Silencio vs Relajo

miércoles, 24 de agosto de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El pasado domingo 14 estuve en la marcha que convocó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). Caminé del Museo de Antropología  a Los Pinos en ese “paseo dominguero”, como lo llamó Álvarez Icaza, pero ya no seguí rumbo al Senado. Aunque indudablemente lo que sacó a miles de personas a la calle fue un sentimiento de solidaridad hacia una cada vez mayor comunidad de víctimas, y la esperanza de que la presión ciudadana pueda reformar la Ley de Seguridad, la manera diferente en que participaron algunos jóvenes me llamó poderosamente la atención.  Si bien es un hecho que en toda movilización popular confluye una amplia variedad de visiones y que el terreno de lo político es un ámbito intersubjetivo donde circulan las tensiones agonistas, a veces tal diversidad me rebasa (con el término agonista nombro no al enfrentamiento –antagonismo–, sino a la tensión inherente a las múltiples diferencias presentes). Sé que esperar una coincidencia absoluta de actitudes en una multitud es un desacierto mío; sin embargo, desearía que las diferencias que se manifiestan no fueran tan, tan diferentes. Trataré de explicar mi incomodidad. El Movimiento ha avanzado a partir de algunos acuerdos puntuales. Pero no sólo eso. También ha impulsado otra lógica política, instaurando una práctica y un  discurso de “no a la violencia” en todas sus formas. El mensaje civilizatorio, inscrito en la actitud pacifista de Sicilia, así como su reivindicación del valor de la palabra y del silencio, han sido tal vez los elementos más característicos de su accionar político. Este estilo, que irrita a algunos pero que la gran mayoría respeta con asombro, transmite un mensaje de civilidad inédito en la vida política de nuestro país. Ya no se trata de “eliminar al enemigo”, sino de dialogar con el adversario, ¡incluso besarlo! Por eso me irritaron tanto las consignas de “¡Muera Calderón!”, emitidas por un grupo de jóvenes vestidos de rojo y negro. Me pareció que, más que sumarse a la convocatoria, aprovecharon el momento para dar rienda suelta a su ira, y lamenté que no comprendieran el sentido propuesto para la marcha: el silencio. Por otra parte, también me sorprendió que llegaran jóvenes con instrumentos musicales y organizaran una especie de “batucada”, con bailes y cantos; otros pocos vinieron maquillados como mimos, haciendo equilibrios en monociclos ¡como en el circo! Sin llegar a molestarme tanto como los que gritaban consignas necrófilas, estos jóvenes también me sacaron un poco de onda: ¡estaban echando relajo! Y como la manera en que se participa políticamente hereda las características de la cultura,  recordé lo que hace 45 años dijo Jorge Portilla sobre el relajo. Según Portilla, el relajo, un comportamiento cuyo sentido es el de suspender la seriedad, consta de tres momentos discernibles: el primero es el de un desplazamiento de la atención; el segundo, el de una toma de posición en la que el sujeto se coloca a sí mismo en una desolidarización del valor que le es propuesto; y el tercero, el de una acción que consiste en manifestaciones exteriores que constituyen una invitación a otros para que participen en esa desolidarización. O sea, los actos tendientes a provocar relajo en una situación seria implican una desatención, una falta de solidaridad. Dudo mucho que, interrogados al respecto, los jóvenes que cantaron, bailaron y echaron relajo durante la marcha respondan que les vale el mensaje que el Movimiento quiso lanzar con su marcha silenciosa. Más bien creo que ante la carencia de espacios de expresión colectiva, las marchas han sido tomadas por distintos grupos, la mayoría integrados por jóvenes, como un espacio para expresarse. Y como en México una forma característica de expresión es el relajo, también en la anterior marcha del silencio que llegó al Zócalo hubo grupos musicales, danzantes varios y encueratrices improvisadas. Esos jóvenes otorgaron su respaldo al Movimiento ¡con un espectáculo! Hace tiempo Guy Debord analizó la cultura del espectáculo, y señaló que ésta se ha consolidado en  nuestra época histórica porque todas las personas quieren expresarse, exhibirse, pues en la manera de ser, aunque sea por un momento, tienen el reflector de protagonistas. Los movimientos sociales son un espacio de expresión inmediata de deseos y necesidades, de sueños sociales y aspiraciones colectivas. Si uno se suma a una iniciativa, vale la pena respetar la consigna que ésta propone. Persistir en la propia forma de expresión, justificándose por el entusiasmo o  la indignación que se siente pero sin asumir la propuesta que convoca, es un indicador de sectarismo o de desprecio hacia los demás: “No importa que allá adelante vayan las víctimas, nosotros queremos echar  relajo”. Una participación política más plenamente democrática y cívica implica acatar ciertas reglas de respeto y convivencia. Ojalá que esos  jóvenes activistas que acompañan al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se den cuenta de que si algo nos ha enseñado Javier Sicilia es el valor de la civilidad al confrontar profundos desacuerdos políticos y existenciales. Por eso, para unir mejor los variados esfuerzos en torno al Movimiento, hay que aprender a participar cívicamente.