nuestra sociedad civil asuma un mayor protagonismo para detener esta etapa de la guerra que nos atraviesa; su propósito es, lo antes posible, hacerla regredir al terreno de las soluciones no armadas. Para lograrlo, es preciso seguir los consejos de Gandhi, quien dijo: “Por mucho tiempo pensamos que el poder venía sólo de las asambleas legislativas… (Pero) esta creencia es un grave error causado por la inercia o por una especie de hipnotismo. Un estudio superficial de la historia inglesa nos ha hecho pensar que todo el poder llega al pueblo por los parlamentos. “La verdad radica en que el poder está en la gente y es confiado momentáneamente a quienes ella puede elegir como representantes propios. Los parlamentos no tienen ningún poder y ni siquiera existencia independientemente del pueblo. Convencer al pueblo de esta sencilla verdad ha sido mi tarea en los últimos 21 años. La desobediencia civil es el depósito del poder.” Es claro que la suma mecánica de estas acciones no constituye una estrategia para detener tanta violencia en el país. Nos toca enriquecer las acciones entre sectores de la sociedad cada vez más amplios; es un punto táctico en la acumulación de fuerza moral y material para frenar la impunidad e inhumanidad que priva en el país. La primera acción propuesta es comenzar a darle nombre e identidad a los muertos y desaparecidos durante esta guerra; ir construyendo una memoria viva y activa desde abajo para que esos muertos dejen de ser anónimos, culpabilizados, o se reduzcan a la simple estadística de los “daños colaterales”. Lo deseable es que se sepa a nivel masivo cómo murieron y se les haga justicia. Así, la tarea de llenar las plazas y lugares públicos simbólicos con placas e historias de esos jóvenes (que son la mayoría de las víctimas), niños, ancianos, hombres y mujeres a lo largo del país, es sólo un primer paso. El segundo consiste en una marcha-caminata de cuatro días (que se realizará del jueves 5 al domingo 8) al corazón de la nación mexicana, al centro de sus poderes: al Zócalo-Tenochtitlan. Caminatas largas y simbólicas ha habido muchas: la de la sal de Gandhi en la India; la de los comunistas en China; la del millón de Martin Luther King; la del líder chicano César Chávez a Sacramento; la de la Minga colombiana; la de la Dignidad del doctor Salvador Nava; la del Color de la Tierra de los zapatistas… No se trata sólo de una marcha de Cuernavaca al Distrito Federal, sino de movilizaciones y acciones paralelas no violentas en muchas ciudades del país y el mundo, que ayuden a crear una gran presión social. La movilización a la que convocó Sicilia es importante para crear un estado de agitación y reflexión colectiva continua durante esos días en todos los rincones del país. El propósito es que, como bola de nieve social, contribuya a ampliar una gran columna de la protesta y propuesta nacional que avance desde Cuernavaca; que, como una marea de la dignidad y la firmeza de la sociedad civil nacional, bajo el lema “Estamos hasta la madre. ¡Alto a la guerra! Por un México justo y en paz”, en otros puntos de nuestro territorio también haya actividades. Cada día de marcha se irá corriendo la voz en todos los rincones del país: “Ahí va la ‘bola’ hacia el DF”, similar a la expectativa que generó la marcha gandhiana de la sal; en la medida en que avanzaban los días en la India, la gente decía: “Ya están cerca, qué pasó hoy… En esta ocasión será un levantamiento nacional de la indignación moral. A partir del asesinato de Juan Francisco Sicilia Ortega y sus amigos, la sociedad civil está pasando del terreno de la solidaridad al de la lucha, pues los cuerpos están en una situación distinta, ya que todos hemos podido visualizar más de cerca nuestra propia vulnerabilidad. Se “tocó” a la clase media, y entonces la gran determinación de ese cuerpo agredido hizo que ésta y los demás sectores salieran masivamente a la calle, sobre un piso de gran hartazgo social. La muerte de estos jóvenes significó la acumulación de las 40 mil muertes que permanecían en el silencio, la amenaza, la vergüenza y el terror. Esta convocatoria significó la ruptura de ese terror y la posibilidad de que el dolor social se hiciera acción colectiva. Javier Sicilia ha insistido también en que sea una marcha-caminata de silencio. El silencio es un arma moral y no violenta que habla; no es el “silencio de los sepulcros”, sino el grito de indignación de los vivos que luchan para que no haya más sepulcros inútiles. No se trata de un silencio pasmado, aterrado, sino activo, de lucha. Es un silencio incluyente que une, que ayuda a escuchar y organizarnos, a tomar conciencia de la catástrofe o emergencia nacional en que nos hallamos, una señal de luto por el piso de sangre de 40 mil muertos sobre el que todos caminamos en México. Un ejemplo reciente en nuestra historia de un silencio combativo y esperanzador es el de las comunidades indígenas autónomas chiapanecas desde 2003. A este silencio va unida otra idea central: la búsqueda de la verdad. Gandhi llamaba a la no violencia justamente “la fuerza de la verdad” y eso es lo que gran parte de la sociedad mexicana está buscando: saber la verdad. ¿Por qué hay 40 mil muertos, 10 mil huérfanos y 250 mil desplazados sólo en Juárez, miles de desaparecidos, y el gobierno habla de paz? ¿Quiénes son los asesinos de los cuatro jóvenes de Cuernavaca, de los seis miembros de la familia Reyes, de Marisela Escobedo y de Susana Chávez; de los 16 jóvenes en Salvárcar, Chihuahua; de Betty Cariño y de Jiri Jaakkola; de los 48 niños de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora? ¿Por qué se destinan seis veces más fondos a la guerra que al combate a la pobreza, si hay 8 millones de jóvenes que no pueden estudiar ni trabajar? ¿Por qué no se ha enfrentado seriamente el lavado de dinero y la autonomía del Poder Judicial? A lo largo de la historia las masas siempre han tenido la capacidad de identificar símbolos, así como objetivos claros y sencillos a corto plazo. Dos símbolos clásicos de grandes marchas han sido la de la sal en la India (marzo 1930) y la del Color de la Tierra emprendida por los zapatistas (2001). En estos momentos el símbolo es otro: los muertos y desaparecidos. Iremos a la marcha con los nombres de los muertos y desaparecidos de cada estado, con sus fotos, para “visibilizarlos”. Marcharemos juntos vivos y “muertos” para exigir paz, verdad, con justicia y dignidad. Pero también es importante no autoengañarnos ni crear falsas ilusiones, o reforzar un mesianismo que todos sabemos que no lleva más que a caciquismos y caudillismos estériles y aun violentos. Con estas acciones no se va a detener la guerra en el corto o mediano plazo, pero sí se va a ir, como bien señala Javier Sicilia, “reconstruyendo el piso de la nación, que está totalmente desgarrado por tanta violencia, en un estado de emergencia nacional”, sobre el cual se podrán situar todas las demás demandas sociales. Sin embargo, este nuevo ¡Ya basta! civil y pacífico tiene como desafío irse transformando en algo organizado y estratégico, que no puede depender de la iniciativa, como en parte hasta ahora, de una o varias figuras centrales con alta acumulación moral pública. Lograr esta articulación y suma organizada positivamente, con pluralismo, respeto, libertad y creatividad, será la posibilidad de pasar de una etapa de movilización a una de movimiento social. El paso final de esta etapa de lucha civil y pacífica será construir una especie de “pacto”, como sostienen muchos, primeramente entre la sociedad civil, y luego con las otras fuerzas sociales del país, con una serie de pocas y muy concretas acciones básicas sobre la seguridad, economía, justicia…, que hay que asegurarse sean cumplidas por los responsables. El pacto nace de la crisis del modelo de representatividad política, donde la clase política no representa ni escucha a nadie. Estamos ante un parteaguas en nuestra historia actual, la foto de la disyuntiva es: por un lado, el sistema trata de imponer la ley de seguridad nacional que atenta contra toda forma de los derechos humanos y militariza más al país; por el otro, estas movilizaciones masivas civiles y no violentas por la paz con justicia. Guerra o paz. Por eso hay que marchar ¡ya! Es hora de levantar la voz y el cuerpo, unirnos en un ¡Alto a la guerra en México!