Futbol y subjetividad

lunes, 28 de julio de 2014
MÉXICO, D.F. (Proceso).- En ocasiones leo un artículo del cual aprendo tanto que me gustaría reproducirlo sin más para ustedes mis lectores. Eso me acaba de pasar con Las mujeres, los hombres y el futbol, de Débora Tajer, una psicoanalista, publicado en el periódico argentino Página 12. Aunque ella circunscribe su reflexión para Argentina, encuentro muchas claves interpretativas para analizar lo que ocurre en nuestro país. Tajer ve al futbol como “un área social privilegiada de la constitución de la subjetividad masculina”, y señala que gran parte de la fascinación masculina por este deporte reside en lo que implica la escena deportiva: “la impredictibilidad, la sorpresa, la ambigüedad entre ganar y perder, la creencia en los espectadores de que su entusiasmo puede cambiar las oportunidades de su equipo, la suposición en los jugadores de que otra cosa acontece cuando son mirados por el público”. Hablar del futbol es muy importante en la vida cotidiana, y Tajer observa que “es uno de los modos en los cuales se expresan el afecto, la pasión y los vínculos”. Ella insiste en que aun cuando siempre ha habido mujeres a las que les gusta y apasiona, dicho deporte está marcado por la masculinidad: hay “una relación entre el futbol y el hacerse hombre y ser hombre”. En Argentina se ha constituido como un organizador de la identidad nacional, y forma parte de la genealogía masculina que un padre transmite y lega a su hijo varón. Hoy en día, “cuando se asiste al estallido y reordenamiento de varios de los organizadores instituidos de la vida en la modernidad”, la afición por un equipo permite un anclaje identificatorio de gran relevancia frente a la pérdida de otros, como el trabajo o los partidos políticos. “Un varón contemporáneo puede cambiar de mujer, de partido, de jefe y hasta de país, pero nunca de equipo de futbol”. Para Tajer se trata del “último refugio generador de pasión y dador de identidad fuerte” que queda, y su afición transmite “una hoja de ruta de la masculinidad”. Para Tajer no es posible hablar de una relación entre el futbol y los hombres sin hacerlo también en relación con las mujeres, por lo que habla de las argentinas y su actitud, tolerante o no, de acompañamiento o no, con esa pasión masculina. Hay algunas a las que les gusta el futbol y otras a las que no. A las primeras Tajer las divide a su vez en dos subgrupos: “las que han ingresado o pugnan por ingresar como actoras directas –jugadoras, árbitros, periodistas, dirigentes y entrenadoras– y las que simplemente son gustadoras del espectáculo, asisten a los partidos o los miran por televisión”. En cuanto a aquellas a quienes no les agrada esta práctica, Tajer distingue cuatro grandes subgrupos. Uno es el de las que se sienten “molestas” por considerarse excluidas de una actividad que –mientras dura el partido– causa todo el interés de su amado. El futbol se vuelve una rival y ellas buscan una manera de persuadir a su pareja de que, en prueba de su amor por ellas, desista de ir a la cancha o de ver el partido por televisión. También están las “indiferentes”, a quienes no les importa ni les molesta el futbol; según Tajer, hay muy pocas que pertenezcan a este subgrupo. Luego están “las que acompañan”, y que para Tajer son “mujeres que, con suficiente experiencia en la vida, han aprendido la estrategia de que, al no poder vencer a un poderoso enemigo, lo más inteligente es unírsele”. Y finalmente están las “perplejas”, que “no se sienten molestas pero no logran entender la fascinación masculina por ver a 22 adultos corriendo detrás de una pelota”. Entre molestas, indiferentes, acompañantes y perplejas, yo me ubico en ese último grupo. En el relato de algunas de las mujeres que participan y gustan del futbol se nota la relación con el padre: el gusto por el futbol parece un don que han recibido de su padre, una especie de herencia paterna. Tajer analiza el caso de una mujer que encontró sumo atractivo en un hombre al que no le gustaba el futbol, para luego comprender, desilusionada, que ese lugar puede ocuparlo cualquier otra pasión. Pero también la psicoanalista advirtió la fascinación femenina de la que habla Lacan, esa que experimentan las mujeres al ver a un hombre concentrado y puesto todo en una acción, en un acto. Así, hay mujeres que pueden llegar a enternecerse ante los sentimientos, incluso los sacrificios, a los que un varón está dispuesto por la adhesión a un determinado equipo. Aunque en la actualidad hay muchas mujeres que elijen acompañar al amado mientras disfruta del partido, bastantes se han percatado de que existen muchas otras alternativas para pasar un domingo por la tarde, como visitar a sus amistades y familiares, mientras su “rival” ocupa la atención de su pareja. Tajer concluye que desconocer el futbol es desconocer una parte importante de la vida nacional. Tiene razón. Pero lo que más me impactó de su agudo análisis es que, según ella, lo que las mujeres suelen compartir ante el futbol, muchas veces inconfesadamente, es “la envidia que les provoca la pasión que ellos sienten y a la que no le encuentran equivalente sustitutivo en el universo de la feminidad”. Como para pensarlo, ¿no?

Comentarios