México reimaginado

viernes, 9 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Escribí hace un par de semanas en este espacio sobre la oportunidad que se abre para nuestro país. España, que construyó durante las últimas dos décadas su liderazgo en la Cultura que se expresa en español, golpeada por la recesión debe retraerse del mundo. En contraste, México goza de una prosperidad relativa y puede avanzar su presencia. Escribí también de cómo cada país aprovechó la oportunidad de un mundo que se globalizaba en los años 90 del siglo pasado. México emprendió eventos de un brillo fulgurante, mas evanescente: una exposición faraónica, Treinta siglos de esplendor, que recorrió las capitales de Occidente, y dos congresos internacionales para debatir el futuro de la Civilización, de una sola emisión cada cual. España en cambio hizo algo sólido, para lo cual había una necesidad en el mundo. En 1991 nace el Instituto Cervantes para enseñar el español a un mundo ávido de aprenderlo, y para hoy cuenta con 77 filiales en 44 países de los cinco continentes, filiales que han servido también de espacios de exhibición y como cabezas de playa para los artistas, intelectuales y empresarios culturales españoles. Sería inexacto decir sin embargo que México quemó toda su oportunidad de globalizarse en una fiesta de fuegos artificiales. Y en esa inexactitud está un modelo filosófico para planear una política cultural futura. Una institución mexicana entendió –y atendió– mejor y muy temprano al mundo. El Fondo de Cultura Económica, fundado en 1934 por Daniel Cosío Villegas. El Fondo nació de cierto con una conciencia trasnacional. Se propuso la colección de clásicos de economía que alimentara del pensamiento liberal el torrente de pensamientos del español. Así de ambicioso el propósito, así de generoso el resultado. En efecto los libros del Fondo, a los que luego se aunaron clásicos contemporáneos de las ciencias y de la literatura, fueron el surtidor principal de ideas democráticas en los países de nuestro idioma. Una estampa verídica: con los libros del Fondo en la mano, los líderes latinoamericanos iniciaron los movimientos democráticos de la región. Para 1963, 28 años antes del nacimiento del Instituto Cervantes, la ya muy prestigiada editorial crea en la misma capital de España, Madrid, su primera filial. Oportuna y simbólica elección: con una confianza de país en ascenso, México planta en el centro mismo de su antigua dueña, por entonces sometida a una dictadura, una colección generosa de ideas de libertad. En menos de una década el Fondo cuenta con representaciones en Buenos Aires, São Paulo, Santiago de Chile, Barcelona, Lima, Montevideo y Caracas, algunas de las cuales irá convirtiendo en verdaderas filiales, hasta sumar ocho al final del siglo. En el año 2006 el Fondo construye en Bogotá una librería concebida para ser algo más. Un centro cultural cuyo corazón es la librería del Fondo. Conozco el Centro Cultural García Márquez durante mi visita a la Feria del Libro de Bogotá, dos años después de su inauguración. Su localización en el centro histórico de la capital, su arquitectura de ventanales y formas redondas, obra última de Rogelio Salmona, sus espacios para conferencias y exhibiciones, y por supuesto la librería, lo han convertido en un lugar predilecto para los bogotanos. El Fondo inaugura a continuación un centro en Washington. De nuevo lo oportuno y el simbolismo: el Fondo planta un surtidor de Cultura en español en la capital del país donde una nueva identidad latina está formándose y donde la latina es ya la minoría más numerosa. No es casual, sino causal: cuando la directora del Fondo, Consuelo Sáizar, es nombrada presidenta del Conaculta, publica un “Proyecto para convertir a México en la plataforma del español”. En consecuencia el Conaculta invierte en crear eventos que reúnan a pensadores y artistas del mundo de la ñ y en iniciativas que trasciendan nuestras fronteras. Establece tres premios literarios internacionales. Funda un congreso anual, “La experiencia intelectual de las mujeres”, y recibe otros congresos, entre ellos el congreso “El libro electrónico en español”. Por otro lado aumenta los subsidios a empresas y organizaciones no gubernamentales con proyectos transculturales. De nuevo nuestra oportunidad: España debe encoger su presencia en el mundo mientras México puede explayarla. Cómo aprovechar la oportunidad no está escrito en ningún manual, menos aún en los libros de historia. Esta es una realidad internacional inédita, y el papel de México debe ser reimaginado, ojalá que con audacia. México puede quemar la oportunidad como en la década de los 90 del siglo pasado: prender cohetes, reventar en el cielo mundial castillos multicolores, de los que no quede sino el humo, y luego nada. O puede asumirse como el lugar que reúne a los pensadores y los artistas y los empresarios que se expresan en español. El espacio hospitalario donde se reúnen y se influyen y se reinventan, donde se jerarquiza el mérito y se conecta con las industrias culturales, y por cuyos quicios se sale hacia el resto del globo. Lo que es seguro es esto. Lo anterior no sucederá de no ser antes imaginado.

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