Las taquilleras del Metro

lunes, 2 de junio de 2014

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el primer número de la revista fem (1976) escribí un artículo donde relataba la lucha que las taquilleras del Metro habían iniciado un año antes.

Cuando el Sistema de Transporte Colectivo (STC) arrancó en 1969, había hombres en la taquilla, con base y prestaciones. Cuando unos años después se decidió cambiarlos por mujeres, a ellas les quitaron la base y argumentaron que sus funciones eran “de confianza”, con lo cual no tenían posibilidad de entrar al escalafón ni de gozar de ciertas prestaciones. Obvio que el objetivo fue tener a 625 personas sin prestaciones ni posibilidades de sindicalización.

La lucha de las mujeres, emprendida en 1973, fue cobrando fuerza hasta que las taquilleras lograron la base y pudieron formar parte del sindicato del STC. Desde entonces su batalla ha seguido con el fin de mejorar sus condiciones de trabajo. Había entonces, y sigue habiendo ahora, tres turnos de taquilleras. Las del primero y tercer turnos deben abrir y cerrar las taquillas antes y después de que el Metro funcione. Las primeras llegan antes de que el Metro marche, y las últimas se van después de que sale el último carro. Una demanda fue la de contar con un transporte que les hiciera menos difícil llegar e irse, pues los robos eran cosa de todos los días y había habido varias violaciones. Hoy ya hay transporte, aunque para ciertas compañeras tomarlo implica levantarse a las 3:00 de la mañana.

 Otras cuestiones siguen muy similares; por ejemplo, si a la hora de cambiar turno no se presenta la otra taquillera, quienes se hallan laborando deben quedarse hasta que llegue una suplente. Esto puede tardar dos horas, y si no se consigue suplente, tienen que quedarse a doblar el turno, sin importar que no hayan comido o que tengan algún compromiso. Si son obligadas a doblar turno sin aviso, al menos ya les pagan esas horas extra. Afrontan asimismo problemas derivados del manejo de dinero, que van desde reponer algún billete falsificado hasta no contar con cambio a ciertas horas, lo que también desata la furia majadera de algunos usuarios.

 Los que siguen siendo problemas graves es ir al baño e ingerir alimentos. Se espera que trabajen siete horas seguidas sin comer y sin ir al sanitario. A cambio de la hora reglamentaria para alimentarse, se les “compensa” con cinco pesos (sí, leyeron bien, cinco pesos), que es lo que cuesta el boleto en los comedores que instaló la empresa en algunas terminales. ¿Se imaginan pasarse todos los días laborales, todas las semanas, todos los años, sin poder ingerir alimentos en ese lapso? Muchas se arriesgan a sanciones si son vistas tomándose una fruta o un café.

 Sin embargo, lo más delicado es el asunto del baño. Las necesidades fisiológicas hacen imprescindible salir de la taquilla en ciertas ocasiones, como en algunos días de la menstruación, cuando el flujo obliga a cambiar la toalla sanitaria. Una conquista respecto a épocas anteriores es la del permiso de cerrar la taquilla y correr al baño. En teoría hay una suplente de reserva que cubre la línea y que es llamada cuando se tiene la imperiosa necesidad de salir.

 Pero en la práctica esto no funciona siempre, pues la suplente puede llegar una hora después. Cuando cierran la taquilla para salir corriendo, algunas enfrentan dos obstáculos: por un lado, no todos los baños están cerca, ya que en muchos casos se encuentran del otro lado de la estación, lo que implica subir y bajar escaleras; en el caso, por ejemplo, de la estación Auditorio, esto supone al menos 15 minutos. Por otro lado, a su regreso afrontan el mal ambiente de usuarios enojados, que han tenido que esperar; incluso algunos, además de insultarlas, han llegado a maltratarlas físicamente. Y, por si fuera poco, los policías de guardia alientan a los usuarios a que pongan una queja, lo que deriva en una suspensión.

 Actualmente la planta del personal de taquilla está compuesta por mil 963 taquilleras y 50 taquilleros. Cerca de un 80% pertenece al sindicato “oficial” que dirige desde hace 30 años el priista Fernando Espino, mientras que el 20% restante se reparte en otras tres organizaciones sindicales menores. Desde hace años un pequeño grupo de taquilleras, integrantes de los cuatro sindicatos, ha estado planteando la necesidad de dar solución a la problemática del baño y la comida, entre otros aspectos. Dichas compañeras señalan la importancia de contar con más suplentes en las taquillas donde el baño está lejos, y de que se conceda el tiempo para ingerir alimentos en lugar de los cinco pesos que les ofrecen.

 Tanto la coordinadora de las taquillas como las supervisoras son gente de Espino que, en lugar de buscar solución, recurren a la represión. De este modo, el sindicato oficial ha desatado una campaña en contra de estas “disidentes”, con agresiones directas, amenazas anónimas y libelos misóginos que alientan el odio. Es inaudito que un sindicato hostigue en lugar de apoyar a quienes luchan por mejores condiciones de trabajo.

Aunque ya han pasado más de 40 años, y las taquilleras han recorrido un largo trecho del camino, siguen luchando por modificar conductas de injusticia y discriminación. Para apoyar su reclamo hay que saber qué pasa, conocer las restricciones que padecen y ver la sensatez de sus demandas.

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