Política exterior aún inexistente

viernes, 18 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Durante los primeros días de 2013, la atención hacia la vida política ha girado en torno al impresionante paquete de reformas legislativas y acciones de gobierno propuestas por el presidente Peña Nieto y apoyadas por las principales fuerzas políticas del país a través del llamado Pacto por México. De cumplirse todo lo establecido en él, este será un año excepcional en materia de creación de marcos normativos y puesta en marcha de medidas que se venían solicitando desde hace varios años. A pesar de que los factores externos son elementos importantes para el éxito de algunas medidas (la relativa a mayor exploración y exportación de hidrocarburos es un buen ejemplo), la política exterior no está contemplada en el mencionado Pacto. La única acción específica en materia internacional es la creación de los Institutos México, prevista para el segundo semestre de este año. Tomando en cuenta esa omisión, se esperaba con interés la celebración de la reunión anual de embajadores y cónsules, tradicionalmente utilizada para dar a conocer la visión del Ejecutivo respecto a los retos que presenta para México la situación internacional y los grandes lineamentos de las políticas para hacerles frente. Por tratarse de una nueva administración, había particular interés por conocer las continuidades o cambios que se darían respecto a la política exterior de los 12 años anteriores. Diversos resultados como el enorme deterioro de la imagen de México, el debilitamiento de las estructuras gubernamentales para conducir la política exterior, el rezago en temas claves como el posicionamiento de México en las nuevas corrientes de la economía internacional o los múltiples desencuentros con los países vecinos invitaban al distanciamiento del pasado inmediato. Lo ocurrido en la reunión no correspondió a dichas expectativas. Lejos de trazar una distancia con el pasado, el canciller Meade enfatizó las excelencias de su herencia: “Trabajaremos sobre el legado que hemos recibido… Construiremos, precisamente, sobre las amplias y firmes bases de una política exterior seria, profesional, responsable, reconocida y respetada”. Tal reconocimiento registra bien la voluntad de conciliación que impregna las acciones del nuevo gobierno. Quedará para otras instancias y momentos una apreciación menos entusiasta pero más objetiva de lo que se ha recibido. La segunda sorpresa, viniendo de un buen conocedor de la situación que prevalece en la economía internacional, fue la ausencia de cualquier referencia a lo que acontece en el mundo. Sólo en pequeñas frases aisladas se hizo referencia a una situación internacional que, lejos de ser problemática, se presenta como llena de oportunidades para México. Aunque dichas oportunidades no fueron precisadas quedó, sin embargo, el optimismo. El único aspecto programático mencionado en su intervención que representa un paso concreto, necesario y bien recibido, fue el anuncio de un fortalecimiento de la cooperación con los países de Centroamérica y el Caribe. El apoyo financiero ya está allí. Buena noticia. El mismo ánimo de optimismo y confianza en condiciones externas que “nos favorecen” estuvo presente en el discurso pronunciado por Peña Nieto en la comida para embajadores y cónsules. Pero allí el mensaje resulta más interesante porque fue un buen indicador de la manera en que, a través una narrativa muy bien articulada de su programa de gobierno, se pretende modificar la imagen de México en el exterior. Se espera, ni más ni menos, sustituir la imagen de un país de violencia y conducido erráticamente, por otra de México en paz, incluyente, próspero, con educación de calidad y responsabilidad global. Que pasarán años antes que tales esperanzas sean realidad, si se logran, es otra historia. Por lo pronto, lo que interesa es lo convincente de las palabras, lo reiterativo del mensaje. Al igual que el canciller, Peña Nieto no se adentró en las turbulentas aguas de una situación internacional llena de riesgos e incertidumbres. Su mensaje al cuerpo diplomático fue directo: promover a un México embarcado en los cinco ejes en torno a los cuales se propone hacer girar su gobierno. El nuevo enfoque para proyectar la imagen de México puede ser exitoso. Los titulares que recogen ahora los medios de comunicación internacionales hablan de reformas, acuerdos políticos, voluntad de cambio, conciliación. La ventaja de los primeros días y quizá todo el primer año es que no importa si los resultados se logran, lo que cuenta son las propuestas. Ahora bien, el mandato dado al cuerpo diplomático de ninguna manera puede sustituir la planeación de gran calado requerida para una política exterior de largo plazo que mejore el posicionamiento de México en el mundo. Para lograr ese objetivo es necesario enfrentar, al menos, las siguientes tareas: reordenar las estructuras gubernamentales que se ocupan de la política exterior, dando responsabilidades precisas a las diversas dependencias y manteniendo, ante todo, una buena coordinación por parte de la Secretaría de Relaciones. Establecer una agenda integral para la relación con Estados Unidos acompañada de un fortalecimiento de las instancias que le deben dar seguimiento, así como de las acciones, allá y aquí, que contribuyan a alcanzar sus objetivos. Remediar el rezago que tiene México en la integración a nuevas corrientes de la economía internacional, principalmente en Asia. Construir una relación política con los países centroamericanos a nivel bilateral y multilateral. Definir los aliados estratégicos en América latina y asegurar que se conviertan en tales. La lista de tareas es larga. El tiempo para iniciarlas es corto. La ventana de oportunidad que ofrece la llegada de un nuevo gobierno puede cerrarse pronto. Ojalá no estemos en el comienzo de otra historia de frustraciones.

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