Un desenlace previsible

viernes, 24 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La reciente elección de director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC) deja muchas enseñanzas. Después de tres rondas de consultas entre los más de 150 miembros de la organización, quedaron como finalistas el mexicano Herminio Blanco y el brasileño Roberto Azevedo. Al final, se eligió al segundo. No fue una decisión al azar. Para llegar a ella se tomaron en cuenta diversas circunstancias que conviene analizar para concluir sobre los alcances y límites de México al lanzarse en pos de posiciones de alto nivel en organismos multilaterales. Los representantes consultados evaluaron, en primer lugar, la trayectoria profesional de cada uno. Ambos tenían muchos méritos. Herminio Blanco es el artífice del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y del Acuerdo de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación entre la Unión Europea y México. Azevedo tiene una gran experiencia diplomática; en particular, sobre los temas y problemas que se trabajan en la OMC ha sido representante de Brasil desde hace cuatro años. El segundo elemento a tomar en consideración era la capacidad negociadora y la forma de utilizarla. Al llegar a este punto las diferencias afloraban. No se trata solamente de negociar, sino de qué y cómo se quiere negociar. Herminio Blanco es un firme partidario del libre comercio; su objetivo prioritario es avanzar en esa dirección. Azevedo representa otra línea: más cuidadoso cuando se trata de defender el mercado interno, más dispuesto a frenar una negociación si no se obtiene lo que se espera de la contraparte. Cierto que quien dirige la OMC no actúa de acuerdo a los intereses de su país, sino de acuerdo a los objetivos de la organización en su conjunto. Uno de los problemas que deberá enfrentar Azevedo será distanciarse de las políticas de su país y actuar de acuerdo a las posiciones de todos los países miembros. La valoración que estos últimos hacen de los candidatos también tiene que ver con el lugar que ocupan dentro de las relaciones de poder en las que se define la política económica internacional. En principio, los resultados de las consultas son confidenciales; sin embargo, fueron los mismos diplomáticos mexicanos quienes divulgaron que Blanco tenía el apoyo de la Unión Europea. Se sabe que también tenía el de Estados Unidos y Japón. En otras palabras, era el candidato de los países desarrollados. En el ambiente de organismos multilaterales de carácter universal como la OMC ser el favorito de los países desarrollados no es necesariamente una recomendación. A menos que éstos asuman el compromiso de ejercer toda su influencia sobre los países en desarrollo, lo cual no parece haber sido el caso. Ser candidato de los desarrollados pudo haber alentado, entonces, el hecho de que se aglutinaran en torno a la otra opción países en desarrollo y potencias emergentes (los BRICS). Si los antecedentes de los candidatos cuentan, otro tanto puede decirse del cabildeo que acompaña estas candidaturas por parte del gobierno del país al que pertenecen. Bien conducido, el cabildeo puede modificar los resultados que parecen más evidentes. Ahora bien, en este caso, la superioridad de los instrumentos para cabildear a favor del candidato brasileño estaba a la vista. Las relaciones exteriores de Brasil son más diversificadas que las mexicanas. Se trata de una nación que tiene una relación intensa con los países al sur del ecuador y con las potencias emergentes. Algo fácilmente cuantificable si se atiende el número de embajadas, intercambios comerciales y programas de cooperación que mantiene. Un solo ejemplo: México tiene 75 embajadas, y Brasil 130. Las condiciones para que México ejerza cabildeo a nivel universal no son favorables. La mayoría de sus recursos diplomáticos están en Estados Unidos. No se trata de entreguismo, como quisieran verlo algunos voceros de la izquierda radical. Se trata de la consecuencia inescapable de la intensidad de la relación laboral, económica, social que tenemos con ese país. Con la excepción de Chile, Colombia y Perú (la Alianza del Pacífico), los latinoamericanos y caribeños casi seguramente se fueron con Brasil, así como la mayoría de los países africanos y los asiáticos más cercanos a China y la India. En términos numéricos, el desenlace era previsible. Lo que resulta desconcertante es el ánimo triunfalista que caracterizó hasta el último momento la información proveniente de los círculos oficiales mexicanos. Una política de comunicación más cautelosa, que insistiera en lo cerrado de la contienda e incluso hubiera contemplado un retiro a favor de un candidato único de América Latina, hubiese sido más aconsejable. Decidida la elección, quedan presentes las dudas sobre el futuro de la OMC. Por una parte, cabe preguntarse si el nuevo director general podrá revivir una organización cuya principal negociación, la llamada Ronda de Doha, se encuentra empantanada desde hace más de 10 años. Por otra parte, hay quienes señalan que la OMC pierde relevancia cuando las negociaciones comerciales más importantes se están realizando en otra parte, a nivel regional a través de la Alianza Transpacífica (el TPP) y del Acuerdo Transatlántico entre Estados Unidos y la Unión Europea. Ante esas dudas, algunos analistas hacen ver que hay países importantes, como China, India o Brasil, que no forman parte de las negociaciones mencionadas y que podrían ser los motores para devolver vitalidad y relevancia a la OMC. Las dotes negociadoras de Azevedo tendrán, entonces, la oportunidad de ponerse a prueba. Para terminar, todo este asunto motiva una reflexión: ¿Y la confianza en el libre comercio de los connotados economistas mexicanos ha favorecido realmente al país? La pregunta vale porque algunos indicadores, como índices de crecimiento de la economía, no han sido convincentes.

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