Un circo de tres pistas

martes, 27 de marzo de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Al acercarse la fecha para las elecciones, los acontecimientos nacionales transcurren en un circo de tres pistas. La de mayor intensidad es aquella donde tienen lugar los hechos de violencia. A pesar de cifras esperanzadoras sobre disminución del número de muertos a finales de 2011, éstas siguen siendo aterradoras. En Tamaulipas, Chihuahua, Michoacán, Estado de México, las ejecuciones, los asaltos a fuerzas policiacas o del Ejército, las balaceras, los secuestros, la crueldad de los sicarios, siguen siendo noticia cotidiana. Las dudas sobre la posibilidad de que la vida política siga su curso y las elecciones tengan lugar son cada vez mayores. El riesgo de que la falta de gobernabilidad en los estados más afectados justifique la postergación o suspensión de las mismas está presente en las conversaciones y emerge como un riesgo que afectaría gravemente la vida democrática del país. Los datos sobre las consecuencias de la violencia en el tejido social van apareciendo de manera más detallada. Un tema de enorme importancia es el de las personas desplazadas internamente que huyen por el miedo causado por los enfrentamientos entre grupos criminales y entre éstos y el Ejército. Se trata de un tipo de desplazamiento poco documentado, pero se estima que “la violencia ha desplazado internamente a 1.6 millones de personas en los últimos cinco años” (Internal Displacement Monitoring Centre y Consejo Noruego Para Refugiados, 2011,1). Los estados con más desplazamientos son Chihuahua, Tamaulipas, Nuevo León, Durango, Guerrero, Sinaloa y Michoacán. Sólo de Ciudad Juárez han salido 230 mil personas desde 2006, y la mitad de ellas han ido a Estados Unidos. Se calcula que son 116 mil casas las que han sido abandonadas en esa ciudad. Mientras esto ocurre en la pista de la violencia, en otra pista tiene lugar la lucha electoral. Allí todo sucede como si las cosas estuvieran en calma, como si los peligros para la vida democrática no existiesen, como si no fuera necesario ser conscientes de que el país atraviesa peligros cuyas dimensiones no se habían contemplado con anterioridad. Las plataformas electorales son documentos elocuentes para confirmar la distancia entre el tamaño de los problemas y las propuestas que se hacen. Hay matices entre ellas. La de López Obrador es la que elabora mejor un diagnóstico de la situación. Sin embargo, todas coinciden en hacer listas de buenos deseos sin reflexión alguna sobre su viabilidad política, técnica o financiera, y sin referencias sobre cómo, cuándo y a través de qué mecanismos pueden cumplirse tan buenos propósitos. La vaguedad es aún más acentuada cuando se llega a los problemas más álgidos, como es el del combate a la violencia. Todos prometen acabar con ella, pero no entran en detalles sobre cómo; pasan por alto el tema de si darán continuidad a la cooperación con Estados Unidos, tal y como tiene lugar en la actualidad, o si le imprimirán nuevas modalidades. Hay pocas esperanzas sobre lo que viene en la siguiente etapa, que comenzará el 30 de marzo. Ya se dieron a conocer los spots preparados por los candidatos. Se trata de ejercicios mediáticos destinados a dejar frases cortas en la mente de los votantes, nunca ideas. Con la misma intención se organizarán mítines y apariciones en público. Lo que cuenta es la calidad del espectáculo, la simpatía que se genere con el actor principal, de la misma manera que si fuese un artista de la canción. No importa lo que diga; importan las modulaciones, el movimiento del cuerpo, los slogans pegajosos. Así, tenemos tres meses por delante. Desde luego, se buscará evitar que los espectadores otorguen atención a lo que ocurre en la otra pista, la de la violencia. Voltear la mirada hacia ella distrae del objetivo del espectáculo electoral. La tercera pista es aquella por la que se pasea Felipe Calderón en una carroza que, de acuerdo con sus propias palabras, un tanto tragicómicas, puede convertirse muy pronto en calabaza. Desde ella, el presidente inaugura obras, exalta el trabajo de su gobierno, se comporta como monarca benefactor que va por el país concediendo favores a sus súbditos. Son muy poco republicanas estas giras de final de sexenio. No se trata de comportarse como quien fue responsable de que se ejercieran bien y de manera transparente los presupuestos asignados a las diversas dependencias. Se trata de personalizar, para gloria de quien se va de la Presidencia y para beneficio de su partido, la obra pública realizada con el dinero de los contribuyentes. Un estilo que recuerda los años del PRI; por lo visto, todo ha cambiado para que todo siga igual. La vida política transcurre, así, por tres pistas que no se tocan entre sí; cada una funciona con su propia dinámica, y todas ellas avanzan hacia un futuro alarmante, hacia un país desestructurado, asolado por la violencia y la corrupción, con líderes cuya lucha por el poder está desvinculada de la gravedad de los problemas. Los ciudadanos vemos con malestar lo que está ocurriendo. Tenemos la impresión de que algo indescriptible puede tener lugar en los próximos años. Pero priva el desconcierto sobre el camino a seguir. Sería urgente abrir una cuarta pista, la de la sociedad civil propositiva. Aquella donde se desarrolle una acción ciudadana similar a la que hace ya varios años se organizó bajo la coordinación de Alianza Cívica. Pero ésta se hallaba unida por un objetivo común que ahora no existe. Las múltiples organizaciones de la sociedad civil que han surgido están en pequeños compartimentos; en ocasiones se confunden con los partidos, compiten entre ellas; algunas carecen de credibilidad. La cuarta pista, por ahora, no existe. Sólo somos testigos de lo que ocurre en las otras tres y esperamos el desenlace.

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