México ante Obama o Romey

lunes, 5 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Al momento de escribir estas líneas, según las encuestas, sigue el empate técnico entre los contendientes a la presidencia de Estados Unidos. En los estados “oscilantes”, aquellos que en último momento dan los votos para poder alcanzar los anhelados 270 en el Colegio Electoral, la batalla se da casa por casa, elector por elector. Los equipos de uno y otro luchan por ganar a los indecisos, por convencerlos de ir a votar el 6 de noviembre. Para dar mayor dramatismo al momento, el huracán Sandy ha devastado la costa nordeste de Estados Unidos dando un giro a la atención de la opinión pública que, por lo pronto, ha dejado en segundo término la batalla electoral. Quizá es un acontecimiento favorable para Obama; sólo quizá. Mientras se mantiene el suspenso, en México se formula con insistencia la pregunta: ¿Quién le conviene a México? Ante todo, cabe recordar que nuestro país no es prioridad en esta campaña electoral. Son otras las regiones y los problemas que aparecen en debates y comparecencias donde lo importante es asegurar votos. Desde esa perspectiva, la mirada de los candidatos sobre la situación internacional parece limitada y superficial, casi insultante si se toman en cuenta las responsabilidades que tienen sobre los acontecimientos mundiales. Pero así es en una campaña: desgraciadamente la política exterior queda supeditada a las necesidades electorales inmediatas. Lo anterior no significa que México no le importe a quien llegue a la Casa Blanca y, aún menos, que sea un asunto menor para los mexicanos. Por el contrario, el triunfo de uno u otro de los candidatos tendrá gran importancia para el futuro de nuestro país, por varias razones. Dentro de ellas hay dos que conviene hacer notar. La primera es la orientación que darán a la política económica. Para México el crecimiento de la economía estadunidense es fundamental. Para bien o para mal, el principal motor de la economía mexicana son las exportaciones a ese país. Un estancamiento y, peor, una recesión en Estados Unidos, harían muy difícil alcanzar las aspiraciones de crecimiento económico que prometen los dirigentes y anhelan todos los mexicanos. Si se toman en cuenta la historia de los últimos años y los puntos centrales de las propuestas de Romney, la balanza se inclina definitivamente a favor de Obama. Así lo han entendido dos medios de comunicación tan importantes como el New York Times y el Washington Post, que acaban de fijar su línea editorial a favor de su reelección. Los argumentos son convincentes: No se puede perder de vista que los orígenes de la crisis desencadenada en el 2008 provino de las administraciones republicanas; tampoco se puede ignorar que las bases de la propuesta económica de Romney, centradas en la disminución de impuestos y el repliegue del gobierno, tienen una posibilidad de éxito muy dudosas. Conllevan el peligro de producir una seria recesión, que se manifestaría tan pronto como el año entrante. El segundo tema de interés para México tiene que ver con la mayor o menor disposición de quien llegue a la Casa Blanca hacia los trabajadores mexicanos en Estados Unidos. Aquí los hechos apuntan también, aunque se pueden señalar ambivalencias, a favor de Obama. Es conocido el compromiso de Romney con las filas de su partido más profundamente opuestas a la presencia de trabajadores que lleguen sin permiso a Estados Unidos. El sentir de grupos republicanos es el que ha inspirado las leyes estatales anti-inmigrantes, cuyo mejor ejemplo, aunque no el único, es la Ley Arizona. Por lo demás, ha expresado su preferencia por alentar la “autodeportación”, que se busca haciendo intolerable la vida a los trabajadores indocumentados. Cierto que el récord de Obama en materia migratoria no es totalmente satisfactorio. La prometida reforma integral no fue presentada al Congreso, y el número de deportaciones de trabajadores migrantes durante su administración ha sido uno de los más altos en la historia. Puede argumentarse, sin embargo, que la polarización dentro del Congreso hacía imposible un entendimiento bipartidista, sin el cual no se puede lograr la aprobación de la mencionada reforma. Por otra parte, también se deben poner en la balanza las acciones positivas de Obama, como las realizadas desde el poder judicial para neutralizar la Ley Arizona; la acción afirmativa que finalmente está concediendo una tregua a los jóvenes mexicanos que llegaron con sus padres siendo niños; sus esfuerzos por lograr la aprobación del Dream Act y, de manera más general, su valor emblemático como el líder de una sociedad plural, multiétnica, multicultural, que integre a los grupos más desfavorecidos de la sociedad estadunidense. Una visión que contrasta con el estilo excluyente, conservador e intolerante que caracteriza a los republicanos, en particular a los agrupados en el movimiento del Tea Party. Las reflexiones anteriores no significan que sea la voluntad del presidente la que decidirá el rumbo de la economía o el destino de las políticas migratorias. Mucho de esto se decidirá o se empantanará en el Congreso; mucho dependerá de la relación de fuerzas que se configure a nivel estatal a partir de las elecciones de gobernadores, representantes y senadores. Lo deseable es un resultado electoral que permita superar la polarización tan extrema que se advierte hoy día en la sociedad estadunidense. Desafortunadamente, es difícil que tales sean los resultados que conoceremos el 6 de noviembre. En relación con el Congreso, por ejemplo, se esperan mayorías distintas en el Senado y en la Cámara de Representantes. De ser así, quien sea el que resulte elegido encontrará dificultades para hacer pasar sus iniciativas. Tales son los costos de la democracia estadunidense, tan admirada y tan disfuncional.

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