Amor y política

miércoles, 11 de enero de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Las palabras tienen la particularidad de que pueden emocionar o irritar, enfurecer o calmar, movilizar o paralizar. Depende del contexto. En especial la palabra “amor” puede ser decisiva o intrascendente, dependiendo de si está llena o vacía de significado. Tal vez por eso a muchas personas unir las dos palabras “república” y “amorosa” les suscita rechazo, burla, enojo o desprecio, mientras que a otras les despierta interés, esperanza o felicidad. En el ámbito de las redes ciudadanas a las que pertenezco, el documento Fundamentos para una república amorosa, de AMLO, ha producido principalmente reacciones negativas. En especial, su uso de ciertas palabras con connotación religiosa –prójimo, espiritual, bondad– genera incomodidad, malestar e, incluso, desconfianza. Y ante la combinación de la palabra “amor” con la de “república”, la mayoría de mis conocidos coincide con el señalamiento de Javier Sicilia: “Decir república y amor es un contrasentido”. (Proceso 1833, del 18 de diciembre.) Sicilia, que irritó a muchas personas con sus besos y abrazos a los políticos, elabora sobre una de las condiciones básicas del amor: su no obligatoriedad. “El amor es contrario al poder y, en consecuencia, no puede mandar ni mandarse, no puede normar ni normarse”. Sí, eso que reconocemos como amor sólo se da en libertad. Nadie puede obligarnos a amar. No podemos tampoco obligar a otros a hacerlo. ¿República amorosa? ¡Híjole! ¿De qué se trata? Cuando escuché por primera vez “república amorosa” la asociación me molestó, pero me puso a pensar. Me molestó porque mistifica al amor, en sus distintas dimensiones: amor a la pareja, a la familia, al prójimo, a la patria. Todos esos amores tienen fallas y grietas inevitables. Hay procesos psíquicos y sociales que erosionan al amor; también hay simulacros cursis y perversos que sustituyen al amor. Y muchísimas personas nos vamos con la finta y aceptamos esos sustitutos. Aceptamos algo que se quiere hacer pasar como si fuera amor y no lo es, y que acaba siendo desamor. Por otro lado, he estado dándole vueltas a la idea y he llegado a pensar que se trata de una propuesta verdaderamente radical. Todas las vidas penden del amor, pero no sólo del amor de los padres o de las parejas, sino principalmente de la sociedad. Y creo que a eso es a lo que Andrés Manuel se refiere con su provocación de la “república amorosa”. Porque es indudable que el umbral que separa la civilización de la barbarie entre los seres humanos es el amor por los demás. ¿Será que la “república amorosa” es la atención y el cuidado de todos los seres humanos que nos rodean? No quisiera que mi deseo me encandilara, pero me parece que la “república amorosa” remite a demandas principalísimas que el feminismo ha formulado hace tiempo y que ningún político ha retomado a cabalidad: la de la imprescindible conciliación trabajo-familia y la de poner el cuidado de los seres vulnerables en el centro de la agenda política. ¿Será que el sentido profundo de esa incomprensible mancuerna de “amor” y “república” es precisamente el de la atención y el cuidado de los demás? Solamente con amor se puede desarrollar un verdadero compromiso político con todas las personas. ¿Será eso lo que AMLO sugiere con “república amorosa”? Hay quienes la descalifican como un giro retórico o una estrategia discursiva. ¿Y si fuera un dispositivo que, ante los niveles brutales de deshumanización en los que estamos insertos, impulse a pasar de una aspiración “racional” a un anhelo político distinto? La indiferencia ante la situación de las demás personas es una de las consecuencias del sistema inhumano en que vivimos. La indiferencia es un resorte subjetivo de la dominación, e indudablemente el amor es indispensable para desarmar ese mecanismo. La indiferencia aísla, enajena, deshumaniza. La indiferencia impide un vínculo solidario y dificulta la construcción de un proyecto político que asuma las necesidades de sobrevivencia de todos los seres humanos durante su frágil y temporal residencia en este mundo. La lógica política que produce la indiferencia es la de “no me importa, ese no es mi problema”. En cambio, la lógica del amor es la de “me importa y es mi problema”. Ya existen varios análisis de las conductas humanas que producen esta máquina de deshumanización que es nuestra sociedad, cuyo sistema sociopolítico somete a sus habitantes a un régimen de indiferencia y crueldad. El capitalismo salvaje, la política neoliberal y el individualismo narcisista alimentan estados de sufrimiento y crueldad que son compatibles con lo que se considera una correcta inserción en la sociedad: cada quien mira por sí mismo e ignora al prójimo. Creo que la propuesta de López Obrador al hablar de “república amorosa” va en la dirección nada desdeñable de erosionar la cruel indiferencia a la que nos hemos acostumbrado. Con su “república amorosa” pretende enfrentar la desestructuración de la solidaridad y reafirmar el amor como un pilar de la condición humana. Ante la banalización que se ha hecho de su propuesta, valdría la pena que Andrés Manuel López Obrador desgranara con detalle las políticas públicas que implicaría instaurar su “república amorosa”.

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