Los villanos

miércoles, 13 de febrero de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Antiguamente, las ciudades estaban amuralladas para protegerse de todos los peligros que las circundaban. Los gobernantes tenían miedo de que los habitantes de las villas aledañas se adentraran para saquear su ciudad o tomarla bajo su poder. A éstos les llamaban villanos y eran temidos. Los historiadores dicen que la historia no se repite, pero parece ser que aquello es lo que está pasando con el Distrito Federal. Morelos y el Estado de México son dos de las entidades que circundad a la capital, y ambas sufren los embates de al menos 10 bandas del crimen organizado que tienen bajo su control la mitad de los municipios en cada una de ellas. La Familia Michoacana, Los Zetas, Los Caballeros Templarios y el cártel de los Guerreros Unidos son algunas de las principales bandas criminales que trafican con la droga que viene desde el sur y la trasladan hasta el bajío y norte del país, para pasarla a Estados Unidos; en las zonas rurales también cultivan mariguana y goma de opio que venden en las colonias más populares de las zonas urbanas de las dos entidades colindantes con la ciudad de México. Estas bandas organizadas han extendido sus negocios con los secuestros, extorsiones a comerciantes y el control de la venta de películas y música en discos piratas, que inundan las calles de pueblos y ciudades. No son las laberínticas favelas brasileñas ni los intrincados barrios colombianos, la zona conurbada que el Estado de México comparte con el Distrito Federal es una enorme mancha terregosa de calles, callejones, avenidas, basureros, inmensas unidades habitacionales y montes pelones que son controlados por el crimen organizado. Cada zona está dominada por algunos de estos grupos, y quien se atreva a violarlo recibe el castigo mortal: la ejecución inmediata o la desaparición a plena luz del día. El gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, ha dicho que no permitirá que los modernos villanos se apoderen de su entidad, pero en los hechos ya lo han hecho en al menos la mitad de los municipios. El poder de la delincuencia organizada no está sólo en las calles, también alcanza a los policías y a los gobiernos municipales que sucumben al gran negocio o que aceptan cualquier cosa ante las amenazas de muerte que reciben de manera impune. En Morelos, 60% de los policías municipales y estatales no son confiables y, según el gobernador Graco Ramírez, fueron cooptados por algunos de los grupos criminales. Algo similar ocurre con los integrantes de los municipios de la entidad, principalmente los del sur, que son investigados por tener relaciones con narcotraficantes y secuestradores. Como en la historia antigua, el jefe de Gobierno de la ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, ha instalado un cordón policiaco en las delegaciones que colindan con el Estado de México, con la idea de contener el paso de las bandas criminales. Pero la frontera es tan porosa y la corrupción tan profunda que el trasiego de drogas se hace ante la mirada complaciente de los policías por las calles, avenidas, unidades habitacionales y hasta en las carretas jaladas por mulas que recogen la basura en los municipios de Ecatepec y Nezahualcóyotl. No hay que viajar cientos de kilómetros a ciudad Juárez, Reynosa, Matamoros, Durango, Zacatecas, Saltillo, Michoacán o Guerrero, para ver el dominio violento del crimen organizado. La violencia, el trasiego, el pago por derecho de piso, los secuestros y desapariciones están a la vuelta de la esquina, a unos cuantos minutos del Zócalo de la capital, en un viaje en Metrobús a la estación de Indios Verdes o a una hora en autobús hacia la ciudad de Cuernavaca. Los villanos modernos han traspasado las murallas citadinas y sus familias viven en las zonas más exclusivas del Distrito Federal. La burbuja se ha roto y sólo falta que, como ha sucedido en Monterrey y Guadalajara, empiecen los enfrentamientos en plena calle, los narcobloqueos en las principales avenidas y los atentados a las sedes del gobierno federal. Twitter: @GilOlmos

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