UNAM: ¿anarquía o nihilismo?

jueves, 9 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- No sé en qué condiciones se encuentre el conflicto de la toma de la Rectoría de la UNAM cuando este artículo esté circulando. No sé tampoco si las demandas, bastante confusas, de quienes la han ocupado sean legítimas. Son, en todo caso, al igual que el conflicto magisterial en Guerrero, otros tantos síntomas del dolor de la nación y de la lejanía del Estado frente a la realidad del país. El problema, sin embargo, no está en el dolor de una ciudadanía que día con día va siendo excluida por un Estado que ha decidido arrodillarse ante los capitales legales e ilegales. No está tampoco en su protesta –todo dolor tiene que decirse, que mostrarse y buscar alivio– sino en la incapacidad de esos grupos para darle sentido y claridad a ese dolor y encontrar el remedio que exige. La muestra de esa confusión está en la filiación a la que dicen pertenecer: el anarquismo. ¿Son anarquistas? La palabra misma, a fuerza de tomar muchas formas a lo largo de la historia, es ya en sí misma confusa. Sin embargo hay algo que puede permitirnos distinguir el anarquismo de lo que Turgeniev llamó “nihilismo” –de nihil, nada–. El anarquismo viene del griego anarkhia, ausencia de autoridad. Sin embargo, desde los más remotos anarquistas, como Lao-Tse y Zenón de Citio, hasta Albert Camus, pasando por Godwin, Thoreau, Proudhom y Gandhi, la ausencia de autoridad sólo es posible si existe una profunda fuerza moral en los individuos que forman el común. En este sentido, todo verdadero anarquista está en íntima relación con el orden ético. Si viola la ley, si se opone a la autoridad o la desafía es porque la autoridad ha violentado la ética en la vida de la ciudad. Su fuerza, por lo tanto, no radica en la violencia ni en la destrucción sino en la profundidad de su conciencia ética y en un accionar cuyos medios estén en consonancia con ella. Un verdadero anarquista es en este sentido paciente, dialogante, claro, creativo, perentorio; alguien que conoce los límites, que practica la mesura –el rostro de un gobierno sin Estado–, que quiere el equilibrio y se rehúsa a cualquier fanatismo. Si desobedece lo hace, como lo mostraron Thoreau y Gandhi, desde una ética impecable que asume desde esa impecabilidad la consecuencia de sus actos sin dejar lugar al resentimiento. En esta relación estrecha entre acción y ética, la presencia de un anarquista es ya en sí misma un desafío al autoritarismo y a la violencia. El nihilista, por el contrario, aunque tiene fuertes elementos anarquistas, se niega a sostenerse en la ética. Turgeniev lo definió en su novela Padres e hijos –la lucha de los estudiantes rusos de mediados del siglo XIX desilusionados por los lentos avances del reformismo–: “Nihilista es quien no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe”. Alguien que niega radicalmente, que clama una reivindicación de todo y, por lo mismo, termina por reivindicar nada. Los muchachos que tomaron la Rectoría rompiendo vidrios y exigiendo la reinstalación de quienes en el CCH habían delinquido –al igual que los maestros que en Guerrero incendiaron la Contraloría y las sedes de los partidos– son, en este sentido, nihilistas. Su dolor, incuestionable, les ha hecho perder bajo el peso del resentimiento los contornos de una lucha libertaria. Detrás de su violencia, de su absurda exigencia de reinstalar en un CCH a quienes son la expresión contraria de la cultura y la civilidad, y de la confusión de sus demandas, no hay un pensamiento anarquista ni un orden libertario sino la intoxicación maniquea del peor Bakunin, el nihilista para quien la historia se rige sólo por dos principios: el Estado y la revolución social sea cual sea y sea como sea. Al igual que él, los muchachos que tomaron la Rectoría parecen revindicar a los delincuentes del CCH porque semejantes a Razin y Purgatchev (líderes de los cosacos del Don) y héroes de Bakunin, se violentaron sin doctrina ni principios en busca de “un mundo nuevo sin leyes y en consecuencia libre”. ¿Pero un mundo sin ley es un mundo libre? Sabemos que no. Si no está conformado por una ética, como la de los verdaderos anarquistas, es el del crimen, la violencia, la intolerancia y el desprecio que quieren combatir. Razin y Purgatchev no sólo construyeron de manera improvisada una burocracia civil y militar semejante a la de Catalina la Grande, sino que prefiguraron a Stalin y justificaron la represión del Estado. La reivindicación de una libertad total termina en la destrucción y el autoritarismo. Es la sombra del poder. Los muchachos que tomaron la Rectoría y los profesores que incendiaron instalaciones en Guerrero han caído en esa trampa. Lejos de contribuir a un cambio libertario están atizando, al igual que la corrupción del Estado y la imbecilidad de los criminales, la hoguera de la violencia y del autoritarismo. México necesita cambios profundos y hombres y mujeres decididos como esos muchachos y esos profesores. Pero necesita que esos gestos estén amparados por la grandeza de la ética, que es el rostro de la dignidad. Sin ella lo único que nos aguarda es el ahondamiento del infierno. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón. Análisis publicado en la edición 1905 de la revista Proceso, actualmente en circulación.

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