Esa abstracción llamada Estado

jueves, 10 de julio de 2014

Para José Manuel Mireles, un hombre digno

A la ya larga lista de políticos criminales o corruptos que continúan en la impunidad se han venido a sumar a últimas fechas los nombres de Fausto Vallejo, cuyos vínculos con el crimen organizado se hacen cada vez más evidentes; de Purificación Carpinteyro, quien intentó utilizar su condición de legisladora para negocios personales, y del comisionado Castillo, quien incurrió en la estúpida acción de encarcelar a José Manuel Mireles –no se encarcela a Pancho Villa–. Ese lugar común del escándalo en México no sólo pone nuevamente de manifiesto la inmensa corrupción de la vida política y sus profundos vínculos con el crimen, sino también el tema del Estado en el que florece la clase política.

Un Estado, según las teorías modernas, tiene una función –la única que le da razón de ser–: cuidar la seguridad, la justicia y la armonía de los ciudadanos, es decir, de la gente. Pero en el fondo, en términos reales, ¿qué es? Una abstracción sin contenido específico. Una “superstición política”, señala Gustavo Esteva, es decir, “una ilusión, un fantasma” que, como los términos “democracia” o “nación”, captura inmerecidamente nuestra fe (Nuestras supersticiones políticas, La Jornada, 23 de junio de 2014). Una palabra, diría Iván Illich, a la que podemos asignarle cualquier valor.

“Conozco –escribió alguna vez Albert Camus– algo peor que el odio: el amor abstracto”. Ciertamente, nadie ama al Estado –“el más frío de los monstruos fríos”, observa Nietzsche. Sin embargo, esa abstracción ha servido para promover el amor a otra: la nación. Por eso la teoría del Estado los ha puesto juntos: el Estado-nación. En su nombre, Hitler creó Auschwitz y desató una espantosa guerra; en su nombre, Stalin exterminó a 70 millones de sus conciudadanos, y Harry Truman arrojó la bomba atómica sobre dos ciudades. Ha servido lo mismo para la represión brutal que –las menos de las veces pienso en Mandela o en De Gaulle– para la conciliación y la paz; lo mismo para el crimen selectivo que para su conquista mediante la revolución. No está en ningún sitio y, no obstante, todos –apunta Esteva– quieren conquistarlo “por la vía de las armas o de las elecciones. Se trata de emplearlo para revoluciones y contrarrevoluciones, (de) controlarlo o dominarlo (para) hacerlo expresión de una hegemonía”. Pero no hay manera de darle sentido a su razón de ser.

En México, desde su nacimiento en 1824, sólo ha servido para generar guerras intestinas y dictaduras; ha servido también como un paraguas para la corrupción y el uso discrecional de las leyes que dice resguardar y custodiar. Su uso patrimonialista, es decir, la utilización de sus bienes para el intercambio de favores personales que permite a la clase política conseguir apoyos e ingresos económicos ilegales, ha degenerado en las redes de complicidad criminal que hoy tienen destrozada a la gente. Esa abstracción llamada Estado es hoy un lodo que disputan las asociaciones criminales y los mercaderes del dinero, un lugar donde se gestiona, como traté de mostrarlo en Los administradores del infierno (Proceso 2014), el crimen. Bajo la ilusión de su existencia que cada día construyen sus clientes –medios de comunicación, empresas globales, partidos políticos, poderes fácticos y politólogos que encerrados en sus cubículos creen que existe una relación entre la teoría y la realidad–, la gente, a la que dice servir, en realidad es manipulada, controlada, asesinada, desaparecida, explotada y violada en sus derechos. No en vano Hobbes lo definió con lo único que puede asir una abstracción tan sobrecogedora, una metáfora: la del monstruo mítico llamado Leviatán, la bestia marina que el libro del Génesis asocia con Satanás y cuya etimología hebrea quiere decir “enroscado”. En el frontispicio de la primera edición de ese libro terrible aparece su deformidad: un horrendo rey hecho de seres humanos, armado con una espada y un báculo. Sólo otra imagen puede competir con ella, la de la Fama (el Escándalo o el Rumor), que aparece en el canto cuarto de la Eneida: un ser cuyas plumas están compuestas de innumerables ojos, bocas, lenguas y oídos, que lleva por todos lados verdades y mentiras.

Las presencias escandalosas de Fausto Vallejo, de Purificación Carpinteyro, del comisionado –los rostros de moda del frontispicio del Leviatán mexicano– muestran no sólo esa deformidad, sino también la inexistencia del Estado, su absurda mentira como garante de la seguridad, la justicia y la armonía de las personas. Su desmoronamiento. O, para usar las palabras de Esteva, su condición ilusoria y fantasmal es cada vez más evidente. Lo dice el reciente informe del Colmex y el IFE sobre la Calidad de la Ciudanía en México: 42% de los mexicanos no confía en las autoridades; 82%, en los diputados, y más de la mitad de los jóvenes no se identifica con ningún partido político. ¿Cuántos más se sumarán después del encarcelamiento del doctor Mireles? Contra esa abstracción, el antídoto es la concretud de lo autonómico, de lo limitado y proporcional, de lo frugal de la subsistencia donde florecen los vínculos de solidaridad. Allí lo monstruoso no tiene cabida. La lógica de los ámbitos de comunidad es el mejor remedio para la abstracta irracionalidad del Estado.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los zapatistas y atenquenses presos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

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