Las víctimas dos años después

martes, 9 de abril de 2013
MÉXICO, D.F. El gobierno de Enrique Peña Nieto ha tenido una relación ambigua con las víctimas. Por un lado, las ha reconocido y, con la Ley General de Víctimas, ha tomado el camino de asumir la deuda que el Estado tiene con ellas. Por el otro, quiere borrar las miles que en su gobierno se han producido y cuyo número es tan grande o mayor que el que se produjo al final de la administración de Felipe Calderón. Hay estados, incluso, como el de Morelos, en donde la tentación de no tomarlas en cuenta, para no mancharse con ellas, quiere volver al mismo discurso con el que la administración de Calderón las borró y las despreció: “Es un ajuste de cuentas”, un sinónimo de “Se están matando entre ellos” y una afirmación de que el Estado comienza a abdicar nuevamente de su responsabilidad frente a las víctimas y frente al crimen. Esta es la temperatura que dos años después de aparecido el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) estamos viviendo. Por un lado, el reconocimiento de las víctimas que no encuentran todavía justicia (no hemos visto a verdaderos criminales sentenciados; no hemos visto aparecer uno solo de los desaparecidos de la inmensa lista que reveló la Secretaría de Gobernación; no hemos visto tampoco la creación ni de protocolos ni de laboratorios científicos de ADN ni de arqueólogos forenses que nos permitan abrigar una esperanza). Por el otro, la acumulación en lo que va de esta administración de más víctimas, cuya existencia no se quiere tomar en cuenta. Por ello, es simbólico –siempre hay que atender la presencia de los símbolos– que el segundo aniversario del MPJD haya caído en jueves santo. Esa fecha atroz, que conmemora la aprehensión de un inocente y la agonía que lo llevaría a la tortura y a la ejecución, coincidió, dos mil años después, con la conmemoración del segundo aniversario de una agonía, una tortura y una ejecución semejante de siete inocentes en Morelos, cuyo asesinato nombró la inocencia de miles de otros que como ellos fueron asesinados o desaparecidos y de otros miles que siguen muriendo y desapareciendo en nuestro país sin encontrar justicia. Ambas conmemoraciones no son un simple acto de memoria. Son una repetición real y concreta de esos hechos. Conmemorar es traer al presente, con todo su peso de realidad, lo que un día sucedió y sigue sucediendo. En estos casos, el dolor y el clamor de la inocencia asesinada: “¿Por qué me has abandonado?”. De allí lo doloroso de la memoria. De allí la deuda que en ella tenemos con la inocencia que abandonamos a su soledad y a su terror. De allí también algo más que no tenemos derecho a olvidar. Fragmento del análisis que se publica en la edición 1901 de la revista Proceso, ya en circulación.

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