Misógino feminista

viernes, 17 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Carlos Monsiváis dijo de Carlos Monsiváis: Alterna su misoginia con una encendida defensa del feminismo. El oxímoron es perfecto, y misógino feminista sirve como título a la colección de ensayos de este escritor sobre las mujeres, el machismo y el feminismo que acaba de salir a la luz. Se trata de una recopilación de diversos textos, uno publicado en La Cultura en México, el suplemento de Siempre!, que Monsiváis dirigió por años; otros aparecieron en la revista Fem, publicación que fundaron Alaíde Foppa y Margarita García Flores en 1976, y que Esperanza Brito de Martí mantuvo viva hasta el primer lustro de este siglo; y los restantes fueron publicados en la revista Debate feminista. Todos reunidos gracias a la gentileza de los herederos de Monsiváis, con Guillermo Osorno como editor y bajo el sello de Editorial Océano. La segunda ola del feminismo mexicano, que se levanta a principios de los años setenta, encontró en Carlos Monsiváis a un aliado impresionante. Pocos intelectuales han respondido como él a los cuestionamientos feministas sobre el lugar subordinado de las mujeres en la sociedad, y ninguno se esforzó como él por analizar el desarrollo y el impacto del movimiento feminista. Monsiváis destaca no sólo por lo anterior, sino por la eficacia simbólica de sus interpretaciones y señalamientos sobre la marginación social y política de las mujeres, que produjeron un efecto al mismo tiempo esclarecedor y legitimador. Sin embargo, a pesar de la existencia de sus escritos al respecto, el pensamiento de Monsiváis sobre el feminismo no ha ocupado un lugar visible en el abundante quehacer crítico de quienes lo estudian: En la cuidadosa recopilación bibliográfica de Moraña y Sánchez Prado (2007) no aparecen sus textos feministas, y Adolfo Castañón, que analizó muchas de sus crónicas y ensayos, tampoco alude a esta vertiente del escritor. Una excepción es Linda Egan, quien sí menciona su interés por el feminismo y registra dos ensayos de Fem y dos de debate feminista. Sin embargo, el pensamiento feminista de Monsiváis es casi desconocido para muchísimos de sus lectores. En Misógino feminista Monsiváis despliega un amplio repertorio: documenta los cambios de mentalidad de las mexicanas; hace una disección sobre la manera en que se arma la sensibilidad femenina; se burla de los machos; critica el sentimentalismo del cine mexicano a partir de la “madrecita abnegada”; analiza la estrategia de la derecha y el Vaticano contra de la despenalización del aborto; habla de la obra de cinco mujeres famosas; reseña dos libros fundamentales: Mujeres y Poder y Huesos en el desierto, y reitera, una y otra vez, su convicción sobre el papel decisivo del movimiento feminista. Junto a aforismos deslumbrantes y metáforas sorprendentes se hallan los atinados diagnósticos y buenos pronósticos que nos recetaba a las feministas, y el ocasional regaño, por ejemplo, cuando nuestra “timidez” nos impedía proclamar la victoria de haber cambiado “la perspectiva social”: El feminismo es un elemento que trastorna el control patriarcal, revisa las tradiciones hogareñas, rechaza la idea del cuerpo de las mujeres como territorio de conquista masculina, reivindica la autonomía corporal, se emancipa de la dictadura moralista y da origen a un discurso que obliga a la nueva elocuencia –con todo lo que uno pueda pensar de la escasa presencia del feminismo en México, en tanto a grupos organizados, lo cierto es que ha cambiado la perspectiva de la sociedad; no se puede ya eliminar la versión feminista de la mirada social, y de la mirada política, y esto es un avance considerable, que no se registra así, entre otras cosas, por la timidez de las feministas en proclamar sus victorias. Lo que no entiendo ya a estas alturas es cómo puede ser tímido un movimiento que ha cambiado en un plazo de 30 años la perspectiva social. Muchos de sus señalamientos críticos fueron proféticos, como cuando interpretó los riesgos de una práctica política que sólo se centrara en las mujeres: La causa de la mujer (de sus derechos, de su formación como dirigentes, de la respuesta a los graves problemas de la desigualdad y el aplastamiento) avanza hasta donde es posible, y se ve contenida por las mismas fuerzas que se oponen a la democratización, y en política, según creo, los objetivos específicos de las feministas (de la despenalización del aborto a la justicia salarial) intensificarán su eficacia sólo cuando correspondan de modo orgánico a un proyecto más amplio. De otra manera, la causa se diluye en la contingencia, las activistas desembocan en peticionarias, las luchas se vuelven mitologías y los avances son siempre profundamente insatisfactorios, al cotejárseles con el todo del monopolio machista. ¿Eso es renunciar a los principios? Más bien, es ampliar su radio de acción. Así sea el eje, la perspectiva feminista debe ser, para las mujeres que intervienen en política, sólo una parte de su planteamiento. De otra manera, perpetuarán la exclusión en nombre de la teoría. (1991:12). El libro es una notable aportación a la batalla –cultural y política– del feminismo. Hay que recordar que Monsiváis siempre insistió en que la apuesta por la transformación política encuentra su mayor aliado en el campo de lo cultural.

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