Justicia secuestrada

sábado, 16 de febrero de 2013
A la memoria de Rubén Bonifaz Nuño, il miglior fabbro. En el dolor de las víctimas de Pemex y de las que mueren cada día. MÉXICO, D.F. (Proceso).- La noche del 10 de abril de 1934, durante la consolidación del nazismo y las purgas estalinistas, un crimen simbólico sucedió en la catedral de San Bavón, en Gante: Los jueces íntegros, el panel del extremo inferior izquierdo de los 24 que conforman el políptico de El cordero místico, pintado por los hermanos Van Eyck entre 1425 y 1429, había sido sustraído de la capilla Vidj. El 25 de noviembre de ese mismo año, después de una infructuosa negociación de 11 cartas entre el obispo y el ladrón, Arsène Goedertier, corredor de bolsa y sacristán, moría. En su lecho de muerte reveló que él era el único en saber dónde se encontraba el panel y que se llevaría el secreto a la tumba. Desde entonces, Los jueces íntegros que pueden verse en la capilla Vidj son una espléndida copia del pintor Jef Vanderveken. ¿Por qué Goedertier sustrajo Los jueces íntegros y no el panel de Los peregrinos, que se encuentra en la parte inferior del extremo derecho, o el de Adán o el de Eva, que se encuentran en los extremos superiores? En 1956, en La caída, Albert Camus retoma la anécdota y su explicación nos concierne de manera profunda a los mexicanos: En Ámsterdam, en un bar llamado Mexico City, cuyo dueño es “un estimable gorila” cuyo oficio es recibir a marinos de todas las nacionalidades: una especie de “cromañón en la torre de Babel”, Jean-Baptiste Clamence, el Juez-Penitente, narrador de la novela, muestra a su escucha un rectángulo vacío donde, dice, había “una verdadera obra maestra”. Al final de la novela, Clamence le muestra el panel de Los jueces íntegros colgado en la pared de su casa: “Un parroquiano del Mexico City –le dice– se lo vendió al gorila una noche de borrachera. Al principio le aconsejé […] que lo colgara […] y por mucho tiempo, mientras eran buscados por todo el mundo, nuestros devotos jueces reinaron en Mexico City sobre borrachos y rufianes. Después, el gorila, a petición mía, me lo dejó en depósito […] ¿Qué por qué no restituí el panel? Pues bien […] porque estos jueces iban al encuentro del cordero y ya no hay ni cordero ni inocencia, el hábil pirata que robó el panel era un instrumento de la desconocida justicia, que no conviene contrariar. En fin, porque de esa forma estamos dentro del orden. La justicia queda definitivamente separada de la inocencia, que está en la cruz […]”. Cuarenta y tres años después, el sentido simbólico del robo y la explicación de Camus que –por esas premoniciones que encierra toda gran obra– sitúa el panel robado en un bar llamado Mexico City cuyo dueño es un cromañón moderno, son ahora una realidad en nuestro país. Los jueces íntegros que ilegítimamente fueron colocados en dirección de borrachos y rufianes, y escondidos después en un extraño sitio, no existen más. Después de ser manchados, han desaparecido para siempre de México, donde lo único que reina, como sobre la Europa de mediados del siglo XX, es el crimen. Los asesinatos y los descuartizamientos que no cesan, los 20 mil desaparecidos, la corrupción de las autoridades, la incapacidad para realizar los procesos debidos, el 98% de impunidad, los cientos de criminales de cuello blanco arropados por el Estado, las partidocracias y los jueces, los detractores de las leyes que buscan atender a las víctimas del horror y se niegan a que el Estado asuma sus responsabilidades, los negocios lícitos que lavan dinero ilícito, las extorsiones, los juicios sumarios, los insultos, el desprecio, el espíritu de venganza, la indiferencia, las buenas intenciones que nunca se hacen acto, hablan de esa injusticia que se ha apoderado de nosotros. Al despreciar la justicia, no sólo hemos perdido la integridad, sino que al perderla hemos crucificado la inocencia y nos hemos instalado en el infierno. El robo de Los jueces íntegros y la novela de Camus se dirigen hoy a los mexicanos. La función del Juez-Penitente que ha guardado para siempre el panel robado por Goedertier y ya no predica en esa cantina-iglesia llamada Mexico City, sino en el México real, es semejante a la del profeta. Como el de Juan el Bautista, el discurso de Clamence (un apellido compuesto de clamor y clemencia), que es el mismo que resuena en los libertarios del país, tiene la función de invitarnos al arrepentimiento, de hacernos conscientes de nuestra ignominia. Semejante al Bautista también, pero de manera inversa, nos anuncia, frente a la indiferencia, el odio y la violencia, la llegada de un nuevo reino que, si no instauramos la justicia íntegra, será el del horror y la servidumbre generalizados. Nos hemos convertido en el gorila que preside el destino del Mexico City. Recibimos a Los jueces íntegros porque Europa no los merecía, y después de entregarlos a borrachos y rufianes los hemos convertido en un hueco bajo cuya ausencia sólo habita el infierno. En el oscuro laberinto de violencia, desprecio e impunidad en el que hemos convertido el país, la ausencia de la justicia nos recuerda las palabras del canto V del Infierno de Dante: “No hay mayor dolor que recordar los días dichosos en medio de la miseria”. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad, resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón y promulgar la Ley de Víctimas.

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