Tronar el pacto

martes, 28 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Le llamaba pendejo, el presidente Calderón al presidente de su partido, Gustavo Madero. Le llama eso y cosas peores. Lo insultaba ante ese grupo de funcionarios que hoy llamamos los calderonistas y que desde sus actuales puestos han decidido tronar el Pacto por México. Gustavo Madero resistía el embate con los labios apretados. Y los jóvenes secretarios se mofaban de él. El débil, el inútil, el cerril. Palabra infrecuente: cerril: salvaje, tosco, que no comprende, tonto. Una generación los separaba y se complacían en señalarlo. Mira a uno de los viejos del PAN, soportando vara, el muy cerril. Ni siquiera su apellido histórico, Madero, ni siquiera su apariencia, idéntica a la de su abuelo Francisco I. Madero, los detenía. Hay que detenerse en la estampa. El nieto de Francisco I. Madero siendo sobajado por un presidente panista en un salón de Los Pinos. Hablo de la dimensión personal del asunto, porque ilustra la dimensión ideológica mejor que el lenguaje abstracto, y por otra razón. Porque en buena medida la confrontación que hoy ocurre, ocurre por motivos personales. Pues bien, el Presidente que nos trajo la Guerra como proyecto sexenal. El Presidente que se empecinó en la Guerra mientras las cifras mostraban que la confrontación balística aumentaba exponencialmente la violencia. El Presidente que descabezó a los cárteles para volverlos pandillas caóticas y más mortíferas. El señor de la Confrontación Infructuosa, hacía gala de su amor por la confrontación ante Gustavo Madero y sus muchachos secretarios eran los divertidos testigos. Madero aguantó los insultos verbales y los políticos. Calderón le ordenó ausentarse de la campaña de la candidata panista por la Presidencia como si fuese un estorbo y repletó el equipo de campaña con sus muchachos, con el triste resultado que conocemos. La candidata panista perdió, y feamente, incapaz de articular un proyecto de país e incapaz de deslindarse de la atroz Guerra de Calderón. Fragmento del análisis que se publica en la edición 1908 de la revista Proceso, actualmente en circulación.

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