La revuelta de la inteligencia

jueves, 7 de junio de 2012 · 21:12

Para Eduardo Vázquez

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La movilización estudiantil #YoSoy132 y la marcha de los estudiantes de la UdeG en Guadalajara, el 23 de mayo, para protestar por los asesinados y desaparecidos no sólo son la respuesta de la inteligencia contra la barbarie, sino la señal ya inequívoca de que los partidos y el propio Estado han sido rebasados por el parteaguas civilizatorio que vive el mundo y por lo nuevo que emerge de esa misma crisis civilizatoria. La movilización mexicana de estudiantes –cuya protesta, como lo señaló uno de ellos, Saúl Alvírdez, “es contra todos (los partidos y sus intereses); el candidato del PRI sólo fue (…) la gota que derramó el vaso”– se suma a otros movimientos mundiales que, desde el zapatismo, emergen de las fisuras del Estado y de la economía modernos, como el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), los Indignados, los Occupy, la llamada Primavera Árabe, las manifestaciones estudiantiles de Chile y tantos otros que no ocupan las planas importantes de la prensa mundial. Cada uno de esos movimientos, con sus propias características –la era de la globalización es también la era de los procesos y de las revueltas locales que a causa de la primera se internacionalizan–, comparten, sin embargo, vínculos comunes: no quieren el poder, son no-violentos, no tienen ideología (esa “enfermedad –como decía Octavio Paz– del espíritu”) y empiezan a balbucear lo nuevo en donde el ser humano y la moral política están por encima de las ideologías históricas, de los intereses de los partidos, de la corrupción del Estado y de las grandes corporaciones. Por eso asombran a los viejos y a los ideologizados, enclavados todavía en las estructuras que se están desmoronando. Lo nuevo, como la poesía, aterra porque siempre rompe el marco de la unilateralidad y del reduccionismo político e ideológico en el que se quiere enmarcar todo. Lo que caracteriza al movimiento #YoSoy132 y a las movilizaciones estudiantiles mexicanas que han logrado escapar al Jurassic Park de las izquierdas universitarias –la manera en que impidieron que Paco Ignacio Taibo II las manipulara en el mitin del 23 de mayo para el servicio de AMLO habla de ello– tiene que ver con el desastre nacional y el entrampamiento a los que el gobierno de Calderón y las partidocracias llevaron a la nación. Los jóvenes saben, por ello, que el país está en una emergencia nacional –con miles de muertos, desaparecidos, desplazados, huérfanos; cada uno de esos muchachos, si no de manera directa, sí cercana, tiene víctimas–. Saben no sólo que la mayoría de los muertos de esta guerra son jóvenes y que una gran parte de ellos fueron y están siendo reclutados por el crimen organizado a causa de la corrupción de los partidos, de los gobiernos y de los intereses oscuros de los grandes capitales que nada hacen por ellos ni por nadie. Saben, por lo tanto, que esta emergencia nacional y la incapacidad de las partidocracias para enfrentarla les están cerrando su presente, su futuro y la sobrevivencia democrática de la nación. Saben también, y por lo mismo, que esto tiene que cambiar. Lo que no saben, como nadie lo sabemos en medio de este parteaguas histórico, es hacia dónde ir. Su respuesta, sin embargo, es clara: no van a permitir que estas elecciones de la ignominia sean manipuladas por la propaganda y los monopolios de los medios televisivos –una democracia sin democratización de los medios es una falsa democracia. Quizá detrás de esa claridad y de su perentoria oposición a Enrique Peña Nieto se encuentre también una intuición, un saber tan oscuro como profundo: el fin del PRI no representó una transición a la democracia –las democracias ya estaban en crisis en los países verdaderamente democráticos–, sino, como me lo dijo alguna vez Hermann Bellinhausen en una entrevista, “a una democracia vencida”, a una democracia que en realidad es la usurpación de la democracia –entendida como el gobierno del pueblo–: un poder robado a la gente que se disfraza de partidos, congresos e instituciones que sólo son formas del viejo control del poder para el que la gente sólo importa como votos que legitimen su capacidad para seguir expoliando a la nación. En sus movilizaciones, en sus marchas, quizás los jóvenes estén diciendo también de manera oscura y simbólica que la única manera de romper esos monopolios del poder es que la gente los limite y controle. “Los movimientos sociales –continúa Bellinhausen– son en este sentido lo mejor que tenemos frente a la crisis civilizatoria. Sobre todo cuando, como en el zapatismo, logran materializarse en algo, en términos comunitarios, de gobierno, de territorios, de una filosofía de la vida y de la vida pública (…)”. Ciertamente no todos los movimientos tienen esos recursos. El movimiento #YoSoy 132 y el MPJD, por ejemplo, no tienen territorialidad, pero –parafraseo a Bellinhausen– han demostrado que para que lo nuevo vaya emergiendo es necesario juntar a la gente y movilizarla. No como lo hace el poder en estadios, en plazas y bajo la manipulación ideológica y mediática, sino de manera inteligente, seria, importante, nueva, es decir, de manera libre y verdaderamente democrática. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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