Peligros del liderazgo discursivo

viernes, 29 de marzo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La desaparición de Hugo Chávez ha dado lugar a especulaciones sobre el espacio abierto para que otros dirigentes ejerzan influencia en América Latina. La posibilidad de que México proporcione ese liderazgo, uniendo a izquierda y derecha y dando un impulso a los procesos de integración latinoamericanos, ha encontrado eco en algunos comentaristas. Sin embargo son muchos los obstáculos que existen en el camino para hacer de México un líder de la región. El primero es la debilidad del capital con que se cuenta para emprender esa tarea. Las relaciones económicas de México con los países de América Latina son limitadas. Cierto que las inversiones mexicanas han crecido, ocupando ahora el primer lugar dentro de los países latinoamericanos. Sin embargo el comercio sigue siendo débil y la cooperación internacional que brinda es considerablemente menor que la ofrecida, por ejemplo, por Brasil. El liderazgo chavista y el consiguiente apoyo que obtuvo en los dirigentes de varios países, Cuba en primer lugar, estuvo siempre acompañado de la generosidad para proveer petróleo. Un asunto nuevo para las relaciones de México con los países latinoamericanos es la relación con Asia. Nos podemos referir, por ejemplo, a uno de los mecanismos subregionales más comentados en los últimos tiempos, como la Alianza del Pacífico integrada por Chile, Perú, Colombia y México. Se trata sin duda de uno de los proyectos más interesantes, no sólo porque propicia un acercamiento necesario entre los países de ese lado del Pacífico, sino porque conecta con el enorme dinamismo de las economías asiáticas. Uno de los aspectos sobresalientes de las relaciones exteriores de los países sudamericanos en la actualidad es el papel de Asia. El buen crecimiento de sus economías, del que tanto se habla, no se entiende sin tomar en cuenta las relaciones económicas con China. El problema para México es que, a diferencia de otros miembros de la mencionada Alianza, como Chile, sus relaciones con Asia no se encuentran en los mejores términos. No han sido un factor de crecimiento ni han dado lugar a un buen entendimiento político. Mientras Chile tiene un acuerdo de libre comercio con China, mantiene con ese país una balanza comercial equilibrada y las relaciones políticas son muy cordiales, México tiene un comercio alarmantemente deficitario y las relaciones políticas han estado llenas de contratiempos. Las relaciones exteriores de América Latina tienen ahora una significativa vertiente asiática y México tiene mucho que recorrer para llegar a ella. Primero es necesario remediar el descuido con que se condujeron las relaciones con aquella parte del mundo durante los 12 años de gobiernos panistas ; luego se podrá ser un jugador de mayor peso en la Alianza del Pacífico. Si desde el puno de vista económico son varios los ejes que se deben mover para que México tenga influencia en América Latina, desde el punto de vista político la situación es aún más borrosa. Para empezar existen otros liderazgos. El más conocido, el más legítimo, es Brasil. Así lo percibe la opinión pública latinoamericana cuando, según registra la conocida encuesta Las Américas y el Mundo, publicada por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), a la pregunta ¿cuál es el país que ostenta una posición de liderazgo?, amplias mayorías de los encuestados responden que Brasil y no saben o no responden en el caso de México. Desde su lugar privilegiado en el corazón de Sudamérica, Brasil ha promovido mecanismos de concertación política a los que no ha invitado a participar a México. La Unasur es el más mencionado, aunque no el único. Mucho se ha especulado sobre la conveniencia de un entendimiento Brasil-México que, al tomar posiciones comunes en diversos temas, daría una gran fortaleza a la voz de América Latina en el mundo. Falta que semejante entendimiento pueda darse. Algunas experiencias relativamente recientes, como la participación simultánea de Brasil y México en el Consejo de Seguridad en el año 2010, pusieron en evidencia los objetivos distintos de ambos países en asuntos de paz y seguridad internacionales. En el tratamiento del programa nuclear de Irán, Brasil buscó alianza con otro país de poder intermedio que desea proyectarse en la política mundial: Turquía. Las coincidencias con México fueron pocas, como ocurre en otros ámbitos multilaterales entre los que se puede citar la Organización Mundial de Comercio o las conferencias sobre cambio climático. El único mecanismo de concertación política existente –por cierto promovido por México– en el que algunos ven la oportunidad para que éste aliente políticas a favor de la integración de América Latina es la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Se trata de un mecanismo sin densidad institucional, obligado a cumplir la compleja tarea de incorporar las voces, no siempre coincidentes, del Caribe Inglés, cuya naturaleza y funciones se interpretan de manera muy heterogénea por sus países miembros. La presidencia de la Celac se encuentra este año en manos de Cuba. Sería necesario trabajar de cerca con esa presidencia para hacer valer iniciativas mexicanas. ¿Será? De ninguna manera quisiera minimizar lo pertinente y necesario de todo esfuerzo para mejorar las relaciones con América Latina. A ella pertenecemos por lengua, cultura e historia y es referencia ineludible de la identidad mexicana. No obstante conviene tener presente que una de las mayores debilidades de nuestra política latinoamericana ha sido confiar en un liderazgo que, de hecho, nunca hemos tenido y no trazar la distancia entre las palabras y los hechos, entre el discurso y la realidad. Aclaración. En el artículo anterior de la autora (Proceso 1897, La perspectiva energética), donde decía “Baste recordar que la ley prevé que para 2035, 50% de la energía que se consume en el país debe provenir de fuentes renovables”, debió decir “…energía eléctrica…”

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