Snowden y las ciberdisidencias

martes, 29 de octubre de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- En la serie estadunidense Person of Interest, estrenada en 2012, un genio informático creó una máquina para obtener casi todos los datos de la gente de Estados Unidos. Esta máquina podía encontrar a aquellas personas que amenazaban la seguridad del país e, incluso, prever cuándo cumpliría esta amenaza. La ficción hacía énfasis en lo obvio: la “genialidad” se basaba en extraer y cruzar datos de internet, teléfonos móviles, tarjetas de crédito, computadoras y video de los usuarios. En otras palabras, de espionaje. En la trilogía cinematográfica de Christopher Nolan sobre Batman, el personaje logró a través de su empresa tener un enorme centro de control. Una “nube” capaz de monitorear en tiempo real todas las llamadas vía teléfono celular de los habitantes de Ciudad Gótica, incluyendo sus comunicaciones por internet. Las revelaciones de Edward Snowden superaron con mucho la ficción de las teleseries, de Hollywood y de las novelas clásicas sobre espionaje. A cuentagotas, pero en una larga agonía para el gobierno de Barak Obama y para sus aliados europeos, la información que ha ido divulgando el excontratista de la NSA a través de Glenn Greenwald, de periódicos como el británico The Guardian y el estadunidense The Washington Post, revistas como la alemana Der Spiegel o cadenas como la brasileña O Globo confirman lo que desde un lustro atrás habían advertido los primeros movimientos ciberdisidentes: una tendencia a centralizar, controlar y vigilar todo el tráfico de datos vía internet, telefonía móvil y todo tipo de comunicación satelital. El espionaje masivo se ha convertido en una bomba de tiempo para los gigantes de la era de la “sociedad de la información” y de las redes sociales como Google, Facebook, Apple, Microsoft, Skype. Y también ha colocado en una posición nada cómoda a más de 35 jefes de Estado que, a pesar de haber colaborado intensamente con el gobierno de Estados Unidos en la vigilancia e intercepción de comunicaciones de sus propios gobernados, también fueron y son espiados por Washington a través de sofisticados mecanismos para desencriptar teléfonos celulares, correos electrónicos, grandes centros de almacenamiento de datos. Esto incluye a los mandatarios mexicanos Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, así como a la canciller alemana Angela Merckel, y la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, entre muchos otros jefes de Estado. Los primeros campanazos, antes de las revelaciones de Snowden, surgieron en 2012. Un estudiante estadunidense descubrió que Google, el gigante de los motores de búsqueda en internet y dueño de Youtube, había desarrollado un sistema para eludir los mecanismos de defensa de privacidad de iPhone de Apple. El regulador estadunidense multó a Google con 10 millones de dólares, sanción que representó apenas el 0.093 por ciento de los ingresos totales de esa compañía, que ascendieron en 2012 a 10 mil 740 millones de dólares. No le quitaron un pelo al monstruo del ciberespacio. Las primeras revelaciones de Snowden a The Guardian cimbraron en el seno del gobierno de Estados Unidos. Snowden reveló que en el seno de la NSA se desarrolló un sistema denominado PRISM (prisma) para interceptar miles de comunicaciones privadas. “Nosotros hackeamos redes centrales que nos dieron acceso a información de cientos de miles de computadoras”, declaró Snowden al diario South China Morning Post, editado en Hong Kong, la ciudad donde el joven especialista en redes y tecnología informática se escondió primero antes de desatar la cacería estadunidense. Según los destalles del PRISM cualquiera de las 17 agencias estadunidenses de inteligencia y vigilancia policiaca de ese país tiene equipos incrustados en los “proveedores de datos”, es decir, en Google, Yahoo o Facebook, de donde las autoridades pueden extraer información con o sin el consentimiento de estas grandes compañías. Una vez que se consigue esta información, es analizada por diversos sistemas y programas en función de su tipo. Para cada caso, ya sea bien una notificación generada en tiempo real o una pieza de datos que debe ser almacenada, se le otorga una anotación. Al 5 de abril de 2013, en la base de datos de PRISM, existían más de 117 mil 657 objetivos de vigilancia activa. Cuando Snowden lanzó el 7 de junio de 2013 la bomba informativa a The Guardian y a The Washington Post sabía de qué dimensiones eran sus revelaciones. No se trataba de un sistema de “entrega de datos” habitual, a solicitud de la NSA, sino de un “acceso directo” a las cuentas de los ciudadanos. “En buena conciencia, no puedo permitir que el gobierno de Estados Unidos destruya la intimidad, la libertad de internet y las libertades fundamentales de las personas con esta máquina de vigilancia que están construyendo en secreto”, declaró Snowden en esa ocasión. Snowden se unió desde ese momento a un triángulo de las Bermudas de la ciberdisidencia que ha puesto de cabeza a la administración de Barack Obama. Es un triángulo formado por Bradley Manning, el “filtrador” estelar de Wikileaks, dirigido por Julian Assange. Obama, el político demócrata que llegó a la Casa Blanca en 2008, potenciando el uso ciudadano de las redes sociales para la promoción del voto, la protesta contra las guerras de Bush en Afganistán e Irak y prometió el “cambio” se convirtió desde ese momento en un Big Brother compulsivo e ilegal. El 22 de agosto de 2013, el joven soldado Bradley Manning fue condenado por una corte militar a 35 años de prisión, a ser expulsado de las fuerzas armadas estadunidenses, acusado de ser el autor de una masiva filtración de, al menos, 700 mil documentos clasificados por Wikileaks. Esos documentos generaron una crisis global al régimen de Estados Unidos, al conocerse los datos reales de la guerra de Irak, guardados por el Pentágono, y las comunicaciones privadas del Departamento de Estado sobre su percepción de todos los países y mandatarios con los que Washington sostiene relaciones. A su condena a 35 años de prisión, Manning respondió con otro desafío: solicitó al ejército estadunidense que le proporcione un tratamiento hormonal “lo antes posible” para cambiar su identidad de género. “Estando en transición hacia la próxima fase de mi vida, quiero que todos me conozcan realmente como soy. Soy Chelsea Manning, soy una mujer”, afirmó el joven. La doble osadía de Manning va prefigurando a este joven, al igual que a Edward Snowden, ambos pertenecientes a la cibergeneración de menores de 35 años, como los representantes de las disidencias posmodernas en el seno del imperio estadunidense y de la sociedad occidental contemporánea. Ambos son el resultado paradójico de una sociedad que proclama libertades individuales, heroísmos personales, pero encubre al sistema de vigilancia e intrusión más peligroso de cuantos se han desarrollado en el mundo. Ambos utilizaron esas mismas herramientas informáticas construidas para vigilar y castigar y las convirtieron en medios para expresar sus disidencias. El establishment estadunidense (el político, mediático y periodístico) ha tratado de minimizar el impacto de sus revelaciones acusándolos de “traidores” o de simples “negociantes” o “desadaptados sociales”. La persecución contra Manning y Snowden, y contra sus socios o aliados como Julian Assange y Glenn Greenwald, no ha sido nada sutil. Al primero lo tienen como un expatriado acusándolo de supuestos delitos sexuales. Al segundo, lo han acosado hasta detener a su pareja David Miranda, un joven de origen brasileño. Es obvio que existe un claro sesgo homofóbico y de utilización de la vida privada para desacreditarlos. Tal como el panóptico que sueña el gobierno de Washington aplicar contra todos los ciudadanos y gobernantes que se dejen. De una u otra manera, se ha ido prefigurando una ciberdisidencia que se trasladará a las calles, como ya sucedió este fin de semana en Estados Unidos con la marcha “Dejen de Espiar”. Twitter: @JenaroVillamil www.homozaping.com.mx

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