Obama y Peña, el próximo encuentro

viernes, 23 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La reelección del presidente Barack Obama –festejada por la mayoría de la opinión pública mundial– lo conduce a un segundo periodo en el que los problemas a resolver no serán fáciles. De inmediato debe negociar con la Cámara de Representantes, dominada por los republicanos, un acuerdo fiscal que permita reducir la deuda pública. De no lograrse dicho acuerdo, a partir del 1 de enero entrarán en vigor automáticamente recortes hasta por 500 mil millones de dólares que augurarían una recesión económica e innumerables descontentos. En tales circunstancias, es difícil imaginar que Obama pueda dedicar mucha atención al encuentro con el presidente electo de México el próximo 27 de noviembre. Y, sin embargo, es un evento de trascendencia para la vida de los dos países. A pesar de sus tribulaciones, Obama deberá recibir un mensaje lo suficientemente convincente como para elevar la prioridad otorgada a México durante su primer periodo presidencial. Los dirigentes estadunidenses raramente han tenido conciencia de la dimensión que merece su política hacia el vecino del sur. Durante años, ésta sólo adquiría importancia cuando era necesario apuntalar su estabilidad política o económica. Superado ese problema, las relaciones se dejaban a la inercia de dos países fronterizos integrándose de manera creciente. Basta ver las cifras de comercio, inversión, número de mexicanos que trabajan en Estados Unidos, turismo, cruces fronterizos, para dar cuenta de ello. No está demás recordar que se trata de una integración asimétrica en la que la parte más débil es México. Paradójicamente, es semejante debilidad la que coloca del lado mexicano la responsabilidad de romper la orientación con que durante los últimos años se conducen las relaciones entre los dos gobiernos; presionar a favor de una relación que refleje, en la riqueza de su agenda, en el buen funcionamiento de los mecanismos de comunicación y en su nivel de cooperación, la importancia que tiene la interacción de los dos países. Con excepción de los años en que la Comisión Binacional México-Estados Unidos reunía con periodicidad a casi la totalidad de miembros del gabinete de uno y otro lado, esa interacción no se refleja en el diálogo gubernamental. Los encuentros para fines casi exclusivos de seguridad son los que han dado el tono a la relación los últimos seis años. Un primer encuentro como el que ocurrirá el día 27 no es la ocasión para negociar problemas específicos. Pero sí es el momento de imponer un nuevo estilo. Se trata de hacer sentir que tanto por la existencia de una frontera como por la intensidad de los vínculos existentes entre México y Estados Unidos la relación debe ser una “relación especial”, distinta y más favorable respecto de la existente con cualquier otro país. Desde luego es algo muy diferente a la relación especial que existe entre Estados Unidos y el Reino Unido; es algo singular que debe caracterizarse por el esfuerzo en identificar los intereses comunes, y por la convicción de que sólo estableciendo principios sólidos de cooperación se pueden manejar adecuadamente asuntos que son urgentes en ambos lados de la frontera. Enrique Peña Nieto no puede perder de vista que los intereses que están en juego en la relación con Estados Unidos son decisivos para su plan de gobierno; a su vez, el sello que vaya a estampar en dicha relación tiene la mejor oportunidad de expresarse ahora, cuando se inicie su administración. No es posible fijar metas de un Plan Nacional de Desarrollo sin tomar en cuenta la manera en que se desenvuelva la economía de Estados Unidos; no es posible trazar un plan energético de largo plazo sin saber cómo será el entendimiento con Estados Unidos en materia de hidrocarburos y energías renovables; no es posible hacer planes para el futuro de regiones expulsoras de migrantes sin saber cuál sería el contenido de la reforma migratoria en Estados Unidos, si es que llega a aprobarse; no se puede reflexionar sobre la competitividad de la economía mexicana sin saber el papel de las empresas automotrices instaladas aquí. Finalmente, no conoceremos el destino de la lucha contra el crimen organizado sin conocer la anunciada revisión de los acuerdos actuales, tanto en el marco de la Iniciativa Mérida como en el de otras agencias de seguridad estadunidenses como la DEA, la CIA, el FBI y los diversos agentes de inteligencia que asesoran y orientan las acciones para la persecución de traficantes en México. Por lo que toca a Estados Unidos, México es su segundo socio comercial, el principal proveedor de mano de obra para diversas actividades agrícolas, de servicios, de manufacturas. Además, la importancia política de los latinos (la mayoría mexicanos) se puso de manifiesto en la última elección, cuando se convirtieron en el elemento decisivo para ganar la batalla del voto electoral en estados clave. Esto y muchas otras razones, como la imposibilidad de cuidar las fronteras del territorio estadunidense sin contar con México, son el contexto que invita a buscar una relación más benéfica y construida sobre instituciones más firmes. Tal es la tarea de Peña Nieto en este encuentro. Además de un buen apretón de manos y una mirada que despierte simpatía, la química de la que tanto se habla, lo deseable es un discurso o intercambio de ideas breve pero muy bien construido, punto de partida para colocar la relación en un nuevo nivel de prioridad y un nuevo marco conceptual. Con la opacidad que ha caracterizado al equipo de transición, hasta ahora sólo se ha obtenido el comentario (Reforma, 12/11) sobre un comunicado del vocero de dicho equipo informando que Peña Nieto hablará de seguridad, migración y derechos humanos (?). Esperemos que haya un propósito más amplio. En las breves palabras que el presidente electo intercambie con Obama va de por medio su legitimidad como un presidente con tamaño de estadista. ¿La obtendrá?

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