El orden libertario

jueves, 17 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Abrimos un nuevo año y, desde la perspectiva de los mayas, que eran grandes astrólogos, un nuevo ciclo que, en términos históricos, definimos como “cambio civilizatorio”. A diferencia de lo que solemos pensar cuando hablamos de cambios, éste no se produce de la noche a la mañana, sino de manera lenta. Las eras, otra enseñanza de la historia, se empalman. Tampoco, como solemos pensar cuando hablamos de ciclos, el nuevo es algo desconocido, sino, como la palabra misma lo dice, un retorno al origen, pero de manera distinta. La primavera de ayer no será la misma que la de mañana, pero será siempre primavera. Los zapatistas lo expresaron con el lenguaje de la poesía el mismo día en que la idiotez leía el fin del mundo en el calendario maya: “¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el nuestro resurgiendo. El día que fue el día, era noche. Y noche será el día”. ¿Cómo llamar a eso nuevo que emerge? Quizás el título con el que Michel Onfray encabeza su estudio sobre la vida filosófica de Albert Camus sea el adecuado: El orden libertario. Quien lo define mejor no es Proudhon, a quien se le atribuye el término, sino una figura que ha sido fuente de inspiración de los textos del Subcomandante Marcos en la figura de Durito y ha sido un modelo frente al mundo nihilista que vivimos: El Quijote, un hombre que, mal ubicado en una época vacía, defiende valores caducos: la bondad, la nobleza, el sentido de la justicia, el desinterés, la predilección por las causas perdidas, la determinación para defenderlas a pesar de las burlas y el desprecio, la reivindicación del honor, la renuncia altiva y recta a la victoria robada, el obstinado rechazo a las degradaciones y los horrores de su siglo, su intempestiva inactualidad. Don Quijote, dice Onfray, “pelea y nunca se rinde, encarna el combate perpetuo, se gloría de la humildad de su linaje, opta por la caridad y la misericordia, incluso y sobre todo, si puede recurrir a la venganza; es un exiliado de su casa, un ser que lleva en alto el estandarte de la libertad en cada sitio donde se tiene la pasión por la servidumbre”. El orden libertario, representado en la figura emblemática del Quijote, está en lo mejor de la tradición cristiana y expresa lo mejor de la tradición de esa izquierda que, como lo sabía Gramsci contra Marx, Lenin y las izquierdas mexicanas que se dicen “democráticas”, no es una forma ideal, pura, sino una fuerza en movimiento donde la revolución de la inteligencia debe anteceder a la revolución social. Surge del horror y el crimen de los cambios civilizatorios y expresa el origen de lo humano de manera nueva, siempre ridícula y asombrosa para una época decadente. En el México de hoy, tiene el rostro de un guerrillero con un pasamontañas, una gorra raída de campaña y una pipa, tiene el rostro de miles de pasamontañas con los ojos oscuros, la dignidad en la mirada y unas armas de palo, semejantes a las armas llenas de orín y moho de Quejana; tiene el rostro de un poeta con un ridículo sombrero de Indiana Jones y una chamarra de borrega raída que, al igual que el morrión del Quijote, sacó del último rincón de su clóset, tiene el rostro de miles de víctimas, despreciadas, criminalizadas, abandonadas, que con las fotografías de sus hijos se echaron a caminar al lado del poeta e hicieron de su dolor y su debilidad no un imperativo para el odio y el resentimiento, sino un camino amoroso de justicia y de paz; tiene el rostro de unos niños bien que repentinamente se opusieron al poder de los medios y de las partidocracias; tiene el rostro de un sacerdote y un obispo que, al igual que cientos de los suyos, tomaron la voz de los migrantes y de todos los débiles. Dicen no al capitalismo y a su fórmula liberal que produce miseria, precariedad, sufrimiento de los pobres, corrupción, injusticia y criminalidad; pero al mismo tiempo dicen no a los autoritarismos de las izquierdas que se disfrazan de democráticas, a sus formulaciones simplistas y a sus linchamientos en ese patíbulo moderno llamado Internet. Hablan fuerte, dialogan con todos, dicen cosas tan viejas como la humanidad, y se niegan a secundar las traiciones de la realpolitik. Su originalidad –toda originalidad es una fidelidad al origen– desconcierta e indigna a quienes se aferran a la podredumbre de una era civilizatoria cuyas instituciones, que se desmoronan, han terminado por destrozar lo humano y humillar la tierra. Hablan de equilibrio, de proporción, de vida austera, de fraternidad; creen en la no-violencia, es decir, en que se puede obtener más llamando a la inteligencia del corazón que lanzando insultos y negando lo humano en nombre de lo humano, creen en la educación de la gente mediante la poesía y el símbolo; invitan a encarnar la libertad y la justicia más que a vociferarla; prefieren reunir que dividir; mostrar con el ejemplo que predicar; no justifican los medios bárbaros para obtener fines humanos; prefieren una política modesta, exigente, real, ética y práctica a la política arrogante y mortífera de las partidocracias. Son lo nuevo que nace de lo que se desmorona y que únicamente pide que se le escuche con atención. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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