Pacheco "Soñó que despertaba. No pudo abrir los ojos..."

lunes, 27 de enero de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- “Todos somos poetas de transición. La poesía jamás se queda inmóvil”, postulaba José Emilio Pacheco en “Manifiesto”, un breve poema de su libro Irás y no volverás, que reúne su obra poética de 1969 a 1972, y en la que definía también el “Oficio de poeta”:
“Ara en el mar. Escribe sobre el agua”.
Ya desde entonces, en ese libro de la editorial Era, describía en “De paso” la insignificancia de la vida humana:
“El tiempo no pasó: Está aquí. Pasamos nosotros. Sólo nosotros somos el pasado. Aves de paso que pasaron y ahora, poco a poco, se mueren”.
Ayer domingo 26, luego de una caída desgraciada y después de enviar a Proceso su “Inventario” dedicado a Juan Gelman --otro portentoso poeta--, José Emilio Pacheco fue protagonista de sus versos:
“Soñó que despertaba. No pudo abrir los ojos. Había muerto”.
José Emilio Pacheco fue un poeta pleno –“todo escritor debe honrar/ el idioma que le fue dado en préstamo/ sin él, se pudriría también el pensamiento”-- y murió en paz, así como escribió en “Navegantes”:
"Envejecimos entre el agua de sal. Y ahora nuestra sed es llegar a un puerto donde esté la mujer que en la piedad de su abrazo nos reciba y nos adormezca. Así dolerá menos el descenso al sepulcro."
Habla el poeta:
El mañana A los veinte años nos dijeron: “Hay Que sacrificarse por el Mañana”. Y ofrendamos la vida en el altar Del dios que nunca llega. Me gustaría encontrarme ya al final Con los viejos maestros de aquel tiempo. Tendrían que decirme si de verdad Todo este horror de ahora era el Mañana.
 
Antiguos compañeros se reúnen Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años.
 
Indeseable No me deja pasar el guardia. He traspasado el límite de edad. Provengo de un país que ya no existe. Mis papeles no están en orden. Me falta un sello. Necesito otra firma. No hablo el idioma. No tengo cuenta en el banco. Reprobé el examen de admisión. Cancelaron mi puesto en la gran fábrica. Me desemplearon hoy y para siempre. Carezco por completo de influencias. Llevo aquí en este mundo largo tiempo. Y nuestros amos dicen que ya es hora. De callarme y hundirme en la basura.
 
El enemigo Allá entre cada una de mis acciones encuentro siempre al enemigo: el YO, el fascista de adentro, el dragón o el erizo cuya boca insaciable sólo pronuncia verbos: Quiero, devoro, dame, quítate, reveréncienme. Para su inmensa desgracia el monstruo no está solo: habita una mazmorra o una gota de agua en donde otros feroces devastan todo, corrompen todo, al son de sus propios himnos individuales: Quiero, devoro, dame, quítate, reveréncienme. Como no les dan gusto se erizan, luchan. En lanzas y misiles se transforman sus púas. Y luego inventan las mejores causas, los nombres más sonoros, las coartadas perfectas. Y por eso la bestia nunca se sacia y en todas partes sigue la matanza.
 
Perra Vida Despreciamos al perro por dejarse domesticar y ser obediente. Llenamos de rencor el sustantivo perro para insultarlos. Y una muerte indigna es morir como un perro. Sin embargo los perros miran y escuchan lo que no vemos ni escuchamos. A falta de lenguaje (o eso creemos) poseen un don que ciertamente nos falta. Y sin duda piensan y saben. Así pues, resulta muy probable que nos desprecien por nuestra necesidad de buscar amos, por nuestro voto de obediencia al más fuerte.
 
Para quien vive entre murallas y guardias De noche los ratones posen tus orgullosas propiedades privadas Los mosquitos lancean el cuerpo que amas Las cucarachas burlan tus medidas higiénicas Malos sueños afrentan tu respetabilidad Bajan los gatos a orinar tu soberbia.
En la república de los lobos En la República de los Lobos nos enseñaron a aullar. Pero nadie sabe si nuestro aullido es amenaza, queja, una forma de música incomprensible para quien no sea lobo; un desafío, una oración, un discurso o un monólogo solipsista.
Twitter: @alvaro_delgado

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