Poemas para Lady Profeco

lunes, 20 de mayo de 2013
(en colaboración con Pablo Neruda) I.
Te recuerdo como eras en el Máximo Bistrot. Eras la consentida con el corazón muy lejos de la calma. En tus ojos peleaban las llamas del privilegio Y las clausuras caían en el agua de tu alma. Apegada a los brazos de la Profeco como una enredadera. Las hojas recogían tu voz enardecida y de alarma. Hoguera de estupor en que el país ardía. Envenenada orden torcida sobre nuestra alma. Siento viajar tus ojos y es distante la democracia: boina gris, voz de buitre y corazón de hija de burócrata hacia donde emigraban tus profundos anhelos y dabas órdenes alegres como brasas. Infiernos desde un restaurante. Privilegio desde una oficina. ¡Tu recuerdo es de impunidad, de humo, de estanque en lodo! Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos de la carrera de tu padre. Hojas secas de otoño giraban en su alma.
II.
Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes al restaurante clausurado. Allí se estira y arde en la más alta hoguera mi frustración que da vueltas los brazos como un náufrago. Hago rojas señales sobre tus ojos exigentes que olean como el mar a la orilla de un faro. Sólo guardas tinieblas, hembra distante y protegida; de tu mirada emerge a veces la costa del espanto. Inclinado en las tardes echo mis tristes menús a ese mar que sacude tus ojos diabólicos. Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas que centellean como tu padre ahora sin empleo. Galopa la noche en su yegua sombría desparramando volantes de “Se busca trabajo” sobre el campo.
III.
Abeja negra zumbas –ebria de poder entre comensales– y te tuerces en lentas espirales de humo. Soy el hambriento desesperado, la palabra sin ecos, el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo, antes de que llegaran tus cómplices. Última cucharada, cruje en ti mi ansiedad última. En mi tierra desierta eres tú el último bocado. ¡Ah, gritona! Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche de la Profeco eficaz. ¡Ah, revela tu cuerpo de hija imperiosa! Tienes ojos profundos donde la noche alea. Frescos brazos de espinas y regazo de estacas. Se parecen tus órdenes a los caracoles blancos. Ha venido a dormirse en tu vientre una araña de sombra. ¡Ah, gritona! He aquí la soledad hambrienta de donde estás ausente. Llueve. El viento del mar mueve los letreros de “Clausurado”. El agua anda descalza por las calles mojadas. De aquellas mesas se quejan, como enfermos, los que tuvieron que irse. Abeja negra, presente, aún zumbas cerca de mi menú. Revives en el tiempo, delgada y gritona. ¡Ah, gritona!
IV.
Ebrio de enojo y un despido inusitado, estival, el velero de las espinas dirijo, torcido hacia la muerte del delgado día que mi hija produjo, cimentado en el sólido frenesí de mi ex-oficina. Pálido y amarrado a mi agua devorante cruzo en el agrio olor del clima descubierto, aún vestido de gris y sonidos amargos, y una cimera triste de abandonada espuma. Voy, duro de pasiones, montado en mi quincena única, fría, repentina, escondiéndome de la prensa. Islas negras y agrias como cadáveres frescos. Tiembla en la noche húmeda mi humillación pública, locamente cargado de eléctricas gestiones, de modo heroico dividido en sueños y lecciones políticas injustas practicándose en mí. Aguas arriba, en medio de las olas externas, tu paralelo cuerpo de hija sigue de restaurante en restaurante como un pez infinitamente pegado a mi alma, rápido y doloroso como la muerte política.
Este es un fragmento del análisis que se publica en la edición 1907 de la revista Proceso, ya en circulación.

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